El lunes 13 de febrero de 1995, a las seis de la
mañana, la cota 1232 amaneció cobijada por una densa niebla. En medio de un
silencio sepulcral, diecisiete combatientes permanecíamos perdidos en las
profundidades de aquel inhóspito Valle del Cenepa. En situaciones de peligro
extremo como esa, la misma tensión bloquea el cuerpo: no se siente sed ni
hambre, a pesar de que ya sumábamos cuarenta y ocho horas sin probar rancho y
completamente desprovistos de medicamentos.
Tras realizar algunas coordinaciones con el alférez
de caballería Zeus, a las nueve de la mañana decidimos enviar a tres mensajeros
con el objetivo de ubicar al personal disperso y a los elementos de la Reserva,
pues presumíamos que se encontraban guarecidos en las faldas del cerro. Los
tres emisarios designados —entre los que marchaban los dos soldados que me
habían acompañado fielmente en el combate del día anterior— emprendieron la
marcha desandando la misma trocha de la víspera. Su misión era localizar a la
tropa bajo el comando del teniente de infantería Edwin Ramírez García, alias
"Marcelo", y a la Reserva, que se encontraba al mando del capitán
conocido con el seudónimo de "Clavo".
Una vez que los mensajeros partieron, me quedé a
solas con Zeus analizando con minuciosidad los acontecimientos de la jornada
previa. A manera de comentario, le relaté lo siguiente:
—Ayer, el personal de la Compañía «C» bajaba por la
trocha, pero cuando se inició el combate retrocedieron de inmediato hacia la
parte alta. Deben de permanecer cerca del punto donde me enfrenté a los dos
soldados ecuatorianos. Por pura casualidad logré detectar la presencia de ese
personal enemigo; estaban cubiertos con trajes de camuflaje especial Ghillie o Yowie,
una prenda diseñada para mimetizarse a la perfección con las ramas de los
árboles. Entre la maleza, corrieron una distancia corta hacia adelante y nos
descargaron ráfagas intensas de ametralladora. En el acto, nosotros también les
respondimos con fuego cruzado. Tras un breve enfrentamiento que duró unos
treinta minutos, me parece que murieron, porque se quedaron en total silencio.
Al finalizar el choque, bajé junto a dos soldados siguiendo las huellas de
cientos de botas de jebe para intentar enlazar con las tropas del capitán
Rodrigo. Abajo, muy cerca del riachuelo, vi muchas prendas y granadas de los
nuestros esparcidas en el camino, además de un uniforme camuflado. ¿Puedo
enviar a un par de soldados para recoger todo ese material?
—No, puede haber minas —me cortó secamente el
oficial.
La mañana seguía su curso y el sol empezaba a
asomar levemente entre las nubes. El alférez Zeus, asimilando mi relato,
añadió:
—Diego, la tropa de Ecuador está utilizando
uniforme camuflado tipo selva. Esos dos soldados con quienes te enfrentaste
ayer con seguridad eran hombres vigía o francotiradores. Ellos usan esos trajes
especiales modelo Ghillie para mimetizarse dentro de la
vegetación; has tenido muchísima suerte de verlos, porque a esa gente no se la
distingue en el monte.
En ese punto de la conversación, una sombra de
profunda desconfianza hacia aquel oficial novato me cruzó la mente. En mi fuero
interno, no podía evitar pensar que, aprovechando el caos y el peligro de la
guerra, él pudiera atentar contra mi vida a modo de venganza. Meses atrás,
cuando estuvimos destacados en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua
Blanca, en la provincia de El Dorado, San Martín, se habían presentado graves
problemas vinculados al narcotráfico. El capitán jefe de la base, este mismo alférez
y un técnico habían terminado en manos de la Inspectoría y la Fiscalía por
estar involucrados y coludidos con narcotraficantes colombianos y peruanos. Yo,
al actuar como testigo, declaré la verdad ante las autoridades y terminé
hundiendo a los tres desleales.
