AUDIO ALTO CENEPA 1995

domingo, 16 de noviembre de 2014

BATALLÓN CONTRASUBVERSIVO N° 28 RIOJA COMBATE DEL 13 DE FEBRERO COTA 1232 ALTO CENEPA 1995

El lunes 13 de febrero de 1995, a las seis de la mañana, la cota 1232 amaneció cobijada por una densa niebla. En medio de un silencio sepulcral, diecisiete combatientes permanecíamos perdidos en las profundidades de aquel inhóspito Valle del Cenepa. En situaciones de peligro extremo como esa, la misma tensión bloquea el cuerpo: no se siente sed ni hambre, a pesar de que ya sumábamos cuarenta y ocho horas sin probar rancho y completamente desprovistos de medicamentos.

Tras realizar algunas coordinaciones con el alférez de caballería Zeus, a las nueve de la mañana decidimos enviar a tres mensajeros con el objetivo de ubicar al personal disperso y a los elementos de la Reserva, pues presumíamos que se encontraban guarecidos en las faldas del cerro. Los tres emisarios designados —entre los que marchaban los dos soldados que me habían acompañado fielmente en el combate del día anterior— emprendieron la marcha desandando la misma trocha de la víspera. Su misión era localizar a la tropa bajo el comando del teniente de infantería Edwin Ramírez García, alias "Marcelo", y a la Reserva, que se encontraba al mando del capitán conocido con el seudónimo de "Clavo".

Una vez que los mensajeros partieron, me quedé a solas con Zeus analizando con minuciosidad los acontecimientos de la jornada previa. A manera de comentario, le relaté lo siguiente:

—Ayer, el personal de la Compañía «C» bajaba por la trocha, pero cuando se inició el combate retrocedieron de inmediato hacia la parte alta. Deben de permanecer cerca del punto donde me enfrenté a los dos soldados ecuatorianos. Por pura casualidad logré detectar la presencia de ese personal enemigo; estaban cubiertos con trajes de camuflaje especial Ghillie o Yowie, una prenda diseñada para mimetizarse a la perfección con las ramas de los árboles. Entre la maleza, corrieron una distancia corta hacia adelante y nos descargaron ráfagas intensas de ametralladora. En el acto, nosotros también les respondimos con fuego cruzado. Tras un breve enfrentamiento que duró unos treinta minutos, me parece que murieron, porque se quedaron en total silencio. Al finalizar el choque, bajé junto a dos soldados siguiendo las huellas de cientos de botas de jebe para intentar enlazar con las tropas del capitán Rodrigo. Abajo, muy cerca del riachuelo, vi muchas prendas y granadas de los nuestros esparcidas en el camino, además de un uniforme camuflado. ¿Puedo enviar a un par de soldados para recoger todo ese material?

—No, puede haber minas —me cortó secamente el oficial.

La mañana seguía su curso y el sol empezaba a asomar levemente entre las nubes. El alférez Zeus, asimilando mi relato, añadió:

—Diego, la tropa de Ecuador está utilizando uniforme camuflado tipo selva. Esos dos soldados con quienes te enfrentaste ayer con seguridad eran hombres vigía o francotiradores. Ellos usan esos trajes especiales modelo Ghillie para mimetizarse dentro de la vegetación; has tenido muchísima suerte de verlos, porque a esa gente no se la distingue en el monte.

En ese punto de la conversación, una sombra de profunda desconfianza hacia aquel oficial novato me cruzó la mente. En mi fuero interno, no podía evitar pensar que, aprovechando el caos y el peligro de la guerra, él pudiera atentar contra mi vida a modo de venganza. Meses atrás, cuando estuvimos destacados en la Base Contrasubversiva del distrito de Agua Blanca, en la provincia de El Dorado, San Martín, se habían presentado graves problemas vinculados al narcotráfico. El capitán jefe de la base, este mismo alférez y un técnico habían terminado en manos de la Inspectoría y la Fiscalía por estar involucrados y coludidos con narcotraficantes colombianos y peruanos. Yo, al actuar como testigo, declaré la verdad ante las autoridades y terminé hundiendo a los tres desleales.

Nos encontrábamos en medio de esa tensa conversación cuando, a las diez y veinte de la mañana, aparecieron repentinamente los tres mensajeros. Regresaban solos y con el rostro desencajado por el espanto. Al verlos aproximarse en ese estado, una profunda amargura me invadió el pecho. Llegaron empapados en sudor.

