Hermandad en el frente y el
reencuentro en la trocha. -Durante los cruentos combates de los días
12 y 13 de febrero de 1995 en la cota 1232 del Valle del Cenepa, tuve como
compañeros de armas al sargento «Jaguar» y al cabo «Tigrillo», pertenecientes a
la Base Contrasubversiva del distrito de Huimbayoc. Ambos presentaban diversas
heridas de consideración en el cuerpo, causadas por los impactos de esquirlas
de granadas de mortero de 60 mm.
En el Batallón
Contrasubversivo N° 28 de Rioja, así como en todas las bases militares bajo el
Estado de Emergencia por la guerra contrasubversiva, ningún efectivo utilizaba
su identificación real; por estrictas medidas de seguridad, todos nos
identificábamos con nombres falsos o, en la mayoría de los casos, a través de
seudónimos y alias. Debido a esta práctica, hasta el día de hoy desconozco las
verdaderas identidades de «Jaguar» y «Tigrillo», quienes aparecen junto a mí en
los registros fotográficos de la época.
La tarde del 13 de febrero,
extasiados por el cansancio y el hambre tras iniciar el repliegue, logramos
alcanzar las orillas del río Cenepa. Después de cruzar el caudaloso torrente,
continuamos la marcha abriéndonos paso a través de una trocha completamente
barrosa y pantanosa con dirección al Puesto de Vigilancia N° 1. En medio de ese
inhóspito camino, nos topamos de frente con un contingente de 60 reservistas
que se desplazaban hacia la zona denominada la «Y», cargando a la espalda
pesadas cajas con raciones de campaña, municiones y granadas. De forma
inesperada, uno de ellos me reconoció. Exclamando con profunda emoción, se me
acercó junto a dos compañeros y me dijo: «Mi Suboficial Pineda, qué gusto de
verlo por aquí. Usted siempre ha sido de los buenos, un verdadero guerrero. Yo
serví bajo su comando en la Compañía de Comando y Servicios del Batallón de
Infantería Motorizado "Iquique" Nº 31, de la 8ª División de
Infantería en Lobitos, Talara; por eso lo admiro». Intentó darme un fuerte
abrazo, pero al percatarse de mis heridas y la sangre en mi espalda, se contuvo
y se limitó a estrecharme la mano. De inmediato, recordó con nostalgia al
dóberman que yo había adoptado en Lobitos, llamado «Cuto», y a manera de broma
comentó ante los demás reservistas que escuchaban atentos: «Hubiera traído al
"Cuto", mi suboficial; a mordiscos haría correr a todos los
"monos". El suboficial tiene un perro dóberman muy bravo».
Ese mismo lunes, bajo un cielo
azul de sol radiante, salimos finalmente de la espesura de la trocha. Al ver a
lo lejos la estructura del Puesto de Vigilancia Nº 1, una inmensa alegría nos
embargó y apresuramos el paso.
Cruzamos el río con cierta dificultad debido al dolor y el cansancio; por la espalda, mi polo y pantalón se encontraban totalmente empapados de sangre húmeda. Al aproximarnos al campamento, divisamos a un equipo de reporteros del periodista Nicolás Lúcar que intentó abordarnos para una entrevista, pero los esquivamos rápidamente para dirigirnos directo a la enfermería. Allí nos aplicaron de urgencia un par de ampollas antiinflamatorias y, esa misma tarde, fuimos evacuados en helicóptero junto a los demás heridos hacia la base militar de Ciro Alegría, en Amazonas.


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