Nos encontrábamos en medio de esa tensa
conversación cuando, a las diez y veinte de la mañana, aparecieron
repentinamente los tres mensajeros. Regresaban solos y con el rostro
desencajado por el espanto. Al verlos aproximarse en ese estado, una profunda amargura
me invadió el pecho. Llegaron empapados en sudor.
—¿Dónde está la gente? —les inquirí de inmediato.
Se limitaron a responder que no había nadie. Uno de
ellos precisó:
—En la subida hemos llegado a la pampa donde ayer
en la tarde descansamos y no hay nadie.
Aquella respuesta me preocupó sobremanera, y el
oficial me sostuvo la mirada con idéntica inquietud y un temor evidente. Sin
embargo, usando un tono más enérgico por la sospecha de que el miedo los estaba
haciendo flaquear y me estaban engañando, les repliqué:
—Ahora mismo pediré cuatro voluntarios con el grado
de sargento. Ellos irán y estoy seguro de que cumplirán la misión.
Así lo hice. Solicité el apoyo de cuatro sargentos
voluntarios, quienes al unísono respondieron: «¡Presente!, ¡presente!,
¡presente!». Les impartí las indicaciones precisas para la tarea. Uno de ellos
sugirió:
—Por esta loma se puede cortar camino.
—No —le repliqué tajantemente—. Tiene que ser por
abajo, porque allí hay mejor abrigo y cubierta.
Bajo esa orden, procedieron a descender hacia el
riachuelo para avanzar por la misma ruta. Mientras los nuevos mensajeros se
internaban en el monte buscando a los dispersos, aproveché el momento para
dirigirme al alférez Zeus:
—Mi alférez, creo que después del combate del día
de ayer la mayoría de nuestro personal se ha replegado hacia el helipuerto
Tormenta, en la cota 1274. ¿Nosotros qué hacemos acá? Tenemos que salir. No se
descarta que los «monos» se reorganicen para volver con más fuerza a este mismo
lugar. Las granadas, las latas de atún y los plásticos de galletas que hemos
encontrado en cantidad son pruebas materiales de que ellos han permanecido en
esta zona por varios días. Permanecer aquí con diecisiete hombres, sin rancho y
con pocas municiones es muy peligroso.
—Si los mensajeros regresan otra vez con un
resultado negativo, no hay vuelta que dar —me contestó el oficial—. Tendré que
ordenar la retirada por el mismo lugar por donde ingresamos.
La angustia en el ambiente era evidente. Le refuté
de inmediato:
—Ahora el asunto es cómo salir. ¿Qué tal si los
«monos» ya nos cerraron la salida y usted pretende una retirada por el mismo
camino?
Dábamos vueltas a la misma discusión una y otra vez
cuando, de forma imprevista, alguien rompió el tenso silencio con un grito:
—¡Vienen!, ¡vienen!, ¡vienen!, mi alférez.
Ante la alerta, nos pusimos de pie en el acto,
presagiando que se trataba del enemigo. Para nuestra fortuna, siendo
aproximadamente las unce de la mañana, logramos divisar a los primeros hombres
de las diferentes patrullas. Se habían reagrupado bajo el comando del capitán
de artillería Luis Alberto Cruz Ruiz, conocido con el seudónimo de «Joel».
Bajaban lentamente en columnas, conformando un
efectivo de sesenta y nueve combatientes reunidos de las distintas unidades que
se habían dispersado la tarde anterior. Al verlos, sentimos una alegría
inmensa. Cruzaron el riachuelo y el aludido capitán fue uno de los primeros en
llegar, recibiendo un saludo efusivo por parte del alférez.
La tropa comenzó a ocupar el mismo espacio donde
nos encontrábamos. Con ellos arribaron también el teniente de infantería Marco
Antonio Morán González, alias «Franco»; un alférez de tez trigueña recién
egresado de la Escuela Militar de Chorrillos a quien apodaban «El Quijadón»; y
los suboficiales Juan Torres Pascacio, conocido como «Mercurio»; Daniel Haro
Cayetano, alias «Rodolfo»; Manuel Torres Castillo, apodado «Calín»; y Rudiary
Correa Córdova, bajo el seudónimo de «Marco», entre otros.
A las once y quince de la mañana terminó de arribar
todo el personal. Nos acomodamos sentados al borde del acantilado, muy cerca
del riachuelo. Al juntarnos con el contingente que descendió con el capitán
Cruz, se reintegraron también algunos soldados de mi propia patrulla que se
habían dispersado la tarde anterior. Uno de ellos fue el soldado «Cobra», quien
se me acercó de inmediato para advertirme en voz baja:
—Mi suboficial, ayer en la tarde, cuando se inició
el combate, muchos nos replegamos al lugar donde habíamos descansado. Desde ese
punto observamos a varios hombres con cascos de acero y uniformes camuflados;
están justo detrás de esta loma, muy cerca de nosotros. No les disparábamos
pensando que se trataba de los comandos del Ejército peruano.
Aquel personal camuflado que el soldado
"Cobra" y sus compañeros habían avistado era, con total certeza, la
tropa del ejército ecuatoriano. Se encontraban apostados detrás del pequeño
cerro del lado este, a escasa distancia de nuestra posición. Ante aquella
alarmante información, le sugerí al capitán «Joel» realizar un reconocimiento
inmediato en esa elevación antes de que ellos lograran ubicar a sus fusileros y
emplazar sus morteros de 60 mm. Desde el instante en que pisé la cota 1232,
siempre había sentido una profunda desconfianza hacia el sector de aquel cerro
circundante que dominaba nuestro flanco derecho. Ante su negativa de efectuar
el reconocimiento, le propuse como alternativa abrir fuego preventivo hacia esa
zona con el lanzacohetes RPG y con la ametralladora MAG; sin embargo, de igual
modo, no me hizo caso. Absolutamente nadie escuchó mi advertencia.
Reunidos los ochenta y seis combatientes de las
diferentes compañías y patrullas —sesenta y nueve hombres del capitán «Joel»,
catorce del alférez «Zeus» y tres bajo mi mando—, permanecimos sentados en
completo desorden en un terreno que el enemigo acababa de abandonar. Estábamos
a la vista de todos, totalmente desprevenidos y confiados en la falsa idea de
que los ecuatorianos habían escapado con el rabo entre las piernas.
A las once y cuarenta de la mañana finalizó la
reunión cerca del acantilado. El capitán Cruz nos ordenó ocupar el sector
adoptando un dispositivo de defensa circular, enviándome a mí hacia el extremo
opuesto. Como el capitán al mando había asegurado que los «monos» habían huido
despavoridos, nos confiamos en las palabras del oficial. Ante un aparente
escenario de silencio y tranquilidad, le ordené al cabo SMO «Django» preparar
el terreno cerca del acantilado para instalar nuestro equipo de radio de alta
frecuencia Thomson TRC 340, configurado únicamente en silencio de radio (Rad
Sil). Nos encontrábamos justamente en ese ajetreo, tratando de orientar la
antena, cuando el infierno se desató: las tropas de Ecuador rompieron el
silencio e iniciaron un violento ataque contra nuestra posición.
A las once y cuarenta y cinco de la mañana, desde
la parte alta del cerro ubicado en el flanco este, el sonido seco y
característico de los disparos de mortero de 60 mm rompió el aire entre los
inmensos árboles. De inmediato, los primeros cuatro proyectiles impactaron a
escasos doce metros de donde yo me encontraba. Casi en el mismo instante,
ráfagas ensordecedoras de fusiles y ametralladoras comenzaron a brotar desde
todas las direcciones, desatando un pánico absoluto entre todo el personal.
