El domingo 12 de febrero de 1995, en la cota 1274,
conocida como el «Helipuerto Tormenta» a las nueve de la mañana, el sol
comenzaba a disipar la densa niebla que abrazaba las altivas colinas de la
cordillera del Cóndor en Amazonas. En las sinuosas trochas del Alto Cenepa, el
manto verde de la selva se abría paso para dar inicio a una jornada donde la
moral y el valor de los soldados peruanos se escribirían con sangre. Las voces
de mando de los superiores resonaban con fuerza, rompiendo el tenso silencio de
la jungla.
Allí formaron 360 hombres del Batallón
Contrasubversivo N.° 28 de Rioja, de la región San
Martín. Bajo sus desgastados uniformes latía el pundonor, a pesar de las
severas carencias materiales: empuñaban fusiles FAL obsoletos, reflejo de la
histórica dejadez e indiferencia de la clase política. Para colmo de males, el
desabastecimiento logístico golpeaba el estómago; aquel día no hubo rancho para
nadie. La misión, sin embargo, era clara y perentoria: romper la línea
defensiva e iniciar el combate contra las tropas invasoras de Ecuador, una
fuerza de número indeterminado atrincherada en la cota 1232.
El teniente coronel de infantería Julio Celestino
Chaparro Beraun diseñó el plan de ataque. La columna se estructuró en tres
escalones: a la vanguardia, la Compañía «A» con 120 hombres, liderada por el
capitán de caballería Luis Guillermo Gonzales Morales (cuyo seudónimo de guerra
era «Rodrigo»); le seguía la Compañía «C», también de 120 hombres, al mando del
teniente de infantería Edwin Ramírez García («Marcelo»); finalmente, cerrando
la marcha como reserva, avanzaba la Compañía «B» con otros 120 soldados,
comandada por el capitán «Clavo» y el teniente de comunicaciones Javier Alba
(«Marte»).
A las 09:30 horas, los hombres en punta iniciaron
el descenso. La trocha era angosta, sinuosa y sembrada de obstáculos naturales
que ralentizaban cada paso hacia nuestro destino: la cota 1232, un punto
crítico próximo a Falsa Tiwinza. Tras horas de extenuante marcha, el reloj
marcó las 16:20 horas. Fue en ese instante crucial cuando la Brigada de Fuerzas
Especiales N.° 9 «Patria» de Ecuador desató una feroz emboscada sobre nuestras
posiciones.
El combate se prolongó durante 45 minutos de
extrema violencia. Las granadas de mortero enemigas estallaban entre las
raíces, dejando un saldo inicial de seis soldados peruanos heridos por
esquirlas. Fieles a su doctrina, las tropas ecuatorianas combatían a la
defensiva, perfectamente camufladas en la intrincada vegetación. En absoluto
silencio, habían permitido el ingreso de la patrulla peruana hasta su zona de
exterminio. Cuando juzgaron que la ventaja era suya, abrieron fuego concentrado
contra los hombres del capitán Gonzales. Sin embargo, no contaban con la
bravura del soldado peruano. Lejos de replegarse, la vanguardia reaccionó con
tal agresividad que obligó a los atacantes a huir en desbandada y abandonar por
completo la cota 1232, dejando atrás incluso sus granadas de mano, aún
enganchadas en las raíces de los árboles.
El caos geográfico de la selva jugó su propio
papel. Al iniciarse los disparos, varias patrullas de la Compañía «C» se
lanzaron hacia el frente para apoyar a la Compañía «A», mientras que otros
elementos retrocedieron buscando la protección de las zonas altas. Por su
parte, la reserva de la Compañía «B» permaneció en la retaguardia; la densidad
del terreno impidió por completo su despliegue y participación. Esta
fragmentación provocó que las tres compañías quedaran divididas, dejando a la
Primera Compañía del capitán Gonzales enganchada y sola frente al enemigo.