—¿Dónde está la gente? —les inquirí de inmediato.

Se limitaron a responder que no había nadie. Uno de ellos precisó:

—En la subida hemos llegado a la pampa donde ayer en la tarde descansamos y no hay nadie.

Aquella respuesta me preocupó sobremanera, y el oficial me sostuvo la mirada con idéntica inquietud y un temor evidente. Sin embargo, usando un tono más enérgico por la sospecha de que el miedo los estaba haciendo flaquear y me estaban engañando, les repliqué:

—Ahora mismo pediré cuatro voluntarios con el grado de sargento. Ellos irán y estoy seguro de que cumplirán la misión.

Así lo hice. Solicité el apoyo de cuatro sargentos voluntarios, quienes al unísono respondieron: «¡Presente!, ¡presente!, ¡presente!». Les impartí las indicaciones precisas para la tarea. Uno de ellos sugirió:

—Por esta loma se puede cortar camino.

—No —le repliqué tajantemente—. Tiene que ser por abajo, porque allí hay mejor abrigo y cubierta.

Bajo esa orden, procedieron a descender hacia el riachuelo para avanzar por la misma ruta. Mientras los nuevos mensajeros se internaban en el monte buscando a los dispersos, aproveché el momento para dirigirme al alférez Zeus:

—Mi alférez, creo que después del combate del día de ayer la mayoría de nuestro personal se ha replegado hacia el helipuerto Tormenta, en la cota 1274. ¿Nosotros qué hacemos acá? Tenemos que salir. No se descarta que los «monos» se reorganicen para volver con más fuerza a este mismo lugar. Las granadas, las latas de atún y los plásticos de galletas que hemos encontrado en cantidad son pruebas materiales de que ellos han permanecido en esta zona por varios días. Permanecer aquí con diecisiete hombres, sin rancho y con pocas municiones es muy peligroso.

—Si los mensajeros regresan otra vez con un resultado negativo, no hay vuelta que dar —me contestó el oficial—. Tendré que ordenar la retirada por el mismo lugar por donde ingresamos.

La angustia en el ambiente era evidente. Le refuté de inmediato:

—Ahora el asunto es cómo salir. ¿Qué tal si los «monos» ya nos cerraron la salida y usted pretende una retirada por el mismo camino?

Dábamos vueltas a la misma discusión una y otra vez cuando, de forma imprevista, alguien rompió el tenso silencio con un grito:

—¡Vienen!, ¡vienen!, ¡vienen!, mi alférez.

Ante la alerta, nos pusimos de pie en el acto, presagiando que se trataba del enemigo. Para nuestra fortuna, siendo aproximadamente las unce de la mañana, logramos divisar a los primeros hombres de las diferentes patrullas. Se habían reagrupado bajo el comando del capitán de artillería Luis Alberto Cruz Ruiz, conocido con el seudónimo de «Joel».

Bajaban lentamente en columnas, conformando un efectivo de sesenta y nueve combatientes reunidos de las distintas unidades que se habían dispersado la tarde anterior. Al verlos, sentimos una alegría inmensa. Cruzaron el riachuelo y el aludido capitán fue uno de los primeros en llegar, recibiendo un saludo efusivo por parte del alférez.

La tropa comenzó a ocupar el mismo espacio donde nos encontrábamos. Con ellos arribaron también el teniente de infantería Marco Antonio Morán González, alias «Franco»; un alférez de tez trigueña recién egresado de la Escuela Militar de Chorrillos a quien apodaban «El Quijadón»; y los suboficiales Juan Torres Pascacio, conocido como «Mercurio»; Daniel Haro Cayetano, alias «Rodolfo»; Manuel Torres Castillo, apodado «Calín»; y Rudiary Correa Córdova, bajo el seudónimo de «Marco», entre otros.

A las once y quince de la mañana terminó de arribar todo el personal. Nos acomodamos sentados al borde del acantilado, muy cerca del riachuelo. Al juntarnos con el contingente que descendió con el capitán Cruz, se reintegraron también algunos soldados de mi propia patrulla que se habían dispersado la tarde anterior. Uno de ellos fue el soldado «Cobra», quien se me acercó de inmediato para advertirme en voz baja:

—Mi suboficial, ayer en la tarde, cuando se inició el combate, muchos nos replegamos al lugar donde habíamos descansado. Desde ese punto observamos a varios hombres con cascos de acero y uniformes camuflados; están justo detrás de esta loma, muy cerca de nosotros. No les disparábamos pensando que se trataba de los comandos del Ejército peruano.