Aquel ataque sorpresivo me agarró desarmado: estaba
sin fusil y sin mochila. Dominado también por el espanto del momento, me
arrinconé al pie de un grueso tronco cerca del acantilado, pero la lucidez
regresó de golpe al cuestionarme a mí mismo: «¿Qué hago aquí sin fusil?». Sin
pensarlo dos veces, decidí correr hacia el extremo opuesto, el lugar exacto
donde había dejado todo mi equipaje y mi fusil FAL. Mientras cruzaba el
terreno, las balas del enemigo y las respuestas de los nuestros surcaban el
aire de un lado a otro. Afortunadamente, los inmensos árboles de la selva
actuaron como un escudo providencial, protegiéndonos con total eficacia del
armamento menor ecuatoriano, compuesto por fusiles HK y ametralladoras de
calibre 5.56 mm. En medio de aquel torbellino de fuego, logré colocarme la
fornitura y la mochila a toda velocidad, aferré mi fusil y corrí de vuelta
hacia el acantilado para pegarme de espaldas, firme y tenso, contra el mismo
árbol grueso.
Los minutos transcurrían y el combate se
intensificaba, volviéndose cada vez más peligroso. La tropa resistía como podía
en sus posiciones. Yo, sin embargo, me encontraba imposibilitado de abrir fuego
hacia el frente, ya que el grueso del ataque enemigo golpeaba directamente
contra mi retaguardia. Ante la confusión reinante, me volví hacia el flanco
derecho y comencé a lanzar gritos desesperados hacia la elevación del lado
este, creyendo erróneamente que nos estábamos enfrentando por error con
nuestras propias fuerzas, específicamente con el contingente del mayor de
infantería Luis Enrique Velit Sánchez, alias el mayor «Wily».
—¡Mayor Wily!, ¡Mayor Wily!, ¡Mayor Wily! —grité
repetidas veces con todas mis fuerzas—. ¡Somos del Ejército peruano, no
disparen, somos del Ejército peruano!
Solo después de insistir comprendí la cruda
realidad: estábamos bajo el fuego directo de las tropas de Ecuador. En el
fragor de la batalla, la diferencia del armamento se hacía evidente al oído;
los fusiles ecuatorianos de calibre 5.56 mm emitían un tableteo de baja
intensidad, muy distinto al estruendo imponente y seco de nuestros fusiles FAL
peruanos de calibre 7.62 mm.
Con certeza, los soldados ecuatorianos nos habían
estado observando totalmente desprevenidos desde tempranas horas de la mañana.
Tuvieron el tiempo necesario para ubicar las coordenadas y reglar sus morteros
de 60 mm con una precisión matemática. El tiro les salió perfecto. Hasta ocho
minutos antes de que se desatara el infierno, el grueso de nuestro contingente
permanecía sentado precisamente en la zona del acantilado, el lugar exacto
hacia donde los morteristas enemigos habían dirigido sus disparos. Lo único en
lo que fallaron fue en el tiempo de ejecución; las bombas impactaron en el
sitio planeado cuando ya nos habíamos dispersado levemente para adoptar la
formación circular. De no haber sido por esa ligera demora, el número de bajas
habría sido devastador. Aquel 13 de febrero habría pasado a la historia como un
auténtico «lunes negro» por la cantidad de muertos que habríamos tenido que
lamentar.
Permaneciendo siempre de pie y adherido firmemente
al árbol, alcancé a observar a los oficiales. Seguían tendidos en el suelo en
el mismo punto de reunión, completamente desprovistos de sus equipos y sin
fusiles en las manos; el asombro los había dejado sin capacidad de reacción.
