AUDIO ALTO CENEPA 1995

miércoles, 25 de noviembre de 2015

BASE MILITAR CIRO ALEGRÍA AMAZONAS DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995

Durante la Campaña Militar del Alto Cenepa 1995, la Base Militar de Ciro Alegría, ubicado en el departamento de Amazonas, sirvió a las fuerzas armadas del Perú como punto de reunión de naves y personal para ser trasladados a la zona de guerra ubicado en el Valle de Cenepa, cabecera del rio Cenepa, invadido por las tropas de Ecuador. Desde este lugar las Tropas peruanas fueron transportados vía aérea en helicópteros Mi 8 y MI 17 fabricados en Rusia con destino al Puesto de Vigilancia N° 1,  conocido también en puesto de vigilancia Soldado Pastor, provincia de Condorcanqui, Amazonas.

PUESTO DE VIGILANCIA N° 1 "SOLDADO PASTOR": ALTO CENEPA AMAZONAS PERÚ CAMPAÑA MILITAR 1995

Durante la Campaña Militar del Alto Cenepa 1995 contra las tropas invasoras de Ecuador, el personal del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, San Martín permaneció en este puesto de vigilancia desde el medio día del 8 de febrero hasta la mañana del 9 de febrero, armados con los viejos fusiles FAL modelo 1958, modelo 1969, ametralladoras MAG y lanzacohetes RPG, comprados en Bélgica y Rusia, durante el gobierno militar del General Juan Velazco Alvarado en el año 1970, sin casco, sin chaleco, con fornituras y cananas en hilachas, con mochilas y morrales en mal estado.

El día 9 de febrero siendo las 09:00 horas nos reunimos en las inmediaciones del río Cenepa, donde recibimos la arenga del señor Teniente Coronel de Infantería Julio Celestino Chaparro Beraun, Comandante de Batallón, donde el personal de Oficiales, Técnicos, Suboficiales y personal de Tropa, hace un juramento para defender a la patria y expulsar a los invasores ecuatorianos del suelo peruano, finalizado este breve ceremonial de compromiso con la patria, se inició el desplazamiento con rumbo a la zona conocido como la "Y".

martes, 24 de noviembre de 2015

RÍO CENEPA: PROVINCIA DE CONDORCANQUI AMAZONAS PERÚ DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DE 1995

El río Cenepa nace en la cordillera del Cóndor, casi en la frontera entre el Perú y Ecuador; por ende, es un río peruano y es un afluente del río Marañón que discurre por la región de Amazonas.

Durante las Operaciones Militares del Alto Cenepa 1995 contra Ecuador, este rio fue uno de los obstáculos que tenía que vencer el personal militar del Perú para llegar a la zonas conocido como la “Y”, Cueva de los Tayos, helipuerto Tormenta cota 1274, la falsa Tiwinza cota 1061 etc, su caudal sube o baja de acuerdo al tiempo; se torna muy peligroso en las horas de lluvia. Tiene una longitud de 185 km. 

CIVILES VOLUNTARIOS NO FIGURAN EN EL PARTE DE GUERRA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995

Las Sombras del Cenepa: Los Defensores Nativos y Reservistas Olvidados. - El calendario militar marcaba el 22 de febrero del año 2025. Habían pasado exactamente treinta años desde que las armas callaron en el Alto Cenepa, pero en los archivos oficiales del Estado peruano, la justicia seguía en deuda. Al revisar el Padrón General de los Defensores de la Patria, amparado en la Ley N° 26511, la cifra era fría y cerrada: 4,076 calificados. Sin embargo, para cualquiera que hubiera pisado el barro ensangrentado de la frontera, aquel número era una dolorosa ficción. En esa lista faltaban los verdaderos cimientos de la victoria.

El recuerdo se trasladó de inmediato a las horas densas y tensas vividas en el Puesto de Vigilancia N° 1. Ahí estaban ellos, grabados en la memoria del conflicto: aproximadamente doscientos civiles patriotas, los "yachis" o "pumas". Nativos awajún y wampis que, bajo una apariencia frágil, demostraron en el monte que el valor es ser y no parecer. Sin un uniforme oficial, pero con el pecho inflado de peruanidad, sirvieron como guías en las trochas más inhóspitas y cargaron sobre sus espaldas desnudas el peso de la guerra: municiones, granadas, misiles, raciones de campaña y pertrechos. Junto a ellos, una masa de tropa reservista se unió voluntariamente al Ejército, arriesgando la vida para abastecer las líneas de fuego.

¿Por qué no figuraban en el parte de guerra? ¿Quién fue el responsable de firmar su olvido? La respuesta yacía en el frío cálculo de la burocracia militar. Al actuar como voluntarios, el comando los dejó operar bajo un condicionamiento implícito: si caían heridos o morían, el Estado no se haría responsable de sus gastos de curación ni de sus beneficios. Era la misma política de deslinde que se aplicaba en la Base Militar de Ciro Alegría, en Amazonas, donde a los periodistas que rogaban por ingresar a la zona de combate se les obligaba a firmar un documento taxativo: "El Ejército no se hace responsable en caso de accidente o fallecimiento". El patriotismo de los "yachis" y los reservistas fue usado como un recurso descartable. Una vez firmada la paz, pasaron al olvido.

Mientras los héroes de la selva eran borrados por una omisión administrativa que dolía en lo más profundo del corazón, la retaguardia tejía su propia historia de infamia. En los pasillos del Ministerio de Defensa y del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, el fraude desfilaba con expediente en mano. Algunos jefes de batallón, movidos por un malentendido "espíritu de cuerpo" y bajo la premisa corporativa de que "el que va al frente y el que se queda en el cuartel tienen el mismo derecho", ordenaron incluir a toda su plana a sueldo en los Partes de Guerra.

