La historia de la Campaña Militar del Alto Cenepa 1995, escrito en las mismas trincheras de combate en el Valle del Cenepa.
AUDIO ALTO CENEPA 1995
miércoles, 25 de noviembre de 2015
BASE MILITAR CIRO ALEGRÍA AMAZONAS DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
PUESTO DE VIGILANCIA N° 1 "SOLDADO PASTOR": ALTO CENEPA AMAZONAS PERÚ CAMPAÑA MILITAR 1995
martes, 24 de noviembre de 2015
RÍO CENEPA: PROVINCIA DE CONDORCANQUI AMAZONAS PERÚ DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DE 1995
CIVILES VOLUNTARIOS NO FIGURAN EN EL PARTE DE GUERRA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
Las Sombras del Cenepa: Los
Defensores Nativos y Reservistas Olvidados. - El
calendario militar marcaba el 22 de febrero del año 2025. Habían pasado
exactamente treinta años desde que las armas callaron en el Alto Cenepa, pero
en los archivos oficiales del Estado peruano, la justicia seguía en deuda. Al
revisar el Padrón General de los Defensores de la Patria, amparado en la Ley N°
26511, la cifra era fría y cerrada: 4,076 calificados. Sin embargo, para
cualquiera que hubiera pisado el barro ensangrentado de la frontera, aquel
número era una dolorosa ficción. En esa lista faltaban los verdaderos cimientos
de la victoria.
El recuerdo se trasladó de
inmediato a las horas densas y tensas vividas en el Puesto de Vigilancia N° 1.
Ahí estaban ellos, grabados en la memoria del conflicto: aproximadamente
doscientos civiles patriotas, los "yachis" o "pumas". Nativos
awajún y wampis que, bajo una apariencia frágil, demostraron en el monte que el
valor es ser y no parecer. Sin un uniforme oficial, pero con el pecho
inflado de peruanidad, sirvieron como guías en las trochas más inhóspitas y
cargaron sobre sus espaldas desnudas el peso de la guerra: municiones,
granadas, misiles, raciones de campaña y pertrechos. Junto a ellos, una masa de
tropa reservista se unió voluntariamente al Ejército, arriesgando la vida para
abastecer las líneas de fuego.
¿Por qué no figuraban en el
parte de guerra? ¿Quién fue el responsable de firmar su olvido? La respuesta
yacía en el frío cálculo de la burocracia militar. Al actuar como voluntarios,
el comando los dejó operar bajo un condicionamiento implícito: si caían heridos
o morían, el Estado no se haría responsable de sus gastos de curación ni de sus
beneficios. Era la misma política de deslinde que se aplicaba en la Base
Militar de Ciro Alegría, en Amazonas, donde a los periodistas que rogaban por
ingresar a la zona de combate se les obligaba a firmar un documento taxativo: "El
Ejército no se hace responsable en caso de accidente o fallecimiento".
El patriotismo de los "yachis" y los reservistas fue usado como un
recurso descartable. Una vez firmada la paz, pasaron al olvido.
Mientras los héroes de la
selva eran borrados por una omisión administrativa que dolía en lo más profundo
del corazón, la retaguardia tejía su propia historia de infamia. En los
pasillos del Ministerio de Defensa y del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas,
el fraude desfilaba con expediente en mano. Algunos jefes de batallón, movidos
por un malentendido "espíritu de cuerpo" y bajo la premisa
corporativa de que "el que va al frente y el que se queda en el cuartel
tienen el mismo derecho", ordenaron incluir a toda su plana a sueldo
en los Partes de Guerra.
Así ocurrió, por ejemplo, en
el Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, bajo el mando del teniente coronel
de Infantería Julio Celestino Chaparro Beraun. Gracias a la viveza de esos
partes corporativos, oficiales, técnicos y suboficiales almaceneros que jamás
se movieron de la comodidad del cuartel —dedicados únicamente a custodiar
polvorines y oficinas— terminaron calificados como Defensores de la Patria.
Hoy, esos infiltrados que nunca pisaron Ciro Alegría y Puesto de Vigilancia N°
1 cobran puntualmente su bono de guerra mensual.
Por el contrario, en otras
unidades donde los comandos sí actuaron con rectitud y solo registraron a los
que combatieron, el personal de oficina y administrativo ahora pretende
sorprender a la prensa. Con argumentos falsos ante las pantallas de televisión,
reclaman que sus batallones participaron y que ellos también merecen el
beneficio, intentando equiparar el papeleo administrativo con el riesgo de
morir bajo el fuego de Tiwinza.