Mientras tanto, en el sector del acantilado, unos quince soldados de tropa
disparaban sus armas a ciegas y sin ninguna disciplina de fuego a causa del
pánico. En medio del caos, sus ráfagas se cruzaban peligrosamente hacia sectores
donde también había personal peruano, repitiéndose la misma escena a la inversa
de un extremo al otro. No había nadie que tomara el mando ni impartiera
directivas claras. Todo se convirtió en un desorden monumental; el enemigo nos
había sorprendido en la más absoluta vulnerabilidad debido a la grave
negligencia y el exceso de confianza del capitán Cruz Ruiz.
Me acorde que me habían contado que algunas
ametralladoras y fusiles del ejército de Ecuador disparaban emitiendo un sonido
tipo “canchita”, entonces al personal de tropa del sector donde me encontraba
le ordené dar media vuelta y disparar hacía el cerro: ¨Allá están los “monos”¨-
les dije- disparen, disparen¨, les grité, ellos así lo hicieron, dispararon
todos en ráfaga, pero solo como acto intimidatorio porque a los
"monos" no se les veía, estaban bajo tierra tapados con ramas de
arboles, sacaban la cabeza disparaban y luego se ocultaban. Los cuatro
morteristas del enemigo continuaron disparando al mismo lugar, fue incontable
la cantidad de tiros que llegó al sector del acantilado, gracias a Dios el
reglaje original no lo variaron para nada, en ángulo ni dirección, en cada
explosión solo se veían inmensas llamaradas de fuego, las esquirlas de una de
las granadas de morteros le sacó el hombro derecho y el antebrazo al Sargento
2do Inocente Vásquez, en la parte afectada se veía inmenso hueco y rápidamente
comenzó a salir cantidad de sangre, así mortalmente herido caminó con dirección
al riachuelo, ayudado por su fusil que le servía como un bastón, dos veces dio
vivas al Perú y en seguida pedía perdón por todo lo hecho en su vida a su
madre, dijo: “Por mi patria, por el Perú estoy aquí madrecita, perdóname por
todo, perdóname, perdóname ¡viva el Perú!, ¡viva el Perú!", luego al
ingresar dentro de unas malezas se cayó, pues sus piernas ya no tenían
suficientes fuerzas, después de corto agonía expiro.
Viendo que la cantidad de heridos se incrementaba
con el transcurso del combate y ante la total falta de reacción de los
oficiales para revertir la situación, miré a mi alrededor buscando un abrigo
que me permitiera disparar hacia el cerro del sector este. Con esa intención,
corrí por la pendiente para ubicarme detrás de un árbol grueso que se
encontraba tendido de forma horizontal. En esas circunstancias, cuatro granadas
de mortero estallaron en las inmediaciones. La onda expansiva de las
explosiones me hizo volar por el acantilado; rodé varios metros y quedé
inconsciente. Al recobrar el sentido, de manera instintiva, me di cuenta de que
no había soltado mi fusil para nada. Al ponerme de pie me sentía aturdido y no
lograba recordar nada; debido a la caída, la palanca de armar del fusil me
había fracturado el quinto metacarpiano de la mano izquierda, y una pequeña
astilla de madera se había incrustado en el dorso de la misma mano.
En el acto, me acomodé la mochila y, como un
sonámbulo, procedí a subir la pendiente para ubicarme nuevamente al pie del
árbol grueso donde había estado inicialmente. En ese preciso momento cayeron
más granadas de mortero. Sentí un golpe seco en el omóplato izquierdo, tan
fuerte como si me hubieran lanzado una pedrada, seguido de inmediato por un
ardor insoportable que me quemaba por dentro a la altura de la tetilla
izquierda. Desesperado por la intensidad del dolor, revisé mi pecho tres o
cuatro veces, pero todo parecía estar bien. Entonces, llevé mi mano derecha
hacia el omóplato izquierdo; lo primero que toqué fue la sangre caliente que ya
me empapaba los talones. Más arriba, palpé mi polo, que estaba roto en forma de
zeta, y localicé un orificio grande por donde habían ingresado las esquirlas de
granadas de mortero de 60 mm de diversos tamaños. Si el impacto hubiera dado en
mi columna, habría quedado inválido; si hubiera dado en mi cabeza, habría
muerto. Sin embargo, por gracia de Dios, el metal solo había perforado una zona
blanda del omóplato, lo que a la larga no complicó mi curación.
