
El cabo del Ejercito de Ecuador Pedro Mayancha: Crónica de un prisionero de guerra en el cuartel de El Milagro en Bagua Amazonas Perú.- Durante las operaciones militares del Alto Cenepa en 1995, y tras permanecer internado por un lapso de catorce días en el hospital de campaña del Instituto Peruano de Seguridad Social (IPSS) —instalado en la sede de la 5.ª División de Infantería de Selva en Bagua, Amazonas—, recibí el alta médica. Al no encontrar otro lugar a donde ir, el suboficial de segunda chofer militar Antonio Juárez Ramos me ofreció alojamiento en un simple almacén a su cargo, donde permanecí instalado provisionalmente.
En este cuartel el movimiento
era incesante: ingresaban y salían batallones de la zona de guerra, y llegaban
constantemente heridos, enfermos y los restos de los caídos en combate. En
medio de ese febril escenario, durante los últimos días de febrero de 1995,
logré ver el ingreso de una camioneta de cabina simple en la que viajaban un
oficial y cuatro elementos de tropa, todos fuertemente armados con fusiles FAL.
El vehículo comenzó a dar varias vueltas dentro de la instalación; subía y
bajaba merodeando por el sector donde se ubicaba la Compañía “Tigre”, lo que
despertó inmediatas sospechas.
Tanta era la gente que
permanecía en ese sector que todos nos pusimos a observar con atención sus
movimientos. Finalmente, la camioneta se estacionó exactamente frente a la
puerta de los servicios higiénicos del personal de tropa del Servicio Militar
Obligatorio (SMO). Fue entonces cuando bajaron de la plataforma del vehículo a
un prisionero ecuatoriano que estaba vestido con uniforme de la tropa peruana,
tenía la cabeza totalmente cubierta con una venda y se encontraba amarrado con
sogas desde los pies hasta la cabeza.
Yo me acerqué y logré ver que
se trataba de un joven mestizo de aproximadamente 28 años de edad, de tez
trigueña clara y una estatura cercana al metro setenta. Entre los presentes se
decía que ostentaba el grado de cabo y que su nombre era Pedro Baltazar
Mayancha. Los custodios le ordenaron que se bañara y, después de realizar el
aseo correspondiente, nuevamente fue amarrado y vendado. Lo subieron otra vez
al vehículo para ser conducido con destino a la Comandancia; poco después, se
lo llevaron fuera de la instalación, por lo que hasta hoy desconozco cuál habrá
sido su destino final.
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