Aquel personal camuflado que el soldado "Cobra" y sus compañeros habían avistado era, con total certeza, la tropa del ejército ecuatoriano. Se encontraban apostados detrás del pequeño cerro del lado este, a escasa distancia de nuestra posición. Ante aquella alarmante información, le sugerí al capitán «Joel» realizar un reconocimiento inmediato en esa elevación antes de que ellos lograran ubicar a sus fusileros y emplazar sus morteros de 60 mm. Desde el instante en que pisé la cota 1232, siempre había sentido una profunda desconfianza hacia el sector de aquel cerro circundante que dominaba nuestro flanco derecho. Ante su negativa de efectuar el reconocimiento, le propuse como alternativa abrir fuego preventivo hacia esa zona con el lanzacohetes RPG y con la ametralladora MAG; sin embargo, de igual modo, no me hizo caso. Absolutamente nadie escuchó mi advertencia.

Reunidos los ochenta y seis combatientes de las diferentes compañías y patrullas —sesenta y nueve hombres del capitán «Joel», catorce del alférez «Zeus» y tres bajo mi mando—, permanecimos sentados en completo desorden en un terreno que el enemigo acababa de abandonar. Estábamos a la vista de todos, totalmente desprevenidos y confiados en la falsa idea de que los ecuatorianos habían escapado con el rabo entre las piernas.

A las once y cuarenta de la mañana finalizó la reunión cerca del acantilado. El capitán Cruz nos ordenó ocupar el sector adoptando un dispositivo de defensa circular, enviándome a mí hacia el extremo opuesto. Como el capitán al mando había asegurado que los «monos» habían huido despavoridos, nos confiamos en las palabras del oficial. Ante un aparente escenario de silencio y tranquilidad, le ordené al cabo SMO «Django» preparar el terreno cerca del acantilado para instalar nuestro equipo de radio de alta frecuencia Thomson TRC 340, configurado únicamente en silencio de radio (Rad Sil). Nos encontrábamos justamente en ese ajetreo, tratando de orientar la antena, cuando el infierno se desató: las tropas de Ecuador rompieron el silencio e iniciaron un violento ataque contra nuestra posición.

A las once y cuarenta y cinco de la mañana, desde la parte alta del cerro ubicado en el flanco este, el sonido seco y característico de los disparos de mortero de 60 mm rompió el aire entre los inmensos árboles. De inmediato, los primeros cuatro proyectiles impactaron a escasos doce metros de donde yo me encontraba. Casi en el mismo instante, ráfagas ensordecedoras de fusiles y ametralladoras comenzaron a brotar desde todas las direcciones, desatando un pánico absoluto entre todo el personal.

Aquel ataque sorpresivo me agarró desarmado: estaba sin fusil y sin mochila. Dominado también por el espanto del momento, me arrinconé al pie de un grueso tronco cerca del acantilado, pero la lucidez regresó de golpe al cuestionarme a mí mismo: «¿Qué hago aquí sin fusil?». Sin pensarlo dos veces, decidí correr hacia el extremo opuesto, el lugar exacto donde había dejado todo mi equipaje y mi fusil FAL. Mientras cruzaba el terreno, las balas del enemigo y las respuestas de los nuestros surcaban el aire de un lado a otro. Afortunadamente, los inmensos árboles de la selva actuaron como un escudo providencial, protegiéndonos con total eficacia del armamento menor ecuatoriano, compuesto por fusiles HK y ametralladoras de calibre 5.56 mm. En medio de aquel torbellino de fuego, logré colocarme la fornitura y la mochila a toda velocidad, aferré mi fusil y corrí de vuelta hacia el acantilado para pegarme de espaldas, firme y tenso, contra el mismo árbol grueso.

Los minutos transcurrían y el combate se intensificaba, volviéndose cada vez más peligroso. La tropa resistía como podía en sus posiciones. Yo, sin embargo, me encontraba imposibilitado de abrir fuego hacia el frente, ya que el grueso del ataque enemigo golpeaba directamente contra mi retaguardia. Ante la confusión reinante, me volví hacia el flanco derecho y comencé a lanzar gritos desesperados hacia la elevación del lado este, creyendo erróneamente que nos estábamos enfrentando por error con nuestras propias fuerzas, específicamente con el contingente del mayor de infantería Luis Enrique Velit Sánchez, alias el mayor «Wily».

