El Salto en la Llanura del PV N° 1 Alto Cenepa, Condorcanqui.- El miércoles 8 de febrero de 1995, una tarde de calor denso y sofocante, el reloj marcaba aproximadamente las 12:30 horas cuando las patrullas del Batallón Contrasubversivo N° 28, procedentes del distrito de Rioja, en San Martín, alcanzamos finalmente el Puesto de Vigilancia N° 1. Aquel enclave, bautizado con honor como el PV «Soldado Pastor», se erigía en el sector oriental de la Cordillera del Cóndor, dentro de la provincia de Condorcanqui, en el departamento de Amazonas.
El traslado desde la Base
Militar de Ciro Alegría, en el distrito de Nieva, se había realizado a bordo de
los imponentes helicópteros MI-8 y MI-17 del Ejército y de la Fuerza Aérea del
Perú. Al aproximarnos al PV1, la aeronave que transportaba a mi patrulla no
tocó el suelo; las condiciones del terreno y la urgencia táctica obligaron al
piloto a mantener la nave suspendida en el aire, a baja altura, por escasos
cincuenta segundos. Con el pecho henchido por la emoción de haber llegado por
fin a la ansiada zona de guerra, mis hombres y yo procedimos a saltar
rápidamente hacia el fango con nuestros equipos de campaña, mochilas,
municiones, granadas y armamentos a cuestas. Apenas tocamos tierra, la
tripulación cargó de inmediato a los heridos en combate y a los enfermos
graves. Sin perder un instante, el aparato rugió con fuerza, levantando el
vuelo de regreso a Ciro Alegría.
El helicóptero nos dejó en una
llanura despejada, en las inmediaciones del campamento militar. De un momento a
otro, la realidad nos golpeó de frente: estábamos en la línea de fuego. Tras
reunir y verificar a todo mi personal, iniciamos el desplazamiento hacia las
instalaciones del campamento. Al llegar, observé al grueso de la tropa,
conformada por batallones venidos de la costa, la sierra y la selva profunda,
descansando en un aparente estado de calma. Una parte de los soldados se
encontraba concentrada en las orillas del río Cenepa, aprovechando el agua
cristalina para bañarse o lavar sus prendas de drill kaki.
En contraste con el descanso
de la tropa, los oficiales, técnicos y suboficiales permanecían agrupados en
tensa escucha alrededor de radios portátiles que sintonizaban las emisoras
ecuatorianas. En los Puestos de Comando Avanzado, los operadores de comunicaciones
hacían su trabajo en estricto silencio radial, operando equipos Yaesu y Tadiran
PRC-2200 (S). La defensa del perímetro estaba desplegada con astucia: a media
pendiente del cerro este, justo donde crecían unos platanales, se encontraba
camuflado el tirador de un lanzacohetes antiaéreo Strella, de fabricación
soviética y adquirido en la década de 1970; unos metros más arriba, vigilante,
se ubicaba la posición de una ametralladora antiaérea calibre punto 50 con
alcance de disparo de 6 kilómetros.
El Puesto de Vigilancia N° 1
se hallaba enclavado en las inmediaciones del río Cenepa, flanqueado por dos
cerros de mediana elevación. El paisaje presentaba una belleza natural
impresionante; sin embargo, las circunstancias del conflicto lo habían transformado
en el epicentro y punto de encuentro de miles de combatientes peruanos que
ingresaban y salían constantemente del teatro de operaciones. Fue en este
rústico escenario donde se estableció el Puesto de Comando Avanzado. Desde
allí, el coronel de Infantería Roberto Chiabra León, junto a su Estado Mayor,
dirigió con firmeza las Operaciones Militares del Alto Cenepa 1995. El lugar
atraía también a corresponsales de la prensa nacional e internacional, e
incluso recibió la visita del presidente de la República y jefe Supremo de las
Fuerzas Armadas, el ingeniero Alberto Kenya Fujimori. Acompañado de su
comitiva, el mandatario cruzó las corrientes del río Cenepa hasta llegar al
sector de la Cueva de los Tayos, donde izó el pabellón nacional como un símbolo
de victoria, acontecimientos históricos que guardo con orgullo en los registros
de video que logré recopilar de la campaña.