La traición del Estado estaba consumada. Los "yachis" y los reservistas voluntarios, cuyas hazañas quedaron registradas en videos y fotografías que el tiempo no podrá borrar, siguen luchando hoy en el anonimato. Pero ya no combaten contra un enemigo extranjero, sino contra el olvido y la burocracia de la patria a la que tanto defendieron.
El sol de la tarde caía pesado
sobre el Valle del Cenepa aquel 13 de febrero. Tras combatir ferozmente en el
infierno de la cota 1232, el sargento "Jaguar", el cabo
"Tigrillo" y este humilde servidor nos replegamos con las últimas fuerzas
hacia la cota 1274, conocida como el "Helipuerto Tormenta". En esa
parte alta operaba el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja, bajo el mando del comandante Julio Chaparro Beraun. El lugar era un
cuadro de dolor: más de veintisiete heridos recibían allí los primeros auxilios
entre el barro y la urgencia de la guerra.
Desde ese punto, los que aún
podíamos movernos iniciamos un repliegue a pie hacia la zona denominada
"La Ye", donde se encontraba la Unidad Quirúrgica Médica (UQM). Allí,
las manos veloces de los médicos nos retiraron numerosas esquirlas de granada
incrustadas casi en todo el cuerpo. Con la carne abierta, exhaustos y
arrastrando un hambre vieja, continuamos la marcha de regreso hacia el Puesto
de Vigilancia N° 1.
Fue justo al cruzar el primer
vado del caudaloso río Cenepa, en mitad de una trocha pantanosa y hostil, donde
el destino nos cruzó con la verdadera espina dorsal del frente. En sentido
contrario, avanzando hacia "La Ye", apareció en fila un grupo de
sesenta soldados reservistas. Iban a paso firme, cargando a la espalda pesadas
cajas de raciones de campaña, municiones y misiles para abastecer la primera
línea.
De pronto, uno de ellos clavó
la mirada en mí. Su rostro se iluminó y, rompiendo la formación con un grito de
emoción, se me acercó acompañado por dos compañeros.
—¡Mi Suboficial Pineda! ¡Qué
gusto de verlo por aquí! —exclamó con la respiración agitada—. Usted siempre ha
sido de los buenos, un guerrero. Yo serví bajo su mando en la Compañía de
Comando y Servicios del Batallón de Infantería Motorizado "Iquique"
Nº 31, allá en la 8va División en Lobitos, Talara. ¡Por eso lo admiro, mi
suboficial!
Avanzó con los brazos abiertos
para darme un abrazo fraterno, pero al detener la vista en mis heridas abiertas
y el uniforme manchado de sangre, frenó en seco. Con profundo respeto, se
limitó a estrecharme la mano con firmeza. Para romper la tensión del momento y
traer un pedazo de paz a ese rincón de la selva, se volvió hacia los otros
reservistas que escuchaban atentos.
—El suboficial tiene un perro
dóberman muy bravo en Lobitos, se llama "Cuto" —dijo sonriendo, para
luego mirarme a los ojos a manera de broma—: ¡Hubieras traído al "Cuto”,
¡mi suboficial! Su perro a puros mordiscos haría correr a todos los
"monos".
Una sonrisa cómplice se dibujó
en nuestros rostros cansados. Tras esa breve y cálida tregua, nos despedimos
rápidamente con un fuerte apretón de manos y los mejores augurios para lo que
venía. Ellos apresuraron el paso para alcanzar al grueso de su columna, que ya
se desvanecía en la sinuosa y barrosa trocha, mientras yo reinicié mi marcha
con el corazón conmovido. Cavilaba en lo extraordinario de aquel encuentro
casual: un soldado de la reserva, movilizado desde el lejano norte, marchando
al peligro en un frente externo para sostener a sus hermanos en actividad.
Sentí un orgullo inmenso por mis antiguos subordinados.
Sin embargo, al pasar de los
años, el orgullo se transformó en una profunda amargura. ¿Por qué ese personal
de tropa reservista no figura hoy en el Parte de Guerra? ¿Por qué la Ley N°
26511 y su reglamento los borraron de la historia, negándoles la calificación
de Defensores de la Patria?
Mientras esos sesenta hombres arriesgaban la vida en el lodo con las cajas de municiones a cuestas, la burocracia cerraba las listas basándose únicamente en las planillas oficiales de los cuarteles. El egoísmo de algunos comandos prefirió amparar bajo el "espíritu de cuerpo" a los oficinistas y almaceneros de retaguardia que jamás salieron de sus bases, dejando a la tropa voluntaria en el más injusto de los olvidos. Una omisión administrativa que, hasta el día de hoy, duele en lo más profundo del alma de quienes sí estuvimos allí.









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