En aquel infierno verde, los árboles gigantescos
reducían la visibilidad a escasos veinte o treinta metros. En medio del fragor
de la batalla, no me percaté del momento exacto en que la tropa bajo mi comando
se había replegado hacia la retaguardia alta. Me quedé completamente solo en el
punto original, acompañado únicamente por dos soldados de la patrulla que nos
antecedía, pertenecientes a la compañía de «Rodrigo». Los tres permanecimos
cuerpo a tierra, en posición de tirador tendido, aguantando la respiración.
Fue entonces cuando los divisé. Hacia el oeste, a
unos 150 metros de nuestra posición y en una pendiente de vegetación rala, se
movían dos hombres equipados con trajes Ghillie o Yowie,
el camuflaje peludo especializado que utilizan los francotiradores de élite.
Avanzaron con velocidad felina y se parapetaron detrás de dos gruesos árboles
caídos, semiocultos por la maleza media. Las urgencias del combate me obligaron
a perderlos de vista por unos instantes. El tiempo se volvió denso; más abajo,
la selva rugía con el estrépito de fusiles, ráfagas de ametralladora, morteros
y proyectiles de RPG. Sin embargo, el perímetro donde yo me encontraba con los
dos soldados permanecía sumido en un silencio sepulcral y sospechoso. Ante la
certeza de que aquellos francotiradores nos tenían en la mira, tomé la
determinación de abrir fuego en ráfaga hacia su escondite.
Justo cuando iba a apretar el gatillo, ocurrió lo
inexplicable. Como si hubiese emergido de la nada, una presencia apareció a mi
espalda. Sentí el peso físico de una mano que se posaba con firmeza en mi
hombro derecho. Alguien se inclinó y me susurró casi al oído, con una voz
calmada pero perentoria:
—No dispares, hay que bajar para reforzar al capitán Gonzales.
Giré el rostro en el acto, pero el individuo
esquivó mi mirada. Vestía exactamente el mismo uniforme camuflado de los
soldados del Perú. Sin dar tiempo a ninguna pregunta, se lanzó colina abajo
entre los árboles y, en cuestión de segundos, se desvaneció como el viento en
las inmediaciones de un riachuelo.
Hasta el día de hoy, no sé si aquello fue un
fantasma o un ser de carne y hueso. Mi mente se inclina a pensar que fue el
alma de uno de nuestros soldados caídos, o de uno que estaba a punto de expirar
en el frente de batalla. Sé que los escépticos dudan, pero sé también que los
fantasmas existen. Se me presentó uno cuando apenas tenía seis años de edad, y
volví a encarar lo sobrenatural durante un patrullaje en Urpay, Pataz, en el
año de 1993. Aquella tarde en el Cenepa, esa aparición —fuese milagro, intuición
o espectro— salvó nuestras vidas.

Bajo el Fuego Cruzado y el Caos de la Selva
Los dos tiradores emboscados en mi flanco
izquierdo, parapetados tras los gruesos árboles caídos, no eran una simple
sospecha: eran una amenaza mortal inminente. Casi en el mismo instante en que
fijé mi atención en ellos, comprendí que también habían detectado nuestra
presencia y la de los soldados que se desplegaban ladera abajo. No hubo tiempo
para la vacilación. De pronto, los dos francotiradores ecuatorianos desataron
sobre nosotros ráfagas implacables de fuego concentrado.
El infierno se desató en un segundo. Los
proyectiles enemigos impactaban a escasos centímetros de mi cuerpo, levantando
nubes de tierra por doquier y haciendo pedazos los troncos secos que me
rodeaban. Las astillas volaban como puñales. Si no hubiese sido por la
providencial protección de aquel grueso árbol que me servía de escudo, con toda
seguridad habría perdido la vida en ese instante. En situaciones así, el
pensamiento racional se suspende y se activa el instinto puro de supervivencia.
