AUDIO ALTO CENEPA 1995

martes, 25 de noviembre de 2014

PUESTO DE VIGILANCIA N° 1 AMAZONAS PERÚ ATACADO POR LA ARTILLERÍA DE ECUADOR FEBRERO 1995

Fuego de Diana de artillería ecuatoriana que despertó a los peruanos en el PV N° 1 en Amazonas.- El jueves 9 de febrero de 1995, la mañana en el Puesto de Vigilancia N° 1 —el legendario «Soldado Pastor» en Condorcanqui, Amazonas— amaneció fría y parcialmente nublada. A las 06:00 horas, la calma en la base era absoluta. El grueso del personal, conformado por oficiales, técnicos, suboficiales y jóvenes de la tropa del Servicio Militar Obligatorio de diferentes batallones, rompía el letargo. Muchos de los que habían pernoctado bajo casuchas improvisadas o a la intemperie en las orillas del río Cenepa ya se bañaban en sus aguas cristalinas; otros apenas se levantaban y algunos más continuaban durmiendo. Yo caminaba descalzo hacia la corriente, con mis útiles de aseo en la mano, disfrutando de aquella aparente quietud.

De pronto, un estruendo lejano rasgó el aire. Pocos segundos después, el suelo tembló cuando seis proyectiles de lanzadores múltiples BM-21 de Ecuador impactaron con violencia en las faldas del cerro este. El ataque provenía posiblemente de los puestos enemigos de Coangos, Banderas o Cóndor Mirador, situados a unos veinticinco kilómetros de distancia. El pánico se apoderó de todos. La tensión ya flotaba en el ambiente desde la tarde anterior, cuando tres aviones de combate del vecino país del norte sobrevolaron el PV N° 1, entrando y saliendo «como Pedro por su casa» debido a que nuestras fuerzas carecían de una defensa antiaérea eficiente.

Los proyectiles de los sistemas de cuarenta bocas estallaron a unos quinientos metros de nuestra posición. La densa vegetación de la selva alta se convirtió en nuestra mejor aliada al neutralizar por completo el impacto de las esquirlas; solo percibimos la feroz sacudida de la onda expansiva y vimos las columnas de humo blanco emerger desde la espesura. El enemigo repitió la descarga sobre el mismo punto en tres ocasiones consecutivas. De esa forma tan cruda, los ecuatorianos nos dieron una inesperada «diana» para despertar a todo el personal.

Nuestra salvación fue la geografía. El PV N° 1 se encontraba enclavado en medio de dos elevaciones, y el cerro del lado oeste actuaba como un escudo natural cuya altitud impedía que los disparos de tiro directo alcanzaran la parte baja. Las granadas estallaban únicamente en la falda del cerro este, pero el estruendo fue tan pavoroso que desató un caos absoluto. Desesperados, los soldados se arrojaron al río con la intención de cruzarlo para guarecerse al pie de la montaña opuesta. Corrimos desarmados y sin equipos. Como la gran mayoría estábamos sin zapatos, las piedras del lecho nos hacían resbalar y caer a cada paso.

Avanzamos hasta la mitad del cauce y allí nos quedamos parados, vulnerables. En ese instante crítico, un oficial comenzó a gritar con desesperación:

—«¡Nos han reglado!, ¡nos han reglado!, ¡nos han reglado!... ¡Ahora los tiros vienen a este lugar!»

Escuchar que el enemigo supuestamente había corregido su puntería multiplicó el terror de la tropa. Fue ahí, con el agua que sobrepasaba el ombligo y el corazón acelerado, donde recién comencé a sentir la verdadera realidad de una guerra; comprendí que aquello no era un juego. Sin embargo, los ecuatorianos fallaron. Sus lanzadores múltiples, disparados a ciegas desde veinticinco kilómetros y sin la guía en el terreno de un Observador Avanzado (OA), resultaron ineficaces. Cabe preguntarse cuántos miles de granadas habrán desperdiciado, pues desde mi llegada a la zona de combate la artillería enemiga disparaba día y noche sin cesar. Así se mantuvo aquel hostigamiento continuo desde el 8 de febrero hasta el día 13, fecha en la que finalmente me retiré del Puesto de Vigilancia Nº 1 pues me encontraba considerado como baja en combate.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario