Los Combates en la COTA 1232 del Valle de Cenepa y la Confrontación en el Helipuerto Tormenta.- El 1 de enero de 1995, el teniente coronel de infantería Julio Celestino Chaparro Beraum, conocido en las operaciones como el comandante «Alfonso», asumió el comando del Batallón Contrasubversivo N° 28, acantonado en el distrito y provincia de Rioja, departamento de San Martín. Al desatarse el conflicto con el Ecuador, el citado comandante y su batallón fueron desplazados de inmediato hacia el teatro de operaciones del valle del Alto Cenepa, con la misión de desalojar a las tropas invasoras del vecino país del norte.
El domingo 12 de febrero de
1995 se inició la prueba de fuego en la cota 1232 del valle del Cenepa. Un
total de 360 hombres de nuestro batallón participamos en un intenso combate
contra las fuerzas ecuatorianas. Al finalizar las acciones de esa primera jornada,
las patrullas terminaron dispersas, y la gran mayoría emprendió el repliegue
desde la cota 1232 con dirección a la cota 1274, conocida como el «Helipuerto
Tormenta». Como saldo de este primer enfrentamiento, se registraron seis
soldados heridos por esquirlas de granadas de mortero de 60 mm.
Al día siguiente, el lunes 13
de febrero, logramos reunir en la cota 1232 a 86 hombres que habían quedado
dispersos de diferentes patrullas. Cerca del mediodía, volvimos a entablar
combate contra las tropas invasoras. Lamentablemente, debido a errores tácticos
del personal de oficiales que comandaba las operaciones, no se pudo romper la
férrea resistencia del enemigo. En este segundo choque perdió la vida del
sargento segundo Inocente Vásquez y sufrimos 27 heridos. Yo participé
activamente en ambos combates. En este último enfrentamiento, rodeados por el
enemigo, resistimos durante aproximadamente una hora y media; sin embargo, el
incesante fuego de los morteros de 60 mm afectó críticamente a quienes
permanecíamos cerca de un acantilado, en las inmediaciones de un riachuelo. La
onda expansiva de una de las detonaciones me hizo rodar por la pendiente,
provocándome la fractura del cuarto metacarpiano de la mano izquierda y
diversas heridas por esquirlas en el omóplato izquierdo, en total 43 heridas.
Una vez finalizado el combate, esa misma tarde asumí la responsabilidad de
salir de las profundidades del valle liderando la evacuación de los 27 soldados
heridos hacia la cota 1274 («Helipuerto Tormenta»), posición que los
ecuatorianos habían denominado originalmente «Base Norte» y que permanecía bajo
control peruano desde los primeros días de febrero.
A las 14:45 horas logré
retornar al «Helipuerto Tormenta». En el puesto de comando encontré al teniente
coronel Julio Celestino Chaparro Beraum. Impulsado por la indignación y el
dolor de ver llegar a la tropa desangrándose, le increpé duramente delante de
los soldados y del suboficial de segunda enfermero militar Ander Cornelio
Osorio, conocido entonces como «Eder». Mirándolo fijamente, le reclamé al
comandante: «Mira pues todo esto. Oficiales que estudian en la Escuela
Superior de Guerra, en la Escuela de Inteligencia, en la Escuela de Infantería
y en tantas otras escuelas, no sirven para nada. Los monos nos han sacado la
mierda por culpa de un capitán. Mira a estos heridos, y atrás aún vienen más
heridos y muertos. Los oficiales que deberían dirigir las operaciones están no
habidos, y usted está tranquilo aquí». Ante mis reclamos, el comandante se
quedó completamente mudo, estático, sin reacción alguna y con la mirada
perdida. Después de un largo y tenso silencio, ordenó al suboficial enfermero
«Eder» que me prestara los primeros auxilios, quien procedió a limpiarme la
sangre y a extraerme algunas esquirlas del omóplato y de la espalda.
Posteriormente, el comandante
se dirigió a mí y me dijo de forma reservada: «Suboficial Diego, que todo
esto quede entre nosotros. No hables más y no le cuentes a nadie lo ocurrido.
Para ti las operaciones han terminado; deja el fusil, las municiones y las
fornituras, y bajarás a la UQM que está en la 'Y'». En ese instante me
embargó una profunda tristeza mezclada con amargura. Herido y obligado a
entregar mi equipo, sentía que abandonaba a mi tropa en el frente. Estuve al
borde del llanto mientras me retiraba en completa soledad con destino a la
Unidad Quirúrgica Móvil (UQM).
Retorno al Puesto de
Vigilancia N.º 1.- Los resultados adversos en los combates de los
días 12 y 13 de febrero en la cota 1232 me dejaron sumido en una profunda
amargura. A la mayoría del personal de oficiales le faltaba el liderazgo
necesario para conducir con acierto a las compañías y patrullas bajo sus
mandos; sin ir más lejos, el capitán jefe de mi propia compañía desertó antes
de entrar en combate. Otros oficiales mostraban una preocupante negligencia
durante los desplazamientos o actuaban con excesiva confianza. Como
consecuencia directa de estas deficiencias, los enfrentamientos resultaron
desfavorables para nuestras fuerzas; si los ecuatorianos no nos aniquilaron por
completo, fue únicamente porque a ellos también les faltó decisión y valor.
