Atrapado en el Desfase de la
Guerra: Crónica de una Denuncia Injusta. - Desde el 1 de diciembre
de 1994 hasta el 28 de enero de 1995, me desempeñé como jefe de la Base Militar
del distrito de Pelejo, en San Martín. Esta instalación, al igual que las demás
de la zona, carecía de energía eléctrica, agua potable y desagüe. En lo que
respecta a noticias de fuente abierta, nos encontrábamos totalmente
desconectados de lo que sucedía en el Perú y el mundo.
Durante la madrugada del 28 de
enero de 1995, soñé que el país estaba en guerra con el Ecuador. En mi sueño,
nuestras fuerzas habían invadido el territorio vecino del norte hasta llegar a
Quito; había sido una victoria rápida y fácil, en la que toda resistencia
enemiga terminaba arrasada por el avasallador accionar de los blindados y de la
Fuerza Aérea del Perú. Al despertar, me quedé pensando en la posibilidad de que
algo malo ocurriera en la base. Me levanté de inmediato con el fusil en la
mano, consciente de que en esas zonas el peligro es constante, sobre todo por
las noches, y ante el temor de un ataque por parte de grupos subversivos o del
narcotráfico, procedí a verificar el servicio de guardia. Permanecí en alerta y
ya no volví a dormir.
Al amanecer, a las 06:00
horas, salí a recorrer el pequeño puerto del distrito. Allí encontré a los dos
centinelas del tercer turno, quienes tenían la misión de controlar el paso
nocturno de las embarcaciones; se reportaron sin novedad. Cuando me disponía a
regresar a la base, me encontré con el gobernador del distrito, don Julio
Navarro Vásquez, quien me dijo: «Ecuador ha invadido nuestro territorio; en
estos momentos, el Ejército está en pleno combate en la zona nororiental de la
Cordillera del Cóndor, en Amazonas». Sonreí y le respondí: «Yo también he
soñado que los blindados del Ejército y la Fuerza Aérea ya están en Quito. Qué
raro, ¿mis sueños se están cumpliendo?». Ante mi incredulidad, el gobernador me
propuso ir a su casa para escuchar la radio.
Caminamos unos 300 metros
hasta llegar a su vivienda, una construcción típica de la selva hecha de madera
y techo de hojas de plátano. Encendió un pequeño receptor que sintonizaba con
claridad una emisora ecuatoriana y comprobé que todo era cierto: el narrador
hablaba de una movilización total de tropas y reservistas de Ecuador hacia la
línea de frontera con el Perú. Escuchar la noticia me dejó muy sorprendido y
pensativo. Mientras me preguntaba internamente si realmente estábamos en
guerra, el gobernador me interrogó si ya me había dado cuenta de la situación y
añadió: «¿Qué, no te ha informado tu Comando desde Rioja? Ya verás que más
tarde te avisarán para que te repliegues de inmediato». Le respondí que, hasta
ese momento, no sabía nada. Finalizada la conversación, regresé rápidamente a
la base militar e informé de inmediato a toda la tropa sobre el conflicto. No
obstante, mi prioridad era trasladarme a la ciudad de Lima, ya que
administrativamente —desde el 1 de enero de 1995— pertenecía a la Compañía de
Comunicaciones N° 800 de la Aviación del Ejército, con sede en el Callao,
aunque operativamente aún formaba parte del Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja.
El 29 de enero de 1995, a las
09:00 horas, devolví formalmente al gobernador distrital el inmueble que
ocupábamos mediante un acta de entrega. Luego, ignorando la magnitud de la
realidad que vivía el país, me embarqué en un bote junto a mi patrulla de 20
hombres. Nos desplazamos a través del caudaloso río Huallaga con destino al
distrito de Yurimaguas, a donde llegamos a las 13:30 horas. En ese punto se
concentró el personal de diferentes bases militares y se formó la Compañía
"C" de fusileros del Batallón Contrasubversivo N° 28. Desde
Yurimaguas, el lunes 6 de febrero por la mañana, fuimos trasladados por vía
aérea hasta Bagua, Amazonas, y el día 8 llegamos al Puesto de Vigilancia N° 1,
en plena zona de guerra.
Enero es habitualmente el mes
de relevos para los oficiales, técnicos y suboficiales del Ejército del Perú a
nivel nacional. Sin embargo, debido a la emergencia nacional por el conflicto
del Alto Cenepa en 1995, estos movimientos de personal quedaron suspendidos,
por lo que los relevos nunca llegaron al Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja. Ante estas circunstancias, la unidad tuvo que desplazarse a la zona de
conflicto con su personal saliente; es decir, en el papel ya pertenecíamos a
otros batallones, pero operativamente seguíamos integrando el Batallón Contrasubversivo
de Rioja.