Aquel árbol grueso, como un mudo testigo de la
tragedia, me protegió por más de una hora. Cuando finalmente se silenciaron los
fusiles y viendo que todo estaba perdido en la posición, bajé corriendo por el
acantilado para cruzar el riachuelo con la firme finalidad de realizar un
contraataque. En ese instante, cuatro soldados me siguieron. No obstante, al
llegar al sector, los disparos de fusilería enemiga se reiniciaron con extrema
intensidad, obligándome a correr hacia el flanco izquierdo. Escapando de las
balas, salté a un pozo profundo donde el agua me llegaba hasta la garganta;
detrás de mí saltaron también los cuatro soldados. Permanecimos metidos en el
pozo durante unos quince minutos, aterrorizados y sangrando. En medio de la
tensión, una bala impactó en una de las piedras que nos protegían, a escaso
medio metro de nosotros, desviándose con un silbido agudo. Ese disparo nos
asustó todavía más, haciéndonos pensar que estábamos completamente rodeados por
el enemigo. Por unos instantes, con el temor de caer prisionero de guerra y con
el fin de no delatar mi grado militar, intenté arrojar mi cámara fotográfica
con su estuche, donde también guardaba mil ochocientos nuevos soles, mi carné
de identidad personal (CIP), tres rollos con tomas fotográficas y pilas de
repuesto; afortunadamente no lo hice, y con el paso de los minutos la situación
comenzó a normalizarse.
Cuando cesaron por completo los disparos, salimos
del pozo y nos dedicamos a reunir a todos los heridos que aún podían caminar.
Buscando entre los arbustos, hallé el cadáver del sargento segundo Inocente
Nicolás Vásquez Gonzales, tendido en posición de cúbito ventral con la cabeza
orientada hacia el riachuelo y los pies enganchados entre las malezas. Lo
arrastré unos metros hacia abajo, hasta un lugar más despejado, donde lo
acomodé en posición horizontal boca arriba y le coloqué su fusil sobre el pecho.
Mientras yo realizaba estas labores, el personal de oficiales y suboficiales
permanecía a cubierto, manteniéndose en posición de cuerpo a tierra en sus
refugios. Finalmente, reuní a todo el grupo de heridos en el riachuelo e
iniciamos la retirada con destino al Helipuerto Tormenta, en la cota 1274. En
total, los heridos sumábamos veintisiete combatientes entre clases y soldados,
en su gran mayoría afectados por los impactos de esquirlas de granadas.
Recuerdo perfectamente que mi brazo izquierdo
estaba «muerto» y comencé a sentir un dolor agudo e intenso en la axila del
mismo lado. Iniciamos el repliegue ayudándonos unos a otros; en la subida
tuvimos que rampa de pozo en pozo para ocultarnos de la vista y del fuego del
enemigo. Aun en nuestra condición, los «monos» nos dispararon por un lapso
aproximado de diez minutos, a lo que el personal, a pesar de estar herido,
respondió con admirable decisión y valor. No sabíamos con certeza si la ruta de
retirada era la correcta, pero continuábamos saliendo. Debido al tremendo
esfuerzo físico que realizaba, la sangre me seguía brotando de la herida. En
los instantes en que yo padecía para salir de uno de los pozos, un soldado se
me acercó y me dijo: «Mi suboficial, le ayudo a llevar su fusil». Se lo
entregué, pero al coronar la parte alta, donde se encontraba el teniente
Marcelo, el soldado se me acercó consternado y me dijo: «Mi suboficial, me
olvidé su fusil abajo, cerca de un pozo».