—¡Mayor Wily!, ¡Mayor Wily!, ¡Mayor Wily! —grité repetidas veces con todas mis fuerzas—. ¡Somos del Ejército peruano, no disparen, somos del Ejército peruano!

Solo después de insistir comprendí la cruda realidad: estábamos bajo el fuego directo de las tropas de Ecuador. En el fragor de la batalla, la diferencia del armamento se hacía evidente al oído; los fusiles ecuatorianos de calibre 5.56 mm emitían un tableteo de baja intensidad, muy distinto al estruendo imponente y seco de nuestros fusiles FAL peruanos de calibre 7.62 mm.

Con certeza, los soldados ecuatorianos nos habían estado observando totalmente desprevenidos desde tempranas horas de la mañana. Tuvieron el tiempo necesario para ubicar las coordenadas y reglar sus morteros de 60 mm con una precisión matemática. El tiro les salió perfecto. Hasta ocho minutos antes de que se desatara el infierno, el grueso de nuestro contingente permanecía sentado precisamente en la zona del acantilado, el lugar exacto hacia donde los morteristas enemigos habían dirigido sus disparos. Lo único en lo que fallaron fue en el tiempo de ejecución; las bombas impactaron en el sitio planeado cuando ya nos habíamos dispersado levemente para adoptar la formación circular. De no haber sido por esa ligera demora, el número de bajas habría sido devastador. Aquel 13 de febrero habría pasado a la historia como un auténtico «lunes negro» por la cantidad de muertos que habríamos tenido que lamentar.

Permaneciendo siempre de pie y adherido firmemente al árbol, alcancé a observar a los oficiales. Seguían tendidos en el suelo en el mismo punto de reunión, completamente desprovistos de sus equipos y sin fusiles en las manos; el asombro los había dejado sin capacidad de reacción. Mientras tanto, en el sector del acantilado, unos quince soldados de tropa disparaban sus armas a ciegas y sin ninguna disciplina de fuego a causa del pánico. En medio del caos, sus ráfagas se cruzaban peligrosamente hacia sectores donde también había personal peruano, repitiéndose la misma escena a la inversa de un extremo al otro. No había nadie que tomara el mando ni impartiera directivas claras. Todo se convirtió en un desorden monumental; el enemigo nos había sorprendido en la más absoluta vulnerabilidad debido a la grave negligencia y el exceso de confianza del capitán Cruz Ruiz.

Me acorde que me habían contado que algunas ametralladoras y fusiles del ejército de Ecuador disparaban emitiendo un sonido tipo “canchita”, entonces al personal de tropa del sector donde me encontraba le ordené dar media vuelta y disparar hacía el cerro: ¨Allá están los “monos”¨- les dije- disparen, disparen¨, les grité, ellos así lo hicieron, dispararon todos en ráfaga, pero solo como acto intimidatorio porque a los "monos" no se les veía, estaban bajo tierra tapados con ramas de arboles, sacaban la cabeza disparaban y luego se ocultaban. Los cuatro morteristas del enemigo continuaron disparando al mismo lugar, fue incontable la cantidad de tiros que llegó al sector del acantilado, gracias a Dios el reglaje original no lo variaron para nada, en ángulo ni dirección, en cada explosión solo se veían inmensas llamaradas de fuego, las esquirlas de una de las granadas de morteros le sacó el hombro derecho y el antebrazo al Sargento 2do Inocente Vásquez, en la parte afectada se veía inmenso hueco y rápidamente comenzó a salir cantidad de sangre, así mortalmente herido caminó con dirección al riachuelo, ayudado por su fusil que le servía como un bastón, dos veces dio vivas al Perú y en seguida pedía perdón por todo lo hecho en su vida a su madre, dijo: “Por mi patria, por el Perú estoy aquí madrecita, perdóname por todo, perdóname, perdóname ¡viva el Perú!, ¡viva el Perú!", luego al ingresar dentro de unas malezas se cayó, pues sus piernas ya no tenían suficientes fuerzas, después de corto agonía expiro.

