AUDIO ALTO CENEPA 1995

miércoles, 19 de noviembre de 2014

CAPELLÁN DEL EJÉRCITO PERUANO DICE: MATAR AL ENEMIGO EN DEFENSA DE LA PATRIA NO ES PECADO

La Bendición del Acero

El 26 de febrero de 1995, era el mes del conflicto con el Ecuador en el Alto Cenepa Amazonas, en esas circunstancias la noche cayó con una sorpresa en el cuartel "El Milagro", sede de la Quinta División de Infantería de Selva en Bagua. Tras el toque de retreta, el inmenso patio de formación se convirtió en un hormiguero de almas; toda la tropa del Servicio Militar Obligatorio quedó congregada en el centro del cemento, rodeada por el constante ir y venir de oficiales, técnicos y suboficiales. Aquellos hombres, llegados de diversas guarniciones de la costa, la sierra y la selva, aguardaban en silencio, alojados de forma improvisada, a la espera de las órdenes definitivas para marchar como relevo hacia el Puesto de Vigilancia Número Uno.

Yo me encontraba allí como un espectador silencioso, arrastrando un descanso médico relativo tras haber sido dado de alta, apenas curado a medias, en el hospital de campaña del Instituto Peruano de Seguridad Social. El hambre me obligaba a deambular por las noches entre las cantinas de la tropa en busca de algo de comer, y fue en una de esas rondas cuando la curiosidad me detuvo en el patio de armas.

En medio de la penumbra, apareció un hombre con uniforme de campaña que caminaba a paso lento. Llevaba las insignias de comandante, pero su verdadera investidura no era de este mundo: era un capellán, un párroco militar. Al aproximarse al contingente de Tripa, usó esa voz pausada y profunda que caracteriza a los religiosos para ordenarles que se acomodaran.

—Hijos, tomen asiento —dijo.

Cuando constató que todos los muchachos estaban sentados sobre el suelo frío, el comandante de Dios comenzó a hablarles de la Santa Biblia. Sus palabras, sin embargo, no buscaban el sosiego, sino templar el espíritu para la guerra que los esperaba en la espesura.

—Hijos, si se trata de defender la soberanía de nuestro país, no está prohibido matar —pronunció con firmeza—. Ustedes, que van a ir pronto como relevo de nuestros hermanos que están en la línea de la frontera, tienen la obligación de combatir y matar a esos que han invadido nuestro suelo patrio. Este tipo de pecados, nuestro Señor los sabe perdonar.

Aquel párroco desnudaba la teología del combate en un intento desesperado por levantar la moral de los jóvenes soldados antes del despliegue. Escuché su discurso mimetizado entre las sombras del cuartel, asombrado por la crudeza de una bendición que trocaba los mandamientos en consignas de supervivencia, marcando la última semana de febrero en aquel campamento donde la fe y el fusil se preparaban para el mismo sacrificio.

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