El lunes 13 perdimos al
sargento segundo Inocente Vásquez, el suboficial Juan Torres recibió un balazo
en el pie derecho y sufrimos un saldo de 27 heridos, todos afectados por las
esquirlas de granadas de mortero. Movido por la indignación ante estos hechos,
retorné con una ira incontenible al Puesto de Comando y confronté directamente
al comandante del batallón.
Durante el repliegue desde la
zona de combate hacia la cota 1274 («Helipuerto Tormenta»), un soldado, al ver
mi herida y la sangre que manchaba el uniforme, se ofreció voluntariamente a
cargar mi mochila. Accedí a su petición y se la entregué. En ella llevaba
algunas prendas de vestir, municiones, caramelos, galletas y partes de equipos
militares que había recogido de las tropas ecuatorianas a modo de pertrechos.
Sin embargo, este soldado se habría ocultado intencionalmente en la trocha y
jamás apareció. Lo esperé durante quince minutos en el Puesto de Comando, pero
nunca llegó; aprovechó la confusión para quedarse con mis pertenencias. En esos
momentos iniciales, mi primera intención fue permanecer en la cota 1274 para
recuperarme y reincorporarme cuanto antes a la línea de fuego. No obstante,
cambié de opinión al escuchar los comentarios de los compañeros, quienes
advertían que una simple herida en la selva, si no se trataba a tiempo, se
infectaba rápidamente, se tornaba morada y se llenaba de larvas, provocando
fiebres altas y, en el peor de los casos, la muerte. Ante ese panorama, decidí
descender de inmediato a la Unidad Quirúrgica Móvil (UQM).
El comandante Chaparro ordenó
al técnico de segunda chófer militar Segundo Joel Escobal Ordóñez, conocido
bajo el seudónimo de «Lester», que evacuara a todos los heridos de la cota
hacia la UQM situada en la zona denominada la «Y». En ese preciso instante, la
artillería ecuatoriana comenzó a hostigar la posición, empleando sus lanzadores
múltiples de 40 bocas BM-21 desde los puestos de vigilancia de Coangos y Cóndor
Mirador. Como yo ya conocía la ruta a la perfección, preferí apresurar el paso;
me adelanté solo por la trocha, dejando atrás a «Lester» con el resto de los
heridos de tropa. Llegué por mi cuenta a la UQM, ubicada a orillas del río en
la «Y». Aquel lugar era un terreno sumamente húmedo y pantanoso; mi más sincero
respeto para el personal médico, profesionales que trabajaban con el barro
cubriéndoles las pantorrillas mientras se desplazaban de un lado a otro para
salvar vidas. Allí se encontraba el doctor médico militar Luis Gutiérrez Vera,
quien había improvisado un puesto de socorro con los materiales que ofrecía el
entorno. Al verme llegar, me interrogaron y les relaté todo lo acontecido en
las cotas altas. De inmediato, me retiraron el polo y me ordenaron agacharme.
Acto seguido, introdujeron una pinza en mi omóplato y parte de la espalda y
extrajeron varios fragmentos de metal y dos de gran tamaño, uno grande y otro
mediano. Mientras tanto, un enfermero, que ya tenía lista la jeringa, me
inyectó un líquido en lo más profundo de las heridas, causándome un dolor tan
intenso que me hizo gritar.
Aunque la mano derecha se me
había hinchado, no sentía mayor molestia en ella. En cambio, mi mano izquierda
presentaba una pequeña herida en el dorso y permanecía ligeramente inflamada
con algo de dolor; sin embargo, los médicos no le dieron la debida importancia
en ese momento. Se limitaron a colocarme un vendaje colgado al cuello para
inmovilizar tanto el brazo como el omóplato afectado. En esas condiciones,
siendo las 15:30 horas, me retiré de la «Y» e inicié la marcha a pie con
destino al Puesto de Vigilancia N.º 1. Me acompañaban el sargento «Jaguar» y el
cabo «Tigrillo»; el mencionado sargento había sido mi adjunto durante las
jornadas de fuego, y ambos clases pertenecían a la patrulla bajo mi comando,
procedentes originalmente de la Base Contrasubversiva del distrito de Pelejo.
En pleno trayecto nos
encontramos con el técnico de tercera mecánico de armamento Walter Rojas Romero
y dos elementos de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) pertenecientes
al Batallón de Comandos «Comandante Espinar» N.º 19, quienes también se encontraban
replegándose hacia el Puesto de Vigilancia N.º 1.
Quien es este ridiculo que escribe tonterias ? Por su manera de escribir , parece un loquito resentido. Perdida de tiempo.
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ResponderBorrarSoy Miguel Pineda, ¿resentido?, ¿escribir la verdad es ser resentido?; en el mes de febrero de 1995 participé en los combates en la cota 1232 Valle del Cenepa. Tonterías es tu subjetividad para juzgar sin argumentos.
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