Viendo que la cantidad de heridos se incrementaba con el transcurso del combate y ante la total falta de reacción de los oficiales para revertir la situación, miré a mi alrededor buscando un abrigo que me permitiera disparar hacia el cerro del sector este. Con esa intención, corrí por la pendiente para ubicarme detrás de un árbol grueso que se encontraba tendido de forma horizontal. En esas circunstancias, cuatro granadas de mortero estallaron en las inmediaciones. La onda expansiva de las explosiones me hizo volar por el acantilado; rodé varios metros y quedé inconsciente. Al recobrar el sentido, de manera instintiva, me di cuenta de que no había soltado mi fusil para nada. Al ponerme de pie me sentía aturdido y no lograba recordar nada; debido a la caída, la palanca de armar del fusil me había fracturado el quinto metacarpiano de la mano izquierda, y una pequeña astilla de madera se había incrustado en el dorso de la misma mano.

En el acto, me acomodé la mochila y, como un sonámbulo, procedí a subir la pendiente para ubicarme nuevamente al pie del árbol grueso donde había estado inicialmente. En ese preciso momento cayeron más granadas de mortero. Sentí un golpe seco en el omóplato izquierdo, tan fuerte como si me hubieran lanzado una pedrada, seguido de inmediato por un ardor insoportable que me quemaba por dentro a la altura de la tetilla izquierda. Desesperado por la intensidad del dolor, revisé mi pecho tres o cuatro veces, pero todo parecía estar bien. Entonces, llevé mi mano derecha hacia el omóplato izquierdo; lo primero que toqué fue la sangre caliente que ya me empapaba los talones. Más arriba, palpé mi polo, que estaba roto en forma de zeta, y localicé un orificio grande por donde habían ingresado las esquirlas de granadas de mortero de 60 mm de diversos tamaños. Si el impacto hubiera dado en mi columna, habría quedado inválido; si hubiera dado en mi cabeza, habría muerto. Sin embargo, por gracia de Dios, el metal solo había perforado una zona blanda del omóplato, lo que a la larga no complicó mi curación.

Aquel árbol grueso, como un mudo testigo de la tragedia, me protegió por más de una hora. Cuando finalmente se silenciaron los fusiles y viendo que todo estaba perdido en la posición, bajé corriendo por el acantilado para cruzar el riachuelo con la firme finalidad de realizar un contraataque. En ese instante, cuatro soldados me siguieron. No obstante, al llegar al sector, los disparos de fusilería enemiga se reiniciaron con extrema intensidad, obligándome a correr hacia el flanco izquierdo. Escapando de las balas, salté a un pozo profundo donde el agua me llegaba hasta la garganta; detrás de mí saltaron también los cuatro soldados. Permanecimos metidos en el pozo durante unos quince minutos, aterrorizados y sangrando. En medio de la tensión, una bala impactó en una de las piedras que nos protegían, a escaso medio metro de nosotros, desviándose con un silbido agudo. Ese disparo nos asustó todavía más, haciéndonos pensar que estábamos completamente rodeados por el enemigo. Por unos instantes, con el temor de caer prisionero de guerra y con el fin de no delatar mi grado militar, intenté arrojar mi cámara fotográfica con su estuche, donde también guardaba mil ochocientos nuevos soles, mi carné de identidad personal (CIP), tres rollos con tomas fotográficas y pilas de repuesto; afortunadamente no lo hice, y con el paso de los minutos la situación comenzó a normalizarse.

Cuando cesaron por completo los disparos, salimos del pozo y nos dedicamos a reunir a todos los heridos que aún podían caminar. Buscando entre los arbustos, hallé el cadáver del sargento segundo Inocente Nicolás Vásquez Gonzales, tendido en posición de cúbito ventral con la cabeza orientada hacia el riachuelo y los pies enganchados entre las malezas. Lo arrastré unos metros hacia abajo, hasta un lugar más despejado, donde lo acomodé en posición horizontal boca arriba y le coloqué su fusil sobre el pecho. Mientras yo realizaba estas labores, el personal de oficiales y suboficiales permanecía a cubierto, manteniéndose en posición de cuerpo a tierra en sus refugios. Finalmente, reuní a todo el grupo de heridos en el riachuelo e iniciamos la retirada con destino al Helipuerto Tormenta, en la cota 1274. En total, los heridos sumábamos veintisiete combatientes entre clases y soldados, en su gran mayoría afectados por los impactos de esquirlas de granadas.

