La formación de la Compañía
«C» y la partida desde Yurimaguas. - Con motivo del estallido del
conflicto armado en el frente externo con el Ecuador, las bases
contrasubversivas de los distritos de Pampa Hermosa, Pongo, Pelejo y Yurimaguas
se fusionaron operativamente. De esta unión de fuerzas nació la Compañía
"C" de fusileros del Batallón Contrasubversivo N° 28, congregando a
un contingente de oficiales, suboficiales y personal del Servicio Militar
Obligatorio que se preparaba para la defensa de la soberanía nacional. La tarde
del domingo 5 de febrero de 1995, en las instalaciones de la base militar de
Yurimaguas, se procedió a la organización y equipamiento de las patrullas que
conformarían dicha compañía, programándose su inmediato despliegue por vía
aérea con destino a la 5ª División de Infantería de Selva, con sede en Bagua,
en el departamento de Amazonas.
La mañana del lunes 6 de
febrero de 1995, abandonamos formalmente la base militar de Yurimaguas, capital
de la provincia de Alto Amazonas, en el departamento de Loreto, una ciudad
estratégicamente ubicada en la confluencia de los ríos Huallaga y Paranapura.
El desplazamiento se inició a pie desde el recinto militar; todo el personal de
oficiales, suboficiales y tropa marchó firmemente en una columna de tres,
entonando a todo pulmón la emblemática canción militar «A Quito nos vamos». Los
pobladores de las principales calles y avenidas salieron a las puertas y
veredas, contemplando con asombro, respeto y patriotismo el paso de los
combatientes que partían hacia el frente de batalla.
La marcha nos condujo directos al aeropuerto de Yurimaguas, una instalación donde en aquella época también operaba una base militar de los Estados Unidos de América. Al arribar al aeródromo, el contingente permaneció formado en las inmediaciones de la pista hasta que un avión Antonov del Ejército del Perú encendió sus motores y se posicionó para el embarque. De inmediato, procedimos a subir a la aeronave con la moral en alto, listos para ser trasladados hacia el aeropuerto «El Valor» de Bagua, la puerta de entrada al teatro de operaciones del Alto Cenepa.
Composición, armamento y
precariedad logística de la Compañía «C». -El despliegue del
personal de la Compañía "C" del Batallón Contrasubversivo N° 28 desde
la base de Yurimaguas hacia la provincia de Bagua, en el departamento de
Amazonas, se realizó bajo un mando militar definido.
La Compañía “C” conformado por
120 hombres de Tropa SMO estuvo liderada por el mayor de infantería Luis
Enrique Velit Sánchez, secundado por el capitán de artillería Luis Alberto Cruz
Ruiz, el capitán de infantería Luis A. Fernández-Dávila Valdivia y el teniente
de infantería Edwin Ramírez García. En la plana de técnicos y suboficiales nos
encontrábamos el suboficial de 1ª MCE Miguel Pineda Ramírez, el suboficial de
1ª enfermero militar Walter Ortega Laymes, el suboficial de 1ª chofer militar
Manuel Torres Castillo y el suboficial de 2ª MCE Daniel Haro Cayetano.
El poder de fuego de la
compañía dependía de un inventario bélico antiguo y desgastado. El grueso de
los combatientes marchaba armado con los viejos fusiles automáticos ligeros
(FAL) de fabricación belga, correspondientes en su mayoría al modelo 1958 repotenciado
y al modelo 1969, complementados con ametralladoras MAG de la misma
procedencia. Una parte del personal fue dotada también con fusiles FAL de
fabricación argentina. Como armamento de apoyo y de infantería pesada,
trasladamos diez lanzacohetes RPG con sus respectivas granadas antitanque,
granadas de fusil de tipo Instalaza, granadas de mano defensivas —conocidas
popularmente como tipo piña— y abundantes cajones de munición de calibre 7.62
mm.
