Helipuerto Tormenta: El
Bautizo de Fuego del BCS 28.- El aire de la selva pesaba como el
plomo aquel sábado 11 de febrero de 1995. Eran cerca de las tres de la
tarde cuando el grueso del Batallón Contrasubversivo Nº 28, exhausto
tras haber partido desde Rioja, alcanzó finalmente la cima del cerro. Frente a
ellos, imponente sobre la cresta de la Cordillera del Cóndor, se alzaba el
puesto de vigilancia ecuatoriano de Coangos. Aquel rincón estratégico del
Cenepa, en la provincia de Condorcanqui, era conocido como la cota 1274, el Helipuerto
"Tormenta".
El camino hasta allí había
sido un ascenso a los infiernos verdes. Desde el sector conocido como "La
Ye", los soldados habían avanzado por una trocha interminable y empinada,
sepultados en un lodo espeso que amenazaba con tragarse sus botas a cada paso.
Era una senda triste, envuelta en sombras donde el espanto parecía acechar
detrás de cada rama y los obstáculos no daban tregua. Sortearon huecos ocultos
bajo piedras monumentales y árboles caídos que bloqueaban el paso. Sin embargo,
superando el cansancio y el miedo, el personal del batallón coronó la cima con
el uniforme empapado en sudor.
Al llegar, el paisaje los dejó
sin aliento. El terreno había sido devastado por un bombardeo ensordecedor.
Algunos decían que había sido obra de la aviación ecuatoriana; otros murmuraban
que un avión Canberra peruano había soltado su carga allí por error. Lo único
cierto era la destrucción: en treinta metros a la redonda, la tierra había sido
completamente removida. No quedaban ni las raíces de los árboles milenarios y
las piedras lucían calcinadas, negras por el fuego.
Ver la huella maldita de una
bomba de combate despertó en los jóvenes soldados —la mayoría muchachos de
apenas 18 años— la plena conciencia del peligro mortal al que estaban
expuestos. Pero el miedo no echó raíces; la moral del soldado peruano se
mantuvo firme, blindada por el coraje.
En medio del cráter, enterrado
hasta la mitad en la tierra quemada, divisaron un equipo de radio de alta
frecuencia Tadiran HF/BLU PRC 2200. En el batallón corría el rumor de que un
operador de radio del Batallón Contrasubversivo N° 314 de Huánuco lo había
perdido durante el ataque aéreo. Nadie se había atrevido a tocarlo, convencidos
de que los ecuatorianos lo habían convertido en una trampa cazabobos conectada
a una mina.
—¡Cobra! —ordené, mirando al
soldado que avanzaba a mi retaguardia.
Le indiqué el transmisor y le
di la orden de acercarse para amarrarlo con la soguilla de nylon de veinticinco
metros que yo cargaba en mi mochila. El soldado se quedó estático. El temor a
estallar en mil pedazos sobre una mina oculta congeló sus pasos y se negó a
avanzar. Ante el peligro inminente y la tensión del momento, decidimos dejar la
radio atrás y continuar la marcha hacia la posición de los tiradores de cohetes
Strella.
Desde ese mirador bombardeado, el Valle del Cenepa se abría ante sus ojos con una claridad asombrosa. Coangos desafiaba al horizonte. Desde su posición, las tropas ecuatorianas disparaban día y noche sus lanzadores múltiples BM-21 de cuarenta bocas, aquellas temibles armas rusas adquiridas de segunda mano en Nicaragua. El rugido de los cohetes sacudía los cerros con un estruendo que congelaba la sangre, pero en la práctica, solo asustaban. Ningún soldado peruano perdió la vida bajo aquel fuego de artillería: las explosiones y las esquirlas eran devoradas por la densa vegetación y los troncos colosales de la selva, que actuaban como un escudo natural para los combatientes.
Bajo el Escudo de la
Cordillera del Cóndor
El sol de la tarde caía con un
peso sofocante sobre el Helipuerto "Tormenta", la cota 1274
que servía de mirador y trinchera en el corazón del Cenepa. Allí, en un rincón
de la cumbre, funcionaba el Puesto de Comando Avanzado del Batallón
Contrasubversivo Nº 314, una unidad curtida que se había desplazado desde
las serranías de Huánuco. Fue en ese punto estratégico donde conocí al teniente
coronel de Infantería Javier Lindo Zárate, el comandante que cargaba con la
responsabilidad de guiar a aquellos hombres en una geografía hostil. El
helipuerto era el lugar donde la gran mayoría de nosotros abrimos los ojos a la
realidad de la guerra. Allí aprendimos a mirar de cerca el peligro que nos
acechaba a cada instante.