En ese mismo puesto de vigilancia conocí a muchos de nuestros compatriotas nativos, los valerosos y legendarios «Yachis». Eran hombres de una contextura física en apariencia frágil, pero que encarnaban a la perfección el principio militar de ser y no parecer. Se desplazaban por la zona de guerra como Pedro por su casa; dominios ancestrales que les permitían conocer los secretos más íntimos de la selva. Por su destreza, sirvieron como guías de nuestras patrullas, marchando a la vanguardia de las trochas y cargando sobre sus espaldas pesadas cajas de municiones y granadas con una resistencia asombrosa. Al verlos, no pude evitar una profunda reflexión: en todas las guerras que el Perú ha librado contra sus vecinos desde el 9 de diciembre de 1824 hasta el presente, la auténtica carne de cañón siempre ha sido la misma. El peso de la defensa de la patria recae sobre los hombros de los heroicos «Yachis», de la tropa cobriza de los andes y de los sectores más desposeídos de la costa. Mientras tanto, el grupo social pudiente, aquel que en muchos casos dirige los destinos políticos y económicos del Perú, brilla siempre por su dolorosa ausencia.
La Incursión de los Tres
Aviones
El aparente estado de calma en
el Puesto de Vigilancia N° 1 se hizo añicos a las 15:00 horas de aquel mismo
miércoles 8 de febrero. La tarde era sofocante y el cielo se mantenía
completamente despejado. A esa hora, de manera sorpresiva, tres aviones de combate
de la Fuerza Aérea de Ecuador ingresaron lentamente desde el sector del puesto
enemigo de Coangos con dirección a nuestra posición. Para mí, resultó increíble
contemplar las siluetas de las aeronaves invasoras surcando impunemente nuestro
espacio aéreo. En un abrir y cerrar de ojos, el campamento se transformó en un
hervidero de gritos desesperados:
—«¡Corran a los cerros!,
¡corran a los cerros!, ¡corran a los cerros!»
El pánico desató una carrera
por la supervivencia. Algunos soldados corrieron hacia las faldas de la
elevación este, otros buscaron refugio bajo el follaje de los árboles más
frondosos y los demás prefirieron camuflarse en sus propios puestos, bajo el frágil
techo de las casuchas. En medio de aquella estampida, yo tomé una actitud
distinta: me quedé inmóvil, de pie en el centro mismo del campamento. Tenía la
mirada fija en el cerro, observando con atención el accionar de nuestros
tiradores de cohetes y de la ametralladora antiaérea calibre punto 50. Desde lo
alto de la pendiente, alguien me divisó y comenzó a gritarme con desesperación
y crudeza:
—«¡Escóndete, concha de tu
madre! ¡Escóndete! ¡¿Por qué te expones de esa manera, imbécil?!»
No le hice el menor caso.
Permanecí firme en mi posición, alternando la mirada entre las naves enemigas
que se aproximaban y las posiciones de nuestra defensa. Cuando los aviones
estuvieron casi encima del Puesto de Vigilancia N° 1, el tirador del
lanzacohetes Strella abrió el fuego. Sin embargo, ejecutó el disparo de manera
tímida y torpe; el misil soviético salió defectuoso y, en lugar de dirigirse
hacia los objetivos en el aire, se desvió por completo hacia el cerro del lado
oeste, donde impactó y estalló inútilmente. Ante el evidente fallo del primer tirador,
el tirador de la ametralladora punto 50 reaccionó de inmediato y descargó
ráfagas contra el cielo.
Al final, ambos tiradores
fallaron en el intento de derribar las naves del enemigo. Presas del temor tras
su ineficaz respuesta, abandonaron sus puestos y corrieron a guarecerse en un
pozo de zorro ubicado en la parte baja, cerca del cerro. Los pilotos
ecuatorianos debieron percatarse de la debilidad de nuestra artillería
antiaérea. Con total impunidad y sin haber soltado una sola bomba, decidieron
virar hacia la derecha para retornar lentamente por la misma ruta por la que
habían ingresado, dejándonos una clara advertencia de lo que vendría a la
mañana siguiente.
Reflexiones en la Retaguardia:
La Indignación del Soldado
Cuando el peligro se
desvaneció en el horizonte y el susto inicial comenzó a disiparse, el
campamento recobró una tensa actividad. Oficiales, técnicos, suboficiales y la
tropa del Servicio Militar Obligatorio salieron paulatinamente de sus
escondites entre las rocas, las casuchas y el bosque. Los hombres volvieron a
agruparse en pequeños círculos, desahogando la adrenalina del momento a través
de comentarios que resonaban por todo el perímetro:
—«Nos hemos salvado de un
bombardeo»— decían algunos con alivio, mientras otros, apelando a la típica
jerga militar de trinchera, exclamaban entre risas nerviosas: —«Los monos son
unos huevones, son unos cojudos».