Yo portaba un fusil FAL con dos cacerinas unidas con cinta; ambas sumaban
cuarenta cartuchos listos para el combate. El arma siempre la mantenía cargada
y con el selector de tiro en la posición «R» (Repetición). Con un movimiento
mecánico y veloz, pasé el selector a la «A» (Automático) y descargué una ráfaga
ensordecedora de cuarenta disparos hacia la posición enemiga. A unos metros de
distancia, los dos soldados que me acompañaban reaccionaron con idéntica
bravura, abriendo fuego cerrado contra el mismo objetivo. El intercambio de
disparos fue espectacular y aterrador; jamás, ni en mis momentos más febriles,
imaginé vivir una hora tan crucial y extrema como aquella tarde.
Tras ese violento y mutuo estallido de fuego,
sobrevino un silencio sepulcral. Sintiéndome peligrosamente expuesto, tomé la
decisión de cambiar de abrigo —aquel término militar que define al terreno que
te protege no solo de la vista, sino también del fuego del adversario—. Con el
corazón a mil, decidí replegarme unos metros hacia atrás para buscar la
protección de un pequeño morro. Salté y corrí con desesperación, pero al
intentar sobrepasar un montículo, la selva me tendió una trampa: caí de golpe
en un pantano profundo, un pozo oculto bajo un manto de pasto verde que
simulaba con perfecta crueldad ser terreno firme. El fango casi me devora por
completo. Preso del pánico, logré arrastrarme con las uñas y salir de aquella
fosa, empapado y cubierto de un barro negro y denso.
A duras penas conseguí parapetarme entre la base
del morro y un tronco robusto. Allí, temblando por la adrenalina, asustado y
sumido en profundas reflexiones sobre la fragilidad de la vida, procedí a
cambiar la cacerina vacía. Volví a apuntar hacia el sector de los
francotiradores, pero esta vez con mayor disciplina: regresé el selector a la
posición «R» para disparar tiro por tiro. Así transcurrió otra media hora, en
un goteo intermitente de disparos que iban y venían, extinguiéndose lentamente
a medida que las sombras de la tarde avanzaban. Al no recibir más respuesta del
enemigo, el silencio se adueñó por completo del perímetro. Aquellos
combatientes —a quienes en la jerga llamábamos afectuosamente
"monos"— permanecieron mudos. Quién sabe si habían muerto bajo
nuestras ráfagas o si, simplemente, habían decidido batirse en retirada. Por
precaución, nos mantuvimos inmóviles, en posición de tirador tendido,
aguantando la respiración.
Más abajo, en la hondonada, el grueso de ambas
fuerzas —que durante casi una hora había exhibido toda la letal potencia de sus
armas— también comenzó a apagar sus fuegos. De lo vivido en ese tramo, el
recuerdo más vívido que conservo es el estruendo ensordecedor de los
lanzacohetes rusos RPG utilizados por nuestras tropas. El impacto de sus
granadas era descomunal: sacudía la estructura misma del cerro y producía un
eco colosal que rebotaba con violencia entre las montañas circundantes.
Aún pegado a la tierra, me volví hacia los dos
soldados y les pregunté con voz ahogada:
—¿Dónde está la gente?
—Todos están abajo, con el capitán Rodrigo— contestó uno de ellos, con la
mirada fija en la espesura.
Sin perder un segundo, nos pusimos en pie y
corrimos agazapados a lo largo de unos doscientos metros. Dejando atrás la
maraña de la selva, ingresamos a un estrecho callejón flanqueado por dos
pequeñas elevaciones por donde corría un riachuelo. Al descender, descubrimos
que la sinuosa trocha daba paso a un camino afirmado y antiguo, una ruta
ancestral que evidentemente había sido utilizada durante años por las patrullas
de la zona. El cauce del riachuelo presentaba pozos profundos a cada tramo y
estaba jalonado por inmensas rocas que nos ofrecían un abrigo perfecto contra
la vista y las balas enemigas.
