De Yurimaguas al frente de combate: La marcha del sargento "Lechuza" hacia La Cota 1232 Valle del Alto Cenepa.- El sargento segundo SMO Inocente Nicolás Vásquez Gonzales, conocido en aquellos tiempos con el seudónimo de “Lechuza” y moyobambino de nacimiento, sirvió durante la Campaña Militar del Alto Cenepa en 1995 como integrante de la Compañía “C” del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, San Martín, bajo el mando del teniente coronel de infantería Julio Celestino Chaparro Beraún. Cuando se decretó la alerta roja, él se encontraba destacado en la Base Contrasubversiva N° 28 de Yurimaguas. En dicha base militar, la tarde del domingo 5 de febrero, se organizaron las patrullas de la Compañía “C” para su inmediato despliegue por vía aérea hacia la sede de la 5tª División de Infantería de Selva en Bagua, Amazonas.
La mañana del lunes 6 de
febrero de 1995 abandonamos la Base Contrasubversiva de Yurimaguas, capital de
la provincia de Alto Amazonas, Loreto, ubicada en la confluencia de los ríos
Huallaga y Paranapura. Desde la instalación militar, todo el personal se desplazó
a pie y formado en columna de a tres, cantando a todo pulmón la marcha militar
"A Quito nos vamos, a Quito marcharemos llenos de valor". Ante la
mirada de asombro de los pobladores que nos veían pasar por las principales
calles y avenidas, nos dirigimos al aeropuerto de Yurimaguas, donde también
operaba la base militar de los Estados Unidos. Al llegar, permanecimos formados
en las inmediaciones hasta que un avión Antonov del Ejército se posicionó en la
pista. Procedimos a embarcar de inmediato para ser trasladados al aeropuerto El
Valor de Bagua.
Antes del mediodía del
miércoles 8 de febrero de 1995, desde la Base Militar de Ciro Alegría, se
inició el traslado en helicópteros Mi-8 y Mi-17 de todo el personal del
Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja con destino al Puesto de Vigilancia N°
1, en el distrito de El Cenepa, provincia de Condorcanqui. Por aquellos días,
los pilotos de la Aviación del Ejército y de la Fuerza Aérea del Perú (FAP)
operaban bajo una profunda zozobra; las fuerzas ecuatorianas ya nos habían
derribado dos helicópteros. La ruta desde Ciro Alegría hasta el PV N° 1
representaba un peligro extremo debido a que el enemigo tenía emplazadas
numerosas armas antiaéreas en las pendientes del sector Cóndor Mirador, una
posición dominante sobre toda la cuenca del río Cenepa. Por esta razón, el
vuelo transcurrió en medio de una tensión asfixiante. A bordo, el tirador de la
ametralladora instaló la cinta de municiones y comenzó a efectuar ráfagas
disuasivas hacia la inmensidad del manto verde, mientras nos advertía: «Estamos
pasando cerca de la línea de frontera, esta zona es muy peligrosa». Todos
guardamos un silencio sepulcral. Cada uno iba cavilando en la posibilidad de
que un misil enemigo emergiera de algún rincón de la densa jungla. Frente a un
misil, un helicóptero de transporte es una presa fácil y una ametralladora resulta
inútil; ¿qué podía hacer un tirador ante semejante amenaza? Hubo miedo y
angustia en ese trayecto, pero, gracias a Dios, tocamos tierra en el PV N°1 sin
novedad.
El jueves 9 de febrero de
1995, en el Puesto de Vigilancia N° 1, nos reunimos a orillas del río Cenepa.
Éramos los combatientes del Batallón Contrasubversivo N.° 28 de Rioja,
integrados en su mayoría por personal de tropa nativo de la selva. Estábamos
armados con viejos fusiles FAL de los modelos 1958 y 1969, ametralladoras MAG y
lanzacohetes RPG, material adquirido en Bélgica y Rusia durante el gobierno
militar del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970. Fuimos al
frente sin cascos, sin chalecos antibalas, con fornituras y cananas hechas
hilachas, y con mochilas y morrales en pésimo estado. En ese lugar recibimos la
arenga del teniente coronel Julio Celestino Chaparro Beraún. En un breve pero
emotivo ceremonial de compromiso con la patria, oficiales, técnicos,
suboficiales y personal de tropa prestamos el juramento de defender el
territorio nacional y expulsar a los invasores ecuatorianos. Concluida la
ceremonia, iniciamos la marcha con rumbo a la zona conocida como "La
Ye".