Las deficiencias materiales y
el abandono logístico quedaron inmortalizados en los registros visuales de la
época. Todo el personal marchó al frente en condiciones deplorables y
pésimamente uniformado. Ante la escasez de prendas oficiales del Ejército Peruano,
algunos oficiales y suboficiales tuvimos que utilizar borceguíes que nos
regalaron los soldados de las tropas de los Estados Unidos que se encontraban
acantonados en las inmediaciones del aeropuerto de Yurimaguas.
La situación del personal del Servicio Militar Obligatorio era aún más crítica: se trataba de jóvenes combatientes en su mayoría oriundos de la selva peruana, cuyas edades oscilaban apenas entre los 18 y 21 años, quienes tuvieron que afrontar la hostilidad del clima y el terreno calzando botas de jebe de la peor calidad. En las filas de la Compañía "C" no existían los cascos ni los chalecos antibalas; las fornituras, correajes y mochilas de campaña se encontraban en tan mal estado que apenas se sostenían unidas por hilachas. Con esa alarmante precariedad, pero con el honor intacto, nos dirigimos a defender la frontera norte del país.
El bautizo de realidad en el cuartel «El Milagro».- La tarde del 6 de febrero de 1995, a las 14:30 horas, el avión Antonov tocó tierra en la pista del aeropuerto «El Valor» de Bagua, en Amazonas. Una vez concluidas las coordinaciones de desembarque, fuimos trasladados de inmediato al cuartel «El Milagro», sede de la 5ª División de Infantería de Selva, ubicado en la misma provincia. Al ingresar al recinto, chocamos de golpe con una realidad radicalmente distinta y mucho más sombría de la que se nos había informado en la base contrasubversiva de Yurimaguas. En los patios y pasillos del cuartel, el rumor era unánime y desalentador: la gran mayoría del personal comentaba que las tropas ecuatorianas nos estaban infligiendo numerosas bajas, provocadas principalmente por el estallido invisible de las minas antipersonales. En medio de ese ambiente de incertidumbre, me encontré con el suboficial de 1ª Pablo Alvarado León, quien me puso al tanto de la gravedad de la situación en el Valle del Cenepa con una crudeza que me heló la sangre: «La situación en la zona de guerra no es positiva para las fuerzas peruanas; te vas a la guerra y ahora mismo tu vida corre peligro». Escuchar aquello, de boca de un compañero, me llenó de un profundo temor.
Poco después, el Comando ordenó formar a todo el contingente recién llegado en las inmediaciones de la Compañía «Tigre». Allí, los encargados distribuyeron una hoja impresa a cada uno de los combatientes. El propósito del documento era registrar de puño y letra nuestros datos personales más íntimos, pero hubo un casillero específico que nos dejó atónitos y sembró el espanto en la formación: debíamos consignar nuestra estatura exacta con el fin logístico de confeccionar los ataúdes en caso de caer en combate. Asimismo, se nos exigió detallar la dirección domiciliaria y el número telefónico de nuestros familiares directos, para que las comisiones encargadas del traslado de restos mortales pudieran notificar el deceso de manera oportuna. Aquel macabro censo sumió a la tropa en un silencio sepulcral, cargado de sorpresa y pánico; asimilamos en ese instante que marchábamos, literalmente, hacia la muerte. Entre el peso psicológico de las planillas de deceso y la desorganización imperante, transcurrió el resto de la tarde: nos quedamos sin almuerzo y, al caer la noche, tampoco hubo cena para ningún soldado. Con el estómago vacío y el miedo calado en los huesos, pasamos nuestra primera noche en la antesala del frente.