A medida que avanzábamos por aquel sendero, las
huellas del violento choque militar se hicieron evidentes. El camino estaba
sembrado de pertrechos y prendas militares abandonadas en el fragor de la
batalla por nuestras propias tropas: mochilas esparcidas con todo su contenido
expuesto, gorras, pasamontañas, cacerinas y granadas de fusil. Pocos metros más
allá, junto a uno de los pozos de agua y al pie de una roca gigante,
encontramos también el equipo camuflado de un soldado ecuatoriano. En aquel
infierno de fuego y confusión, el pánico y el instinto de aligerar peso habían
obligado a los combatientes de ambos bandos a desprenderse de sus pertenencias,
dejando el mudo testimonio de una jornada donde la línea entre la vida y la
muerte se midió en segundos y milímetros.
Aquella tarde, tras el cese de los fuegos, el
fragor del combate dio paso a una dispersión caótica. Las tres compañías de
fusileros del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja se dispersaron en la
inmensidad de la selva, quedando el contingente totalmente dividido. Mientras
la mayoría de las patrullas lograba replegarse hacia el puesto de comando en la
cota 1274, conocido como el "Helipuerto Tormenta", un puñado de
combatientes quedamos errantes en las inmediaciones de la emboscada. En medio de
aquel peligro latente, me vi separado de los míos, acompañado únicamente por
dos soldados que ni siquiera pertenecían a mi patrulla. Un silencio sepulcral,
espeso y amenazante, lo inundaba todo.
Guiado por el instinto de supervivencia, emprendí
la marcha con ellos hacia el norte a través de una trocha pantanosa. Avanzamos
cerca de ochocientos metros cuesta abajo, flanqueados por árboles colosales que
bloqueaban la luz, hasta desembocar en un estrecho callejón de barro. Al fondo
se divisaba el curso de un río que presumo era el Cenepa. Sin planearlo,
empujados por la desorientación, caminamos directo hacia las posiciones de las
tropas ecuatorianas. El peligro real no empañó la marcha; mis dos acompañantes
avanzaban en un mutismo absoluto, acatando mis pasos sin sugerir alternativa
alguna. Estábamos a las puertas del enemigo, a un paso de la muerte o del
cautiverio. Fue la lucidez del momento la que me hizo reaccionar: ordené dar la
media vuelta de inmediato para desandar el camino barroso, con la angustia viva
de sentirnos perdidos.
La tarde se extinguía y las sombras ganaban terreno
cuando, en un golpe de fortuna, levanté la mirada hacia el flanco derecho.
Entre la maleza, distinguí a un grupo de soldados peruanos que trepaban con
evidente dificultad por una pendiente lodosa; el color de sus uniformes nos
devolvió el alma al cuerpo. Cruzamos el riachuelo que nos separaba y comenzamos
a subir la cuesta, pisando con estricta precisión sobre las huellas que sus
botas de jebe dejaban en el fango, pues el temor a las minas antipersonales sembradas
por el ejército ecuatoriano gobernaba cada movimiento. Al coronar la cima,
encontré al alférez de caballería Froilán Mesías Marino, conocido con apodo de
combate “Zeus”, quien aguardaba sentado y con el rostro desencajado por la
preocupación, perdido también junto a trece hombres de su patrulla.
Nos unimos a su grupo para capear la noche.
Pernoctamos en la cota 1232, una posición recién abandonada por las tropas de
Ecuador donde el peligro aún seguía tibio. En el lugar, los retirados habían
dejado trampas activadas con granadas de fabricación rusa del año 1977,
artefactos con la fisonomía peculiar de una pequeña papaya verde. Entre la
hojarasca, como vestigios de su reciente presencia, yacían también abundantes
latas de atún vacías y los plásticos de las galletas que habían consumido antes
de emprender la retirada.