La mañana del domingo 12 de
febrero de 1995 emprendimos el descenso desde el Helipuerto Tormenta hacia la
cota 1232, en las profundidades del valle del Cenepa, llevando siempre la
victoria como consigna. Bajamos por una trocha sinuosa y angosta que nos imponía
toda clase de obstáculos en medio de la densa vegetación. Por la tarde, tras
una extenuante marcha por terrenos entrampados y campos minados, y con el
riesgo latente de sufrir una emboscada, nos detuvimos a descansar en una
pequeña explanada, camuflados entre los árboles. En la mente de muchos rondaba
el pensamiento de que algunos marchábamos para dejar nuestros huesos en esa
inhóspita jungla, donde la sangre derramada teñiría la tierra en disputa. En
este escenario, solo los árboles son testigos del sufrimiento de los soldados
que avanzan cruzando ríos y maleza bajo el rigor del calor, la lluvia y la
humedad.
Como buenos guerreros
descendientes de los incas, continuamos el avance con el objetivo de alcanzar
Tiwinza, pero en el trayecto las fuerzas ecuatorianas nos tendieron una
emboscada e iniciaron el ataque. De inmediato adopté la posición de cuerpo a
tierra; metros más abajo, dos soldados de otra patrulla hicieron lo propio. Los
minutos transcurrían con extrema tensión. En la parte baja del monte, el
combate se intensificó con un ensordecedor intercambio de fusilería, morteros y
lanzacohetes RPG por ambos lados. El sector donde yo permanecía apostado como
tirador tendido, junto a los otros dos soldados, se mantuvo en total silencio.
En ese instante, a unos 150 metros hacia mi flanco izquierdo (lado oeste),
logré divisar a dos hombres vestidos con trajes de camuflaje ghillie o yowie.
Sospechando que se trataba de francotiradores enemigos emboscados, me dispuse a
abrir fuego en ráfaga contra su posición.
De pronto, de forma imprevista
y como si se tratara de un fantasma, alguien apareció a mi espalda por la
retaguardia. Me sujetó del hombro derecho y, susurrándome muy cerca del oído,
me dijo: «No dispares, hay que bajar para reforzar a Rodrigo». Volteé en el
acto, pero el individuo no se dejó ver el rostro; vestía el mismo uniforme de
los soldados peruanos. Acto seguido, corrió cuesta abajo entre los árboles y,
en cuestión de segundos, desapareció como el viento en las inmediaciones de un
riachuelo. Desconozco si fue una aparición o un ser de carne y hueso, pero me
inclino a pensar que fue el alma de los soldados que estaban por caer o que ya
habían fallecido en combate. Los fantasmas existen; la primera vez que me topé
con uno tenía apenas seis años de edad, y la segunda fue a los 33 años, durante
un patrullaje en el distrito de Urpay, en Pataz.
Los combatientes provistos de
camuflaje ghillie que logré detectar en mi flanco izquierdo eran,
efectivamente, dos francotiradores de las tropas de Ecuador. Ellos también
debieron percatarse de mi presencia y de la de los soldados apostados más
abajo, pues de inmediato abrieron fuego en ráfagas contra nuestra posición. En
ese instante, las balas caían a escasos centímetros de mí; levantaban tierra
por doquier y hacían pedazos los troncos colindantes. De no haber sido por la
protección del grueso tronco de un árbol, con seguridad habría perdido la vida.
Ya no había tiempo para dudar. Yo portaba un fusil FAL con dos cacerinas
unidas, las cuales contenían un total de cuarenta cartuchos. El fusil siempre
lo mantuve cargado y, tras cambiar el selector de tiro de la posición de
repetición (R) a la de automático (A), les solté una ráfaga continua con los
cuarenta disparos. Los dos soldados ubicados unos metros más abajo respondieron
de igual modo hacia el mismo objetivo. El intercambio de fuego fue
espectacular; jamás imaginé vivir momentos tan cruciales como los de aquella
tarde.