Tras algunas horas de una
calma engañosa, el silencio de la selva se rompió en pedazos. Los cañones del
Ejército ecuatoriano comenzaron a "vomitar" cientos, tal vez miles de
proyectiles desde distintas direcciones, apuntando con furia hacia el Puesto de
Vigilancia Nº 1. Aquella tarde soleada, los lanzadores múltiples enemigos
desataron un infierno de fuego. Sin embargo, las granadas nunca alcanzaron sus
objetivos; cayeron lejos, disparadas más para sembrar el pánico que para
destruir. A pesar de ese fallo, la realidad era innegable: los ecuatorianos se
habían preparado bien. Tenían una defensa antiaérea sólida, una artillería
pesada implacable y sus aviones de combate siempre nos daban un susto al cruzar
el firmamento. Al conversar con los suboficiales del Batallón 314, el murmullo
era el mismo: nos habían superado en el combate aéreo. Una sombra de profunda
preocupación comenzó a planear sobre nosotros.
Aquel mismo día, el Batallón
Contrasubversivo Nº 28, compuesto en su mayoría por jóvenes soldados nativos
de la selva de Rioja, en San Martín, llegó para sumarse a la línea de fuego.
Nuestra unidad se desplegó a continuación del flanco izquierdo del Batallón
314. Recuerdo que, poco después del bombardeo, la tarde se tornó hermosa,
calurosa y extrañamente apacible. La densa vegetación descansaba como un manto
verde sobre las altas cumbres, abrazada por los últimos rayos del sol. Abajo,
en las quebradas, la neblina flotaba casi inmóvil como un inmenso lienzo
blanco, un falso sinónimo de paz.
En ese instante de tregua,
sentí una profunda tranquilidad interior. Me senté y luego me recosté sobre la
tierra sobre algunas ramas secas, con la mirada fija en la cima del Puesto de
Vigilancia Coangos, en el lado ecuatoriano. Saqué mis binoculares y enfoqué la
cumbre: la bandera de Ecuador flameaba al viento con total tranquilidad,
mientras algunos de sus soldados caminaban sin apuro por el perímetro. Una
ráfaga de preguntas comenzó a golpear mi cabeza: «¿Por qué no bombardeamos
ese puesto? ¿Por qué los dejamos estar ahí?». Coangos se erguía desafiante
en la cota 1666, justo en la cresta de la Cordillera del Cóndor, una línea
divisoria desde donde se dominaba perfectamente todo el valle del Cenepa.
Ecuador jugaba con las cartas a su favor: la ventaja del terreno era suya, y
desde esa altura descomunal, sus lanzadores múltiples tenían el ángulo perfecto
para hostigarnos.
La realidad de nuestro
batallón, el BCS Nº 28 de Rioja, era muy distinta a la del enemigo. Éramos una
tropa de soldados oriundos de la Amazonía, hombres de monte, pero estábamos mal
uniformados. Portábamos fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969, la gran mayoría
repotenciados y en pésimo estado. No nos dieron cascos de acero; nuestras
fornituras y cananas estaban gastadas y deshechas por los años de patrullaje
continuo en las zonas de emergencia en el departamento de San Martín. Las
provisiones escaseaban y las raciones de campaña casi nunca llegaban a tiempo.
Pero el soldado del Servicio
Militar Obligatorio de la selva está hecho de otra madera. Acostumbrados a la
dureza del monte, la tropa SMO soportó cada privación y superaron cada
obstáculo sin quejarse, demostrando el coraje de los buenos combatientes. El
eslabón roto no estaba en la trinchera; estaba atrás. La falla histórica venía
de los altos mandos del Ejército, de generales desleales que, mientras su tropa
sangraba en la frontera, se dedicaban a robarles las propinas y el rancho,
viviendo entre escándalos de corrupción en Lima.
A pesar de pelear con
armamento obsoleto, sin cascos, con el equipo en harapos y los estómagos
vacíos, resistimos con el orgullo intacto en la cota 1274. Así permanecimos
hasta el 12 de febrero, el día en que recibimos la orden definitiva de
empacar lo poco que teníamos y comenzar el descenso táctico hacia la cota 1232,
en las inmediaciones de la falsa Tiwinza, la cota 1061. El verdadero combate
estaba por empezar.


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