Al encontrarnos, el alférez Zeus me lanzó las
preguntas que le carcomían el pecho:
—¿Diego, dónde está la gente del capitán Rodrigo?
¿Dónde está la gente del teniente Marcelo?
—Por seguir las huellas dejadas por las patrullas
del capitán Rodrigo me he perdido —le respondí—. Abajo llegamos cerca de un
río, pero como no había nadie de los nuestros optamos por regresar. Gracias a
Dios he logrado ubicarte; ahora, por lo menos, ya somos diecisiete
combatientes.
Con aquel oficial de caballería, todavía novato, yo
había laborado durante cinco meses consecutivos —desde junio hasta octubre de
1994— en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua Blanca, en la provincia
de El Dorado, San Martín. Juntos habíamos patrullado más de una vez en el
sector de Mina de Sal —un cerro al sur de Agua Blanca— y por los distritos de
Rejis, San Francisco, Saposoa, Santa Rosa, Fausa Lamista, Fausa Sapina,
Bellavista y Alto Saposoa. Nos conocíamos bien, pero el escenario del Cenepa imponía
un rigor muy distinto.
A las diecinueve y treinta horas, la oscuridad en
la cota 1232 era absoluta. En medio de esa negrura, el alférez Zeus me ordenó
desplegar a la tropa en parejas a cincuenta metros a la redonda. Sabiendo el
peligro que implicaba por la nula visibilidad, me negué rotundamente.
—A mí déjame con dos hombres y con el resto vete
hacia atrás —insistió el oficial.
No me moví un solo centímetro. Argumenté que
caminar de noche por un terreno recientemente abandonado por el enemigo era una
imprudencia suicida.
—No puedo arriesgar la vida de la tropa —le
repliqué, plantándome firme ante su orden.
El oficial guardó silencio y, tras unos minutos de
mudez, se quedó profundamente dormido. Yo, en cambio, tomé mi puñal y abrí una
zanja entre dos troncos de gran grosor. Tendí unas ramas y encima coloqué el
plástico azul que una señora me había regalado en el caserío de Imazita, en
Mesones Muro, el 7 de febrero de 1995. Mi uniforme estaba completamente
empapado, al igual que mis calcetines y borceguíes; aun así, me acomodé en la
pequeña fosa.
Pronto, el cansancio venció al contingente y todos
se durmieron. En medio de ese sueño profundo, el rumor de los ronquidos se
mezclaba con los lamentos de la tropa: algunos soldados hablaban y otros
gritaban sacudidos por constantes pesadillas que los atormentaron casi toda la
noche. A más de tres de ellos les escuché los gritos en la penumbra.
Mientras ellos lidiaban con sus fantasmas, yo
permanecí despierto casi todo el tiempo, cavilando sobre mi existencia. Toda mi
vida desfiló ante mis ojos como una serie de imágenes fotográficas proyectadas
con total nitidez en mi cerebro. Pensé con insistencia en mi hermano Augusto
Epifanio, desaparecido en septiembre de 1991 en el distrito de Congas,
provincia de Ocros, Ancash. Recordé a mis padres, a mis hermanos, y aquel
último baile en una discoteca de Yurimaguas el domingo 5 de febrero.
En el silencio de la noche, una pregunta me
martillaba una y otra vez: «¿Qué hago en este lugar donde mi vida pende de un
hilo?». Sabía que como soldado tenía el deber y la obligación moral de defender
la soberanía del Perú, pero como ser humano, al verme perdido, con pocos
compañeros, sin raciones de combate, sin comunicaciones y sin medicamentos,
cualquiera se sentiría desdichado. Me encomendé a Cristo y a mis difuntos, como
cada noche.
Cerca de las tres de la madrugada, el sueño
finalmente me venció y trajo consigo un presagio de lo que vendría. Soñé que
una inmensa oscuridad me cubría, partida en el centro por unos rayos de luz
brillante. Luego, la penumbra se alejaba despacio dando paso a la claridad;
veía a la tropa transpirar un aceite negro, mientras a mí me caían por la
espalda gotas de una lluvia oscura.
