Las dos caras del Alto Cenepa: El sacrificio de la tropa en el frente de batalla y la corrupción de la cúpula en la sombra de la retaguardia. - Durante la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995, los combates contra las tropas de Ecuador en el valle del Cenepa cobraron muchas vidas en el campo de batalla; asimismo, dejaron a numerosos combatientes mutilados y a cientos de heridos, afectados principalmente por las minas antipersonal y las esquirlas de granadas de mortero. En aquellos momentos de sacrificio por la patria, los soldados ingresaron al valle del Cenepa en condiciones sumamente desfavorables: sin cascos, sin chalecos antibalas, carentes de sistemas GPS y, sobre todo, sufriendo una severa escasez de rancho. Mientras en la primera línea se combatía con notables carencias, en la retaguardia imperaba la corrupción y la traición de la clase política de turno y de altos mandos del Ejército del Perú.
Muchos oficiales desleales con
la institución aprovecharon la coyuntura para su beneficio personal,
refiriéndome principalmente a sectores del Servicio de Intendencia y de
Transportes. Estos elementos desviaron recursos bajo la complacencia de
oficiales del grado de General. Por ejemplo, si un batallón de seiscientos
hombres dejaba de recibir rancho durante tres días consecutivos, cabe
preguntarse a dónde iba a parar ese dinero que ya se encontraba debidamente
presupuestado. En el Alto Cenepa no participó una sola unidad; se desplegaron
más de cinco mil combatientes en el teatro de operaciones.
Un suboficial chofer me
comentó en su momento que las cisternas de combustible procedentes de la ciudad
de Lima eran desviadas y vendidas clandestinamente en los grifos de Chiclayo y
Bagua, repartiéndose las ganancias entre los jefes. Este testimonio guarda
total consistencia con lo que yo mismo pude constatar la tarde del 6 de febrero
de 1995 en las instalaciones del cuartel El Milagro, sede de la 5.ª División de
Infantería de Selva. Para el transporte del personal militar desde dicho
cuartel con destino a Mesones Muro, numerosos transportistas de la zona norte
del país se organizaron y se presentaron por turnos, de manera voluntaria, para
colaborar con sus camiones.
Dentro del cuartel, dispuesto
a cerciorarme de la realidad, interrogué a tres conductores. Uno de los
choferes que manejaba el camión que trasladó al personal del Batallón
Contrasubversivo N° 28 de Rioja desde Bagua hasta Mesones Muro me manifestó lo
siguiente: «Las empresas de camioneros estamos colaborando voluntariamente,
colocando nuestras unidades al servicio del Ejército durante una semana por
turnos, sin costo alguno para la institución».
Mientras esto ocurría con el
transporte civil gratuito, la ayuda humanitaria sufría una pésima gestión.
Toneladas de sacos de papa que llegaron en calidad de donación terminaron
pudriéndose en las inmediaciones de la guardia de prevención del cuartel. El
desprecio por los recursos no quedó allí; también se recibieron toneladas de
sacos de arroz, fideos, ropa de todo tipo, zapatos, zapatillas y hasta doce mil
panetones, cargamentos que terminaron arrumbados o retenidos en los almacenes
de la 5.ª División de Infantería de Selva en El Milagro. El propio presidente
de la república, el ingeniero Alberto Fujimori Fujimori, llegó a constatar in
situ las graves deficiencias en el sistema de abastecimiento y rancho en la
zona de guerra.
Generales del Ejército de
aquella cúpula, como Nicolás de Bari Hermoza Ríos, Víctor Malca Villanueva,
José Villanueva Ruesta, César Saucedo Sánchez, Walter Chacón, Juan Yanque
Cervantes y Juan Manuel Delgado, entre otros, desviaron fondos públicos a manos
llenas. Años después, las investigaciones judiciales revelarían cuentas
ilícitas que superaban los veinte millones de dólares por cada uno. El origen
de esa fortuna ilícita se encontraba allí: en el dinero desviado del
combustible, de las raciones de la tropa, de los presupuestos de los procesos
electorales municipales y presidenciales, e incluso del narcotráfico.
Gracias a este conflicto
bélico, diversos generales del Ejército y personal del Servicio de Intendencia
aseguraron indebidamente el porvenir de sus familias, ostentando en la
actualidad residencias, vehículos de lujo y toda clase de comodidades materiales
a expensas del sacrificio del personal de Tropa en el frente.

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