Cuando cesaron los disparos,
busqué un mejor abrigo y me desplacé hacia la retaguardia para posicionarme
detrás de un pequeño montículo que aparentaba ser terreno firme. Sin embargo,
en ese pequeño espacio plano me hundí en un profundo lodazal que casi me cubre
por completo. Tuve que arrastrarme para salir, quedando con el uniforme
cubierto de barro negro desde la cintura hacia abajo. En esas condiciones, y
profundamente asustado, me guarecí detrás del montículo, muy cerca del tronco
de un árbol. Desde allí pregunté a los dos soldados que resistían más abajo:
«¿Dónde está la gente?». Ellos me respondieron que todos se habían replegado
más al fondo con el capitán Rodrigo. En el acto, nos pusimos de pie y
descendimos por un estrecho callejón pantanoso. Recorrimos más de setecientos
metros con dirección al norte hasta casi llegar a la orilla de un río. Por
gracia divina, decidimos retroceder al percatarnos de que estábamos perdidos en
medio de un silencio total. Mientras la luz del cielo se desvanecía entre las copas
de los árboles y la noche se asomaba, los tres extraviados detectamos a un
grupo de tropas del Perú que ascendía por una pendiente muy empinada y cubierta
de lodo. Al verlos, sentimos una inmensa alegría. Cruzamos el riachuelo y
ascendimos utilizando exactamente sus mismas huellas por temor a las minas
antipersonal. Al alcanzar la parte alta, ocupamos una pequeña loma
recientemente abandonada por el ejército ecuatoriano. Sin dudarlo, nos
posesionamos de la cota 1232, donde nos unimos a otra patrulla que también se
encontraba perdida: la del alférez "Zeus". Con ellos sumamos
diecisiete combatientes y pasamos la noche en ese sector.
La mañana del lunes 13 de
febrero de 1995, en la cota 1232 del valle del Alto Cenepa, logramos reunir a
los dispersos de diferentes patrullas que se habían extraviado tras el combate
del día anterior, consolidando un grupo de ochenta y seis hombres. Lamentablemente,
el oficial al mando cayó en un exceso de confianza y nos repetía
constantemente: «Los monos se han escapado con el rabo entre las piernas».
Contagiados por el optimismo del capitán "Joel", nos sentamos de
manera desordenada al borde de un acantilado, cerca de un riachuelo. Una vez
finalizadas las coordinaciones, y como si presagiáramos la desgracia, la
mayoría ocupamos nuevas posiciones entre los árboles y los troncos caídos que
abundaban en la zona apenas cinco minutos antes del ataque enemigo; no
obstante, un grupo de la tropa permaneció en el acantilado. El asalto
ecuatoriano comenzó a las 11:45 horas. Desde la parte alta del cerro, en el
flanco este, se desató un sorpresivo y violento ataque del personal de la
Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 "Patria" de Latacunga contra el
reducido contingente del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja.
Fue en este enfrentamiento
donde perdió la vida el sargento segundo EP Inocente Nicolás Vásquez Gonzales.
El sargento Vásquez y catorce soldados se hallaban en el acantilado junto al
riachuelo, la ubicación inicial del grupo, un sector que carecía por completo
de cubiertas y abrigos para protegerse de la vista y fuego enemigo. Como el
ataque enemigo nos sorprendió con el fuego de cuatro morteros de 60 mm, los
nuestros comenzaron a disparar sus fusiles sin ninguna disciplina de fuego,
corriendo de un lado a otro para evitar el impacto de las granadas, pero sin
abandonar la posición. En mi condición de antigüedad en el grado dentro de ese
sector, tal vez mi error fue no despejar el área enviando a ese personal al
otro lado del riachuelo; sin embargo, en la otra orilla el peligro también era
constante debido a la fuerte presencia de fusileros y francotiradores enemigos
que disparaban en ráfaga. Ese fue el punto más comprometido del combate. Los
cuatro morteristas enemigos concentraron sus disparos en el acantilado y fue
incontable la cantidad de proyectiles que impactaron allí. Por fortuna, el
enemigo no varió el reglaje original en ángulo ni en dirección; en cada
explosión solo se divisaban inmensas llamaradas de fuego. Las esquirlas de una
de estas granadas de mortero alcanzaron fatalmente al sargento Vásquez,
destrozándole el hombro derecho y el antebrazo, dejando expuesta la cavidad
torácica superior. La hemorragia fue inmediata y masiva; la herida era mortal.
En esas condiciones, el sargento caminó hacia el riachuelo apoyándose en su
fusil a modo de bastón. Con las fuerzas que le quedaban, dio dos vivas al Perú
y, de inmediato, exclamó pidiendo perdón a su madre por todo lo hecho en su
vida: «¡Por mi patria, por el Perú estoy aquí, madrecita! ¡Perdóname por todo,
perdóname, madrecita! ¡Perdóname! ¡Viva el Perú! ¡Viva el Perú!». Acto seguido,
se adentró en la maleza y se desplomó debido a que sus piernas perdieron el
soporte. Los arbustos me impidieron seguir viéndolo por las mismas
circunstancias del combate. Una vez finalizado el enfrentamiento, lo encontré
tendido en posición de decúbito ventral, con el fusil bajo el pecho. Procedí a
levantar el cuerpo para colocarlo en posición de decúbito dorsal, dejándolo
allí junto a su mochila y con su fusil FAL sobre el pecho. La fusilería
ecuatoriana no causó daños a nuestro personal; los disparos del armamento
menor, como los fusiles HK y las ametralladoras, fueron absorbidos por los
árboles circundantes. Los cientos de disparos solo generaban un estruendo
ensordecedor por todos lados, por lo que no registramos bajas por efectos de
bala, los 27 heridos fue por los efectos de las esquirlas de granadas de
morteros.