A las seis de la mañana de aquel inolvidable lunes
13 de febrero, bajo un cielo medio nublado, me desperté sobresaltado. Me senté
a meditar un largo rato; el sueño me había dejado la certeza de que algo malo
ocurriría en las próximas horas, pero conservaba la fe en que, por gracia de
Dios, superaríamos el peligro. Con esa convicción me puse de pie, vistiendo el
mismo uniforme húmedo y con el estómago vacío.
Decidí reanudar la conversación con el alférez
Zeus. Tomando la iniciativa, le propuse:
—Mi alférez, ayer el personal de la Compañía “C”,
al mando del teniente de infantería Marcelo, se quedó arriba, aproximadamente a
ochocientos metros. Voy a ir con un par de mensajeros para ubicarlos y
retornamos de inmediato.
El oficial lo pensó por unos segundos y su
respuesta fue un seco:
—No.
Su condición de oficial subalterno sin experiencia
lo hacía presa del temor, y carecía de la iniciativa necesaria para organizar a
la tropa y actuar firmemente frente al enemigo en una situación de esa
naturaleza.
El lunes 13 de febrero, a las ocho de la mañana, la
cota 1232 amaneció cubierta por una densa neblina. En medio de un silencio
absoluto, diecisiete combatientes permanecíamos perdidos en las profundidades
del Valle del Cenepa. Ante la incertidumbre, decidimos enviar a tres mensajeros
para que recorrieran la misma trocha de la tarde anterior, con el objetivo de
ubicar al personal disperso bajo el mando del teniente de infantería Edwin
Ramírez García, conocido con seudónimo "Marcelo", y a los elementos
de la Reserva, quienes presumíamos se encontraban en las faldas del cerro.
Entre los emisarios marchaban los dos soldados que me habían acompañado
fielmente durante el combate del día anterior.
Mientras ellos avanzaban, me quedé conversando con
el alférez de caballería Zeus, narrándole minuciosamente los acontecimientos de
la jornada previa:
—Ayer, el personal de la Compañía «C» bajaba por la
trocha, pero cuando comenzó el combate retrocedieron hacia la parte alta —le
comenté—. Deben permanecer cerca del lugar donde me enfrenté a los dos soldados
ecuatorianos. Posiblemente eran francotiradores o vigías; estaban cubiertos con
trajes especiales Ghillie o Yowie, que sirven para camuflarse
perfectamente entre los árboles. Se movieron con mucha rapidez de atrás hacia
adelante y nos dispararon ráfagas intensas de ametralladora. Me parece que
murieron, porque durante el intercambio de fusilería se quedaron en silencio
total. Enseguida bajamos intentando encontrar a las tropas del capitán Rodrigo.
Allá abajo, cerca del riachuelo, hay muchas prendas y granadas de nuestras
tropas esparcidas en el camino, además de un uniforme camuflado. ¿Puedo enviar
a un par de soldados para recoger todo?
—No, puede haber minas —me contestó secamente el
oficial.
La mañana transcurría gris y ligeramente nublada.
El alférez, asimilando mis palabras, añadió:
—Diego, la tropa de Ecuador está utilizando
uniforme camuflado tipo selva. Esos dos soldados con quienes te enfrentaste
ayer de seguro eran vigías o francotiradores. Usan trajes Ghillie para
mimetizarse; has tenido suerte de verlos, porque a esa gente no se la distingue
en el monte.