El traslado a Mesones Muro y la traición del desabastecimiento. - A las 21:00 horas de ese mismo lunes 6 de febrero de 1995, se ordenó el despliegue de la Compañía "C" con destino a la guarnición militar de Mesones Muro. Para el transporte del personal y de los pertrechos de guerra, el Comando dispuso únicamente de tres camiones de carga civil. En ellos tuvimos que hacinar pesadas cajas de municiones, granadas, baterías, equipos de comunicaciones y pesadas pailas de cocina; sobre esa misma carga física y peligrosa nos acomodamos una gran cantidad de combatientes entre oficiales, técnicos, suboficiales y soldados del Servicio Militar Obligatorio. Tras un viaje extenuante y sumamente incómodo, arribamos a nuestro destino durante la madrugada del martes 7 de febrero. Pasamos las horas previas al amanecer sentados en las rústicas bancas del comedor de la tropa; aquella noche nadie pudo conciliar el sueño ni un solo segundo, prolongando el ayuno forzoso que arrastrábamos desde el día anterior.
La mañana del 7 de febrero, la desidia logística se agudizó dentro del cuartel de Mesones Muro: no hubo ración de desayuno para ningún miembro del contingente. Ante la inoperancia absoluta del sistema de abastecimiento, cada combatiente tuvo que agenciarse sus propios medios económicos para comprar algo de comer en las pequeñas cantinas informales ubicadas en las inmediaciones de la instalación militar. Esta lamentable experiencia puso en evidencia una constante de la campaña: ante este tipo de contingencias de gran envergadura, el Servicio de Intendencia es lo primero que colapsa y desampara a quienes están en la línea de fuego. ¡Buen provecho, señores oficiales del Servicio de Intendencia del glorioso Ejército del Perú! Con el presupuesto desviado que debió alimentar a las tropas en campaña, por lo menos habrán asegurado el futuro de sus familias. Aquella malversación se perpetró en complicidad con malos generales de la institución que se comportaron como verdaderos traidores a la patria, enriqueciéndose en la sombra mientras los soldados entregábamos la vida en el campo de batalla.
La solidaridad en Imazita y
los presagios de Ciro Alegría. -A las 10:00 horas del 7 de
febrero de 1995, iniciamos el desplazamiento desde el cuartel de Mesones Muro
con destino a la Base Militar de Ciro Alegría. En el trayecto, nuestra columna
cruzó el Centro Poblado Mayor de Imazita, donde las generosas mujeres del
pueblo, conmovidas por nuestra situación, salieron a nuestro encuentro para
invitarnos un rancho de arroz con guiso de pallares; asimismo, nos dotaron a
cada combatiente de láminas de plástico para protegernos de la intemperie.
Aquel gesto humanitario fue el único alimento digno que recibimos en días. Al
llegar al puerto de Imazita, nos embarcamos en los botes motorizados conocidos
como «peque-peque» y emprendimos la navegación río abajo a través del Huallaga.
En pleno viaje fluvial, divisamos una embarcación con el equipo periodístico de
América Televisión, que salía de la base de Ciro Alegría con dirección a Bagua
para evacuar sus reportajes de guerra.
Llegamos al puerto fluvial de Ciro Alegría entrada la tarde. Mientras finalizábamos las labores de desembarque del personal y los pertrechos, el cielo amazónico se cubrió por completo de oscuros y densos nubarrones. En ese marco sombrío, apareció un helicóptero de ataque Mi-25 de la Fuerza Aérea del Perú. Mientras el rugido ensordecedor de sus rotores sacudía el aire, una profunda atmósfera de amargura y tristeza se apoderó de todos nosotros, como si las ondas de la aeronave transmitieran un presagio funesto que anunciaba una desgracia inminente. El presentimiento se confirmó poco después con una noticia devastadora: la nave hermana, el helicóptero de ataque Mi-25 Hind FAP Nº 646 del Grupo Aéreo Nº 2, había sido derribado en las inmediaciones de Tiwinza por un misil tierra-aire Igla disparado por las fuerzas ecuatorianas. En esa acción heroica perdieron la vida de forma instantánea su valerosa tripulación, integrada por el comandante FAP Marco Antonio Schenone Oliva (ascendido póstumamente a coronel), el capitán FAP Raúl Vera Collahuazo y el técnico de tercera FAP Erick Gilberto Díaz Cabrel. El impacto psicológico de aquella pérdida nos recordó, una vez más, el implacable escenario de muerte al que ingresábamos.