El martes 14 de febrero, a las
10:00 horas, el teniente coronel de infantería Julio Celestino Chaparro Beraún,
en su condición de comandante de batallón, organizó una fuerza de doscientos
hombres en el Helipuerto Tormenta (cota 1274) y descendió hacia la cota 1232
con la misión de recuperar los restos mortales del sargento Vásquez. Sin
embargo, las fuerzas peruanas se toparon con una gran sorpresa: las tropas de
la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 "Patria" de Ecuador,
envalentonadas por el resultado del combate del día anterior, se encontraban
fuertemente posicionadas en todo el sector de la cota 1232. Como era
previsible, los ecuatorianos impidieron el ingreso de nuestras fuerzas mediante
una intensa fusilería y el empleo de granadas de todo tipo. Ante la férrea
resistencia del enemigo, el personal del Batallón Contrasubversivo N° 28
retrocedió hacia la cota 1274 utilizando la misma trocha. Aprovechando la
retirada de las fuerzas peruanas, las tropas ecuatorianas iniciaron una
persecución silenciosa por la ruta e intentaron alcanzar la cima del Helipuerto
Tormenta empleando trajes de camuflaje ghillie. No obstante, fueron
sorprendidos por los vigías peruanos, quienes abrieron fuego desde la parte
alta con todo tipo de armas y granadas. Ante la contundente reacción peruana,
los ecuatorianos huyeron por la misma trocha arrastrando a sus muertos y heridos.
Tras este fallido intento de recuperar los restos mortales del sargento Vásquez, ninguna autoridad volvió a preocuparse por él, siendo catalogado como desaparecido en acción de armas. Hasta el día de hoy, permanece considerado de manera oficial como uno de los desaparecidos de las Operaciones Militares del Alto Cenepa de 1995, abandonado por sus camaradas de armas en la profundidad de la selva en la Cota 1232 en las inmediaciones de un riachuelo.
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ResponderBorrarEstuve directamente en los combates en el batallon de tu hermano,brindeme su numero o correo, el mio es jonacho161@gmail.com
BorrarHola ,soy el hermano mayor de Nicolas de parte de madre, desearia saber como me puedo comunicar contigo, te dejo mi correo electronico, juanc06_tauro@hotmail.it mis numeros son 00393277582755 , 003908119578693. Te agradeceria muchisimo.
ResponderBorrarHola, soy Miguel Pineda, yo soy testigo sobre la muerte de tu hermano, sus restos mortales quedó en la cota 1232, el día 14 de febrero de 1995 no pudieron rescatarlo, al final el Comandante Chaparro ordenó que lo consideraran en el Parte de Guerra como desaparecido en acción de armas. Pienso que el Estado les habrá pagado la indemnización de acuerdo la Ley 26511 y el sueldo de suboficial a tus padres, en todo caso les sugiero hacer juicio al Ejército por este abandono sobre todo al Comandante Chaparro (Comandante de Unidad) y al capitán de artillería Cruz Ruíz. Cualquier comunicación escríbeme a mi correo: pizarro1532@hotmail.com
BorrarEL sub Oficial pineda ese dia que murio tu hermano,salio herido, al dia siguiente nosostros volvimos a la zona con el objetivo de rescatar el cadaver principalmente, y los ecuatorianos habian avanzado mas adelante de nuestro finado, volvimo a enfrentarnos, despues de eso ya no volvimos si no a los rodeamos por otra ruta, preveiamos que nuestro finado lo habian finado. mi correo es jonacho161@gmail.com
BorrarEl que escribe este relato fue un soldado en el ejercito peruano. No se le puede creer mucho en calidad de soldado porque habla de memoria, y como si fuera oficial aunque con un vocabulario limitado. No creo que un soldado sepa de estrategia, ni de planes, ni de fechas y que luego recuerde todo ese en un relato. En otras palabras, mal hariamos todos si es que nos dejamos llevar por las relatos de memoria de un soldado sin mucha preparacion academica. Lo siento , no quiero ofender al autor, pero es asi.
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