En ese instante, una sombra de profunda
desconfianza hacia aquel oficial novato me cruzó la mente. En mi fuero interno,
no podía evitar pensar que, aprovechando el caos de la guerra, él pudiera
atentar contra mi vida a modo de venganza. Meses atrás, cuando estuvimos
destacados en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua Blanca, en la
provincia de El Dorado, San Martín, se habían presentado graves problemas
vinculados al narcotráfico. El capitán jefe de la base, este mismo alférez y un
técnico habían sido investigados por la Inspectoría y la Fiscalía al estar
coludidos con narcotraficantes colombianos y peruanos. Yo, al actuar como
testigo, declaré la verdad y terminé hundiendo a los tres desleales.
Nos encontrábamos en medio de esa amena
conversación cuando, a las diez y veinte de la mañana, aparecieron de pronto
los tres mensajeros. Regresaban solos y con el rostro desencajado por el
espanto. Al verlos aproximarse en ese estado, una profunda amargura me invadió
el pecho. Llegaron empapados en sudor.
—¿Dónde está la gente? —les inquirí de inmediato.
Se limitaron a responder que no había nadie. Uno de
ellos precisó:
—Hemos subido hasta la pampa donde descansamos ayer
y no hay un alma.
Aquella respuesta me dejó sumamente preocupado, y
el oficial me sostuvo la mirada con idéntica inquietud. Sin embargo, usando un
tono más enérgico por la sospecha de que el miedo los hacía flaquear y me
estaban engañando, les repliqué:
—Ahora mismo pediré cuatro voluntarios con el grado
de sargento. Ellos irán y estoy seguro de que cumplirán la misión.
Así lo hice. Solicité el apoyo de cuatro sargentos
voluntarios, quienes al unísono respondieron: «¡Presente!, ¡presente!,
¡presente!». Les impartí las indicaciones precisas para la tarea. Uno de ellos
sugirió:
—Por esta loma se puede cortar camino.
—No —le repliqué tajantemente—. Tiene que ser por
abajo, porque allí hay mejor abrigo y cubierta.
Bajo esa orden, procedieron a descender hacia el
riachuelo para avanzar por la misma ruta. Me dirigí entonces al alférez Zeus:
—Mi alférez, creo que después del combate de ayer
la mayoría de nuestro personal se ha replegado hacia el helipuerto Tormenta, en
la cota 1274. ¿Nosotros qué hacemos aquí si solo somos diecisiete? Tenemos que
salir. No se descarta que los "monos" se reorganicen para volver con
más fuerza a esta posición. Las evidencias que dejamos atrás —las granadas, las
latas de atún y la gran cantidad de plásticos de galletas— son pruebas de que
ellos permanecieron en este lugar durante varios días. Estamos perdidos, sin
rancho y sin medicamentos; quedarnos así es sumamente peligroso.
—Si los mensajeros regresan otra vez con un
resultado negativo, no hay vuelta que dar —me contestó el oficial—. Tendré que
ordenar la retirada por el mismo punto por donde ingresamos.
La angustia en el ambiente era evidente. Le refuté
de inmediato:
—Ahora el asunto es cómo salir. ¿Qué tal si ellos
ya nos cerraron la salida y usted pretende una retirada por el mismo camino?
Dábamos vueltas a la misma discusión una y otra vez
cuando, de forma imprevista, alguien rompió el tenso silencio con un grito:
—¡Vienen!, ¡vienen!, ¡vienen!, mi alférez.
Ante la alerta, nos pusimos de pie en el acto,
presagiando que se trataba del enemigo. Para nuestra fortuna, siendo
aproximadamente las once de la mañana, logramos divisar a los primeros hombres
de las diferentes patrullas. Se habían reagrupado bajo el comando del capitán
de artillería Luis Alberto Cruz Ruiz, conocido con el seudónimo de «Joel».
Bajaban lentamente en columnas, conformando un
efectivo de sesenta y nueve combatientes reunidos de las distintas patrullas
que se habían dispersado la tarde anterior. Al verlos, sentimos una alegría
inmensa. Cruzaron el riachuelo y el aludido capitán fue uno de los primeros en
llegar, recibiendo un saludo efusivo por parte del alférez.