La concentración de poder
bélico y la incertidumbre en Ciro Alegría. -La tarde de ese mismo 7
de febrero de 1995, el grueso del personal del Batallón Contrasubversivo N° 28
completó el extenuante viaje a través del caudaloso río Marañón para
concentrarse finalmente en la Base Militar de Ciro Alegría, en Amazonas. Al
ingresar a la instalación, la mayoría de nosotros quedamos profundamente
impactados ante el despliegue de maquinaria bélica: la pista y los helipuertos
albergaban imponentes helicópteros de fabricación rusa como los Mi-8, los Mi-17
de transporte táctico y los letales Mi-25 de combate de la Fuerza Aérea. En
este enclave estratégico se respiraba la inminencia del conflicto y se
experimentaban de cerca los riesgos reales de la guerra. Por todas las
inmediaciones se apreciaban rimeros de cajas con municiones de pequeño calibre,
granadas de diversos tipos y proyectiles misilísticos listos para ser
embarcados hacia la primera línea de fuego.
Sin embargo, la imponente presencia de armamento no aliviaba la tensión. El peligro latente se acentuaba con los comentarios de algunos oficiales, quienes advertían sobre informes de inteligencia que señalaban intenciones de la Fuerza Aérea del Ecuador de incursionar y bombardear la Base Militar de Ciro Alegría. Sabíamos que, dada su cercanía al frente y su rol vital en el soporte de todas las operaciones, éramos un blanco prioritario para el enemigo. A pesar de la criticidad de la situación y de la enorme actividad de la base, el abandono logístico volvió a ensañarse con la tropa: aquel día tampoco hubo almuerzo ni cena para el personal de ningún grado militar. En esas precarias condiciones, exhaustos y con el estómago vacío, pernoctamos a la intemperie sobre el patio de formación. Gracias a Dios, la selva nos dio una tregua y esa noche no llovió, permitiéndonos amanecer sin novedades para afrontar el decisivo día siguiente.
El cruce de la frontera aérea
y el arribo al PV N° 1.- Antes del mediodía del miércoles 8 de
febrero de 1995, se inició el traslado por vía aérea de todo el personal del
Batallón Contrasubversivo N° 28 con destino al Puesto de Vigilancia N° 1, en la
provincia de Condorcanqui, Amazonas. Me embarqué junto a mi patrulla en un
helicóptero Mi-8 del Ejército. En pleno vuelo, el artillero de la aeronave
—quien en los registros fotográficos de aquel día viste un polo blanco—
rastrilló su ametralladora lateral, apuntó y abrió fuego en ráfagas cortas
hacia la inmensidad del espeso manto verde de la selva. Acto seguido, se volteó
hacia nosotros y nos advirtió con gravedad: «Vamos a pasar muy cerca de la
línea de frontera; esta zona es sumamente peligrosa».
Al escuchar sus palabras, un silencio sepulcral se apoderó de la cabina. El estruendo de la ametralladora dio paso a una tensa calma donde cada soldado, en su fuero interno, cavilaba sobre la posibilidad de que un misil tierra-aire emergiera de las profundidades de la vegetación. Sabíamos perfectamente que, ante un proyectil misilísticos teledirigido, un helicóptero de transporte es una presa fácil y que el fuego de una ametralladora convencional resultaba inútil. ¿Qué defensa real podía ofrecer un artillero contra la tecnología de un misil antiaéreo? El miedo y la zozobra flotaron en el aire durante eternos minutos, pero la pericia de la tripulación nos mantuvo a salvo. Tras una navegación al límite, la aeronave tomó tierra inicialmente y sin novedades en el Puesto de Vigilancia N° 2. Apenas cinco minutos después, los motores volvieron a rugir, la nave levantó el vuelo y cubrió el último tramo de la ruta hasta aterrizar definitivamente, y sin mayores contratiempos, en el Puesto de Vigilancia N° 1, colocándonos formalmente en el corazón del teatro de operaciones.




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