En mi fuero interno me pregunté con desesperación:
«¿Y ahora qué hago sin fusil?». Yo no tenía idea de dónde lo había dejado.
Cuando me disponía a exigirle que me guiara para regresar por él, el soldado se
armó de valor y me detuvo: «Mi suboficial, yo soy el responsable». Salió
corriendo cuesta abajo y trajo el arma de regreso, sin novedad; aun así, el
susto fue tremendo. El trayecto desde la zona de combate hasta la posición del
teniente Edwin Ramírez García consistía en una ligera subida por donde descendía
un riachuelo que formaba pozos profundos de manera escalonada. En ese camino
encontramos una camisa camuflada ensangrentada, un chaleco verde de excelente
calidad, una cinta de ametralladora de calibre 5.56 mm, tres cacerinas de
plástico y otros objetos abandonados por las tropas del ejército ecuatoriano.
Nuestra tropa no desperdició la oportunidad y se los llevaron como trofeos de
guerra; se repartieron el chaleco, un poncho camuflado y la cinta de
ametralladora en pedazos. En ese momento, debido a mis heridas, yo no le di la
debida importancia al material.
Al salir de la zona de peligro, pasamos exactamente
por el mismo sector donde la tarde anterior me había enfrentado a los soldados
ecuatorianos vestidos con trajes de camuflaje Ghillie. Unos metros
más arriba encontré al teniente de infantería Edwin Ramírez García, alias
«Marcelo», acompañado por un suboficial enfermero militar. Este último apenas
contaba con un bolsón de primeros auxilios provisto de muy pocos medicamentos;
al ver llegar a tal cantidad de heridos, el enfermero no supo qué hacer. La
tropa en su mayoría se quejaba de dolores intolerables y solo unos cuantos
pudieron recibir atención de emergencia. En ese instante, el teniente Marcelo
se dirigió a mí: «Diego, ya estás jodido. Como el más antiguo, procede a
evacuar a todos los heridos con destino al Puesto de Comando de la Compañía
(PCA) ubicado en el helipuerto Tormenta». En ese primer conteo registramos
veintisiete heridos de tropa, todos con diversas lesiones por esquirlas de
granadas de mortero, aunque posteriormente la cifra de afectados se incrementó.
Incluso el suboficial de primera enfermero militar Juan Torres Pascasio,
conocido bajo el seudónimo de «Mercurio», recibió un balazo en la pierna y tuvo
que ser sacado con mucha dificultad. Actualmente, este suboficial forma parte
del Cuerpo General de Inválidos del Ejército (CGI).
A mi retorno, ya encontrándome a salvo en el Puesto
de Vigilancia N° 1 y al ver que varios compañeros portaban sus recuerdos de
guerra, recién caí en la cuenta y me dije a mí mismo que yo también debía
conservar algo de las tropas de Ecuador. Caminando entre la tropa, logré
conseguir un poncho de jebe camuflado, una pequeña cinta de ametralladora de
calibre 5.56 mm y algunas cuerdas. Tiempo después, estando en el cuartel El
Milagro de la 5ta División de Infantería de Selva en Bagua, observé
detenidamente a un sargento del Batallón de Comandos «Comandante Espinar» N° 19
que traía un chaleco del ejército ecuatoriano. Me acerqué y le dije: «Yo dejé
un chaleco idéntico en las inmediaciones del riachuelo en la cota 1232 y
lamento haberlo perdido. Como estás corto de dinero, véndemelo para tenerlo de
recuerdo». El sargento aceptó de inmediato y es ese el chaleco que conservo
hasta la fecha. Asimismo, la tarde en que llegué con los heridos al Helipuerto
Tormenta, en la cota 1274, me acerqué al foso donde se almacenaban los fusiles
del personal que había quedado fuera de combate; allí tomé el Pabellón
Nacional, la bandera, y me la llevé oculta dentro de mi polaca. Hoy en día
permanece con orgullo en mi poder.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario