El despliegue táctico desde el
Helipuerto Tormenta hacia la cota 1232.- A las 09:00 horas del
domingo 12 de febrero de 1995, bajo una mañana soleada y de cielo despejado, se
inició la organización del ataque en el Puesto de Comando Avanzado (PCA) del
Batallón Contrasubversivo N° 28. Este puesto se ubicaba en el Helipuerto Tormenta
(cota 1274), una posición bautizada por las tropas ecuatorianas como la Base
Norte, en el sector nororiental de la Cordillera del Cóndor, en Amazonas.
El teniente coronel de
infantería Julio Celestino Chaparro Beraún, conocido bajo el seudónimo de
comandante «Alfonso», dispuso la conformación de tres compañías de fusileros
con una misión clara y de alto riesgo: adentrarse en la zona de operaciones de
la cota 1232, en el Valle del Cenepa, para desalojar y expulsar a las tropas
invasoras del ejército ecuatoriano, las cuales se encontraban atrincheradas a
la defensiva en un número no determinado dentro de la densa vegetación
selvática.
La marcha la inició, como
hombre en punta a la cabeza de toda la columna, el teniente de comunicaciones y
comando Américo Ramírez Almanza, acompañado por tres sargenyos del Servicio
Militar Obligatorio. Antes de emprender el movimiento, el comandante Julio
Chaparro le dedicó palabras de elogio y reconocimiento a su condición de
comando, un gesto que elevó la moral del oficial subalterno ante la inminencia
del peligro. Acto seguido, la Compañía «A» de fusileros, integrada por 120
hombres al mando del capitán de caballería Luis Guillermo Gonzales Morales —el
capitán «Rodrigo»—, comenzó el descenso desde el Helipuerto Tormenta hacia la
cota 1232 a través de una trocha angosta y sinuosa que presentaba constantes
obstáculos geográficos propios de la Amazonía. Detrás de ellos se desplazó la
Compañía «C», bajo las órdenes del teniente de infantería Edwin Ramírez García,
conocido como el teniente «Marcelo». Un poco más rezagada marchaba la reserva,
comandada por un capitán con el alias de «Clavo» y por el teniente de
comunicaciones y comando Manuel Barnard Javier Alva, apodado el teniente
«Marte».
Cada compañía de fusileros
estaba conformada por 120 combatientes entre capitanes, tenientes,
subtenientes, suboficiales y personal de tropa. Todos operaban bajo condiciones
logísticas deplorables: pésimamente uniformados, sin cascos ni chalecos
antibalas, y portando cananas y fornituras desgastadas hasta quedar en
hilachas. El armamento disponible consistía en viejos fusiles automáticos
ligeros (FAL) de origen belga, modelos 1958 repotenciados y 1969,
ametralladoras MAG y lanzacohetes RPG de fabricación rusa. Toda esta
indumentaria y material bélico correspondía a adquisiciones realizadas décadas
atrás, durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado.
A las carencias materiales se
sumaba el peligro invisible del terreno. Las minas antipersonales, sembradas a
discreción por las patrullas ecuatorianas en las trochas del territorio peruano
invadido, ya habían causado numerosas bajas entre muertos y heridos en nuestras
filas. Debido a esto, se volvió imposible utilizar los senderos existentes,
obligando a los soldados a abrir nuevas trochas a golpe de machete en una selva
virgen e inhóspita. El riesgo de extraviarse era una constante debido a la
falta de cartas geográficas actualizadas, brújulas o dispositivos GPS. Pese a
la ausencia de puntos definidos de orientación, los combatientes descendieron
lentamente venciendo pantanos, abismos, huecos y todo tipo de accidentes
topográficos hasta que, entrada la tarde, entablaron contacto armado con el
enemigo, sosteniendo un violento combate que se prolongó hasta el anochecer.
Durante toda la jornada, las baterías de la artillería ecuatoriana abrieron fuego en todas las direcciones. Los disparos de los lanzadores múltiples BM-21 de 40 bocas resonaron casi sin interrupción, provenientes de los puestos enemigos de Coangos, Cóndor Mirador y Banderas. Aunque el fuego se realizaba sin rumbo ni un objetivo específico, impidiendo que nos causara bajas directas, el estruendo ensordecedor y las constantes explosiones sembraban ráfagas de pánico y desesperación que ponían a prueba la templanza de cada combatiente en el frente.

Honor y gloria a todos los caídos y orgullosos los que viven para contarlo amigo pineda que viva nuestro glorioso ejército peruano tuve el privilegio de servir a la patria en el tiempo que chaparro llegó como subteniente al glorioso Pepita en mi querida cajamarca un abrazote
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