En mi caso, aunque desde el 1 de enero figuraba administrativamente en la Compañía de Comunicaciones N° 800 en el Callao, la falta de relevo me obligó a continuar como jefe de la Base Militar de Pelejo. Al finalizar las operaciones del conflicto, fui asignado a la Base Militar de Yurimaguas, donde permanecí hasta el 10 de mayo de 1995. Como es habitual en el control de personal, y ante mi ausencia física, la Compañía de Comunicaciones N° 800 indagó sobre mi situación laboral mediante su procedimiento de PC 15. Fue en ese momento cuando el Comando Interino del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja proporcionó una información inexacta a través del radiograma N° 213/S-1/BCS N° 28, del 13 de mayo de 1995, reportando erróneamente que yo me había despedido de Rioja el 16 de abril de ese año. En consecuencia, y debido a este desfase administrativo, el Comando de la Compañía de Comunicaciones N° 800 procedió a denunciarme ante la Justicia Militar.
Mi retorno a la sede de Rioja,
previo al del resto de la tropa, obedeció a estrictas razones de fuerza mayor
médica. El lunes 13 de febrero de 1995, durante un violento combate en la cota
1232 en el Valle del Cenepa contra la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9
"Patria" de Ecuador, sufrí una fractura en el quinto metacarpiano de
la mano izquierda y la explosión de 4 granadas de morteros de 60 mm cuyas esquirlas me
perforaron el omóplato izquierdo, en total recibí 43 esquirlas de granadas de
morteros en la espalda.
Fui evacuado de urgencia vía aérea
desde el Puesto de Vigilancia N° 1 (zona de conflicto) e internado en el
Hospital Militar de Bagua, en Amazonas. Permanecí internado 14 días. Tras
recibir el alta y aun encontrándome con un descanso médico relativo de 30 días,
solicité formalmente mi reincorporación a la zona de guerra en el Helipuerto
Tormenta; sin embargo, el capitán médico Carlos Smith Verástegui, jefe del
centro médico de la 5ª División de Infantería de Selva, denegó mi petición debido a mi estado de salud.
Ante esta negativa, el 3 de marzo opté por regresar al distrito de Rioja, San
Martín.
Llegando al Puesto de Comando
del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, debido a la severa escasez de
oficiales y suboficiales, al día siguiente, el 4 de marzo de 1995, fui nombrado
para asumir el mando de la Base Contrasubversiva del distrito de Yurimaguas, en
Loreto, donde permanecí al frente hasta el 10 de mayo de 1995.
El 8 de mayo se presentó en la
instalación un suboficial enfermero militar procedente de la ciudad de Lima,
con quien procedí a efectuar el relevo formal del personal, del material bélico
y de los activos del Banco Agrario. Finalizado este proceso, el 11 de mayo
viajé al distrito de Rioja, arribando por la tarde con la copia del estado de
relevo para ser entregado al oficial de logística (S-4).
El 12 de mayo de 1995, una vez
concluidos los trámites administrativos, me despedí formalmente del Batallón
Contrasubversivo N° 28 de Rioja. Tras permanecer seis meses consecutivos
totalmente incomunicado —periodo en el cual mis padres, hermanos y demás familiares
no tuvieron noticia alguna de mi paradero—, viajé a la ciudad de Huaraz para un
anhelado reencuentro familiar; posteriormente, partí de inmediato hacia la
capital.
El 29 de mayo de 1995 me
presenté en la oficina de personal (G-1) de la Aviación del Ejército que se
encontraba en el Callao y se encontraba a cargo del teniente coronel de
infantería Javier Da Cruz del Águila (charapin) un oficial muy tranquilo y comprensivo;
y como comandante general se encontraba el General de Brigada Luis Enrique
Mayaute Ghezzi. Ingresé a esta dependencia portando mi papeleta de
tránsito debidamente firmada en el distrito de Rioja con fecha 12 de mayo. En la
oficina del (G-1) recibí una severa e injusta reprimenda de parte de un oficial
que ostentaba el grado de mayor cuyo nombre no recuero y era el adjunto del
comandante Da Cruz; los oficiales asumieron erróneamente que yo no había
participado en la guerra con el Ecuador y afirmaron, de forma despectiva, que
mis documentos eran apócrifos. Acto seguido, me notificaron que había sido
denunciado por el delito de Abandono de Destino (lo que hoy se conoce como
abandono de empleo) ante la 2ª Zona Judicial del Ejército mediante el Oficio N°
396 A-1/02.42.02, de fecha 18 de mayo de 1995. Según este documento, se me
consideraba infractor desde el 24 de abril, ignorando por completo que en esa
fecha yo me encontraba ejerciendo funciones al mando del personal de Tropa de
la base militar en Yurimaguas, Loreto.