La tropa comenzó a ocupar el mismo espacio donde
nos encontrábamos. Con ellos arribaron también el teniente de infantería Marco
Antonio Morán González, alias «Franco»; un alférez de tez trigueña recién
egresado de la Escuela Militar de Chorrillos a quien apodaban «El Quijadón»; y
los suboficiales Juan Torres Pascacio, conocido como «Mercurio»; Daniel Haro
Cayetano, alias «Rodolfo»; Manuel Torres Castillo, apodado «Calín»; y Rudiary
Correa Córdova, bajo el seudónimo de «Marco», entre otros.
A las once y quince de la mañana terminó de arribar
todo el personal, y todos ocupamos una pequeña lomada al borde del acantilado,
muy cerca del riachuelo. En el grupo que descendió junto al capitán Cruz
llegaron también algunos soldados de mi propia patrulla que se habían
dispersado la tarde anterior. Uno de ellos fue el soldado «Cobra», quien se me
acercó de inmediato para advertirme:
—Mi suboficial, ayer en la tarde, cuando se inició
el combate, muchos nos replegamos al lugar donde habíamos descansado. Desde ese
punto observamos a varios hombres con cascos de acero y uniformes camuflados;
están justo detrás de esta loma, muy cerca de nosotros. No les disparábamos
pensando que se trataba de los comandos del Ejército peruano.
El personal camuflado que el soldado
"Cobra" y sus compañeros habían avistado era, con total certeza, la
tropa del ejército ecuatoriano. Se encontraban apostados detrás del pequeño
cerro del lado este, a escasa distancia de nuestra posición. Ante aquella
alarmante información, le sugerí al capitán "Joel" realizar un
reconocimiento inmediato en esa elevación antes de que ellos lograran emplazar
sus morteros. Desde el instante en que pisé la cota 1232, había sentido una
profunda desconfianza hacia el sector de aquel cerro que dominaba nuestro
flanco derecho. Le propuse al capitán abrir fuego preventivo hacia esa zona con
el lanzacohetes RPG y con la ametralladora MAG; sin embargo, no me hicieron
caso. Absolutamente nadie escuchó mi advertencia.
Reunidos los ochenta y seis combatientes de las
diferentes compañías y patrullas —sesenta y nueve hombres del capitán «Joel»,
catorce del alférez «Zeus» y tres bajo mi mando—, permanecimos sentados en
completo desorden en un terreno que el enemigo acababa de abandonar. Estábamos
a la vista de cualquiera, totalmente desprevenidos y confiados en la falsa idea
de que los ecuatorianos habían escapado con el rabo entre las piernas. Incluso
hubo soldados que comenzaron a quitarse las prendas con la intención de darse
un baño en el riachuelo. En esas deplorables condiciones de vulnerabilidad nos
sorprendió el enemigo aquel fatídico 13 de febrero.
Por
voluntario casi perdí la vida.
No podía dejar de recordar la tarde del domingo 5 de febrero, cuando se
organizaron las patrullas en el distrito de Yurimaguas. En aquella ocasión, el
Técnico de Tercera OC Hildebrando Cornejo Cuelles, conocido bajo el seudónimo
de «Hernando», alegó tener múltiples problemas familiares y, aferrándose a esos
argumentos, se negó rotundamente a marchar al conflicto con el Ecuador. En ese
mismo instante, impulsado por una profunda obligación moral y por el firme
compromiso de no abandonar a la tropa de la Base Contrasubversiva del distrito
de Pelejo —que en su totalidad había sido designada para el Valle del Cenepa—,
me ofrecí como voluntario para reemplazarlo.
Sin embargo, una vez adentro, «enganchado» en el
terreno y frente a frente con el enemigo, lamenté amargamente mi decisión. El
arrepentimiento me calaba los huesos, sobre todo durante las largas y oscuras
noches en la espesura de la selva.
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