Así ocurrió, por ejemplo, en el Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, bajo el mando del teniente coronel de Infantería Julio Celestino Chaparro Beraun. Gracias a la viveza de esos partes corporativos, oficiales, técnicos y suboficiales almaceneros que jamás se movieron de la comodidad del cuartel —dedicados únicamente a custodiar polvorines y oficinas— terminaron calificados como Defensores de la Patria. Hoy, esos infiltrados que nunca pisaron Ciro Alegría y Puesto de Vigilancia N° 1 cobran puntualmente su bono de guerra mensual.

Por el contrario, en otras unidades donde los comandos sí actuaron con rectitud y solo registraron a los que combatieron, el personal de oficina y administrativo ahora pretende sorprender a la prensa. Con argumentos falsos ante las pantallas de televisión, reclaman que sus batallones participaron y que ellos también merecen el beneficio, intentando equiparar el papeleo administrativo con el riesgo de morir bajo el fuego de Tiwinza.

La traición del Estado estaba consumada. Los "yachis" y los reservistas voluntarios, cuyas hazañas quedaron registradas en videos y fotografías que el tiempo no podrá borrar, siguen luchando hoy en el anonimato. Pero ya no combaten contra un enemigo extranjero, sino contra el olvido y la burocracia de la patria a la que tanto defendieron.

El sol de la tarde caía pesado sobre el Valle del Cenepa aquel 13 de febrero. Tras combatir ferozmente en el infierno de la cota 1232, el sargento "Jaguar", el cabo "Tigrillo" y este humilde servidor nos replegamos con las últimas fuerzas hacia la cota 1274, conocida como el "Helipuerto Tormenta". En esa parte alta operaba el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, bajo el mando del comandante Julio Chaparro Beraun. El lugar era un cuadro de dolor: más de veintisiete heridos recibían allí los primeros auxilios entre el barro y la urgencia de la guerra.

Desde ese punto, los que aún podíamos movernos iniciamos un repliegue a pie hacia la zona denominada "La Ye", donde se encontraba la Unidad Quirúrgica Médica (UQM). Allí, las manos veloces de los médicos nos retiraron numerosas esquirlas de granada incrustadas casi en todo el cuerpo. Con la carne abierta, exhaustos y arrastrando un hambre vieja, continuamos la marcha de regreso hacia el Puesto de Vigilancia N° 1.

Fue justo al cruzar el primer vado del caudaloso río Cenepa, en mitad de una trocha pantanosa y hostil, donde el destino nos cruzó con la verdadera espina dorsal del frente. En sentido contrario, avanzando hacia "La Ye", apareció en fila un grupo de sesenta soldados reservistas. Iban a paso firme, cargando a la espalda pesadas cajas de raciones de campaña, municiones y misiles para abastecer la primera línea.

De pronto, uno de ellos clavó la mirada en mí. Su rostro se iluminó y, rompiendo la formación con un grito de emoción, se me acercó acompañado por dos compañeros.

—¡Mi Suboficial Pineda! ¡Qué gusto de verlo por aquí! —exclamó con la respiración agitada—. Usted siempre ha sido de los buenos, un guerrero. Yo serví bajo su mando en la Compañía de Comando y Servicios del Batallón de Infantería Motorizado "Iquique" Nº 31, allá en la 8va División en Lobitos, Talara. ¡Por eso lo admiro, mi suboficial!

Avanzó con los brazos abiertos para darme un abrazo fraterno, pero al detener la vista en mis heridas abiertas y el uniforme manchado de sangre, frenó en seco. Con profundo respeto, se limitó a estrecharme la mano con firmeza. Para romper la tensión del momento y traer un pedazo de paz a ese rincón de la selva, se volvió hacia los otros reservistas que escuchaban atentos.

—El suboficial tiene un perro dóberman muy bravo en Lobitos, se llama "Cuto" —dijo sonriendo, para luego mirarme a los ojos a manera de broma—: ¡Hubieras traído al "Cuto”, ¡mi suboficial! Su perro a puros mordiscos haría correr a todos los "monos".

Una sonrisa cómplice se dibujó en nuestros rostros cansados. Tras esa breve y cálida tregua, nos despedimos rápidamente con un fuerte apretón de manos y los mejores augurios para lo que venía. Ellos apresuraron el paso para alcanzar al grueso de su columna, que ya se desvanecía en la sinuosa y barrosa trocha, mientras yo reinicié mi marcha con el corazón conmovido. Cavilaba en lo extraordinario de aquel encuentro casual: un soldado de la reserva, movilizado desde el lejano norte, marchando al peligro en un frente externo para sostener a sus hermanos en actividad. Sentí un orgullo inmenso por mis antiguos subordinados.

Sin embargo, al pasar de los años, el orgullo se transformó en una profunda amargura. ¿Por qué ese personal de tropa reservista no figura hoy en el Parte de Guerra? ¿Por qué la Ley N° 26511 y su reglamento los borraron de la historia, negándoles la calificación de Defensores de la Patria?

Mientras esos sesenta hombres arriesgaban la vida en el lodo con las cajas de municiones a cuestas, la burocracia cerraba las listas basándose únicamente en las planillas oficiales de los cuarteles. El egoísmo de algunos comandos prefirió amparar bajo el "espíritu de cuerpo" a los oficinistas y almaceneros de retaguardia que jamás salieron de sus bases, dejando a la tropa voluntaria en el más injusto de los olvidos. Una omisión administrativa que, hasta el día de hoy, duele en lo más profundo del alma de quienes sí estuvimos allí.