Posteriormente, fui citado
formalmente para comparecer ante la 2ª Zona Judicial del Ejército, ubicada en
la segunda cuadra de la avenida Arenales, en Lima. Acudí al tribunal
debidamente uniformado. Al presenté, pretendieron obligarme a designar un
abogado particular para mi defensa. Ante lo que consideré un flagrante abuso de
autoridad, protesté enérgicamente en la sala alegando mi absoluta inocencia y
rehusándome a contratar una defensa privada. Como medio probatorio contundente,
presenté un archivo de 40 fotografías que respaldaban de forma irrefutable mi
participación activa en los combates del Valle del Cenepa contra las tropas
invasoras. Tras evaluar las evidencias, el tribunal modificó su postura y
asignó un defensor de oficio para mi caso. Fui citado e interrogado en la 2ª
ZJE en cuatro oportunidades y, finalmente, el proceso penal militar concluyó
con un auto de sobreseimiento definitivo el 22 de enero de 1996, limpiando
formalmente mi responsabilidad penal.
A pesar de esta resolución, la
injusticia administrativa continuó en la sombra. En junio de 2007, descubrí que
una copia de aquella falsa denuncia permanecía archivada en mi Legajo Personal
N° 1, administrado por la Jefatura de Administración de Técnicos y Suboficiales
del Ejército (JATSOE) en el Cuartel General del Ejército, en Lima. Este
documento infundado se convirtió en el principal obstáculo de mi carrera,
bloqueando sistemáticamente mi ascenso al grado inmediato superior. Al
presentar mi reclamo, la respuesta institucional fue desalentadora: me
indicaron que el registro ya figuraba en el sistema y que era imposible
borrarlo. Solicité audiencias en todos los niveles de la Inspectoría del
Ejército, pero nadie dio solución a mi petición. Quedó en evidencia una
realidad hartamente conocida dentro de la institución: las Inspectorías suelen
limitarse a resolver conflictos menores o domésticos, dejando en el desamparo
los derechos fundamentales del personal veterano.
El proceso de ascensos evidencia la gravedad de este perjuicio. Cada fin de año, las juntas y jurados integrados por oficiales superiores se reúnen en el JATSOE para evaluar los expedientes. Con el Legajo Personal N° 1 de cada candidato en mano, verifican los antecedentes y fundamentan su decisión estrictamente en los documentos que allí encuentran. Al hallar una denuncia penal —incluso si fue desestimada—, el jurado deniega el ascenso. De este modo, por culpa de los graves errores administrativos cometidos por los oficiales de personal (S-1 y G-1) al no actualizar debidamente los movimientos operativos, militares que entregamos el cuerpo y la salud en el frente quedamos relegados y truncados en nuestra carrera profesional para siempre.





Espero se le haya hecho justicia hasta la fecha, siglo XXI, muy lamentable lo sucedido, una de las tantas injusticias. Los verdaderos héroes que lucharon, eran chiquillos enviados a una zona hinóspita, lejana de su terruño, que jamás pisaron. La miasma fue su peor enemigo, y seguro para los contrincantes...
ResponderBorrarRecuerdo que un traumatólogo, fue enviado a la zona, y fue quien hizo una amputacion a mi papa más antes, .. yo decia , habra hecho varias operaciones por alla, seguro excelentes, aunque lamentables. Terminé en esta página, buscando informacion sobre los miasmas, que recuerdo escuchaba que provocaban daños a los soldados del ejercito y que en su mayoría eran jóvenes de la zona altoandina que los enviaron a la zona de selva, soñadores convencidos que "luchaban por la patria", pero a las finales, pienso que las guerras las hacen los que venden armas, negocio redondo, y los sacrificados son los jovenes, en su mayoría de origen humilde. Y los jefes militares son los que sacan "pecho" (panza)y se presentan como héroes,... algunos jefes si debe haber que se la juegan por sus comandos. Mis saludos y gracias por sus memorias.
Es un gran soldado cuando lo conocí era sub oficial Pineda Ramírez Miguel en la octava división de infantería bim 31 en los 90
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