Recuerdo perfectamente que mi brazo izquierdo estaba «muerto» y comencé a sentir un dolor agudo e intenso en la axila del mismo lado. Iniciamos el repliegue ayudándonos unos a otros; en la subida tuvimos que rampa de pozo en pozo para ocultarnos de la vista y del fuego del enemigo. Aun en nuestra condición, los «monos» nos dispararon por un lapso aproximado de diez minutos, a lo que el personal, a pesar de estar herido, respondió con admirable decisión y valor. No sabíamos con certeza si la ruta de retirada era la correcta, pero continuábamos saliendo. Debido al tremendo esfuerzo físico que realizaba, la sangre me seguía brotando de la herida. En los instantes en que yo padecía para salir de uno de los pozos, un soldado se me acercó y me dijo: «Mi suboficial, le ayudo a llevar su fusil». Se lo entregué, pero al coronar la parte alta, donde se encontraba el teniente Marcelo, el soldado se me acercó consternado y me dijo: «Mi suboficial, me olvidé su fusil abajo, cerca de un pozo». 

En mi fuero interno me pregunté con desesperación: «¿Y ahora qué hago sin fusil?». Yo no tenía idea de dónde lo había dejado. Cuando me disponía a exigirle que me guiara para regresar por él, el soldado se armó de valor y me detuvo: «Mi suboficial, yo soy el responsable». Salió corriendo cuesta abajo y trajo el arma de regreso, sin novedad; aun así, el susto fue tremendo. El trayecto desde la zona de combate hasta la posición del teniente Edwin Ramírez García consistía en una ligera subida por donde descendía un riachuelo que formaba pozos profundos de manera escalonada. En ese camino encontramos una camisa camuflada ensangrentada, un chaleco verde de excelente calidad, una cinta de ametralladora de calibre 5.56 mm, tres cacerinas de plástico y otros objetos abandonados por las tropas del ejército ecuatoriano. Nuestra tropa no desperdició la oportunidad y se los llevaron como trofeos de guerra; se repartieron el chaleco, un poncho camuflado y la cinta de ametralladora en pedazos. En ese momento, debido a mis heridas, yo no le di la debida importancia al material.

Al salir de la zona de peligro, pasamos exactamente por el mismo sector donde la tarde anterior me había enfrentado a los soldados ecuatorianos vestidos con trajes de camuflaje Ghillie. Unos metros más arriba encontré al teniente de infantería Edwin Ramírez García, alias «Marcelo», acompañado por un suboficial enfermero militar. Este último apenas contaba con un bolsón de primeros auxilios provisto de muy pocos medicamentos; al ver llegar a tal cantidad de heridos, el enfermero no supo qué hacer. La tropa en su mayoría se quejaba de dolores intolerables y solo unos cuantos pudieron recibir atención de emergencia. En ese instante, el teniente Marcelo se dirigió a mí: «Diego, ya estás jodido. Como el más antiguo, procede a evacuar a todos los heridos con destino al Puesto de Comando de la Compañía (PCA) ubicado en el helipuerto Tormenta». En ese primer conteo registramos veintisiete heridos de tropa, todos con diversas lesiones por esquirlas de granadas de mortero, aunque posteriormente la cifra de afectados se incrementó. Incluso el suboficial de primera enfermero militar Juan Torres Pascasio, conocido bajo el seudónimo de «Mercurio», recibió un balazo en la pierna y tuvo que ser sacado con mucha dificultad. Actualmente, este suboficial forma parte del Cuerpo General de Inválidos del Ejército (CGI). 

A mi retorno, ya encontrándome a salvo en el Puesto de Vigilancia N° 1 y al ver que varios compañeros portaban sus recuerdos de guerra, recién caí en la cuenta y me dije a mí mismo que yo también debía conservar algo de las tropas de Ecuador. Caminando entre la tropa, logré conseguir un poncho de jebe camuflado, una pequeña cinta de ametralladora de calibre 5.56 mm y algunas cuerdas. Tiempo después, estando en el cuartel El Milagro de la 5ta División de Infantería de Selva en Bagua, observé detenidamente a un sargento del Batallón de Comandos «Comandante Espinar» N° 19 que traía un chaleco del ejército ecuatoriano. Me acerqué y le dije: «Yo dejé un chaleco idéntico en las inmediaciones del riachuelo en la cota 1232 y lamento haberlo perdido. Como estás corto de dinero, véndemelo para tenerlo de recuerdo». El sargento aceptó de inmediato y es ese el chaleco que conservo hasta la fecha. Asimismo, la tarde en que llegué con los heridos al Helipuerto Tormenta, en la cota 1274, me acerqué al foso donde se almacenaban los fusiles del personal que había quedado fuera de combate; allí tomé el Pabellón Nacional, la bandera, y me la llevé oculta dentro de mi polaca. Hoy en día permanece con orgullo en mi poder.

 

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