Detrás de la mofa y las
habladurías, la realidad era aterradora. Aquella tarde del 8 de febrero de 1995
hubiera resultado fatal para nosotros si los pilotos ecuatorianos hubieran
tenido la audacia y las agallas de soltar sus bombas sobre el Puesto de Vigilancia
N° 1. Con la masa de soldados expuesta y concentrada en el lecho del río, el
enemigo tenía la mesa servida; de haber atacado, habrían hecho una masacre y
hoy la historia del Cenepa sería otra. Hasta el día de hoy, sigo sin comprender
qué buscaba el mando aéreo de Ecuador al pasearse de esa manera sin abrir
fuego, dejándonos completamente a su merced ante la alarmante ineficacia de
nuestros recursos.
La responsabilidad de aquella
vulnerabilidad apuntaba directamente a la cúpula y a la logística militar de la
época. Para la defensa del espacio aéreo en el Puesto de Vigilancia N° 1, los
altos mandos apenas nos habían provisto de los viejos lanzacohetes portátiles
Strella, fabricados en la década de 1970 y adquiridos en la Unión Soviética
durante el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del General Juan
Velasco Alvarado. Estas armas habían sido trasladadas apresuradamente desde los
depósitos de la Región Militar del Sur y, aunque técnicamente operativos, su
tecnología padecía de una obsolescencia absoluta para las demandas de un
conflicto a las puertas del siglo XXI.
A la antigüedad del material
se sumaba un problema aún más grave: la falta de preparación de los operarios.
Los técnicos y suboficiales, encargados tradicionales de maniobrar dicho
armamento, manifestaban abiertamente su indignación al confesar que no se
encontraban actualizados ni entrenados para responder a una contingencia bélica
de esa magnitud. En un escenario tan crítico, la pregunta caía por su propio
peso: ¿a quién echarle la culpa? La respuesta era una sola. Los únicos
responsables del éxito o del fracaso en el frente de batalla son los gobiernos
de turno y la clase política del país.
Si el Estado cumpliera con su deber básico de adquirir armamento moderno y garantizar una instrucción rigurosa, los combatientes peruanos estaríamos a la altura de cualquier contingencia en el mundo. Al soldado de nuestra patria le sobran el valor, el coraje y la moral para poner el pecho por la soberanía nacional; es capaz de todo en el terreno de juego. Sin embargo, históricamente, el verdadero enemigo no siempre ha estado al frente, sino a la espalda, encarnado en la desidia y la traición de gobernantes que envían a sus fuerzas a la guerra con las manos atadas.
El Laberinto Estratégico del
Cenepa
La cruda realidad militar del
conflicto de 1995 demostró que ni el Perú ni Ecuador lograron desplegar una
fuerza arrolladora capaz de quebrar definitivamente al oponente. En el plano
aéreo, los estrategas peruanos fracasaron por completo en su intento de
neutralizar las bases del enemigo. Los puestos de avanzada ecuatorianos,
protegidos por el denso follaje y una barrera tecnológica infranqueable,
quedaron intactos para siempre. Instalaciones clave como el Puesto de
Vigilancia Coangos mantuvieron la bandera del vecino país ondeando en lo más
alto, operando con total normalidad a lo largo de la campaña. Lo propio ocurrió
con las bases de Banderas, Cóndor Mirador y teniente Ortiz, las cuales jamás
pudieron ser doblegadas.
Un bombardeo certero y masivo
contra cualquiera de estos bastiones principales habría cambiado el curso de la
historia, obligando al invasor a una rendición incondicional. Sin embargo, la
balanza geopolítica y operativa dictó otro destino. Ya fuera por el temor
político del gobierno de Alberto Kenya Fujimori a desatar una guerra total y
abierta que escalara más allá de la frontera, o simplemente por la incapacidad
técnica de nuestras fuerzas, el objetivo resultó inalcanzable. La Fuerza Aérea
del Perú (FAP) se estrelló contra una moderna y agresiva defensa antiaérea
ecuatoriana. Cuando se intentó romper ese escudo, la obsolescencia pasó
factura: los viejos bombarderos Canberra y los desgastados cazabombarderos
Sukhoi Su-22 sucumbieron en el intento, registrando una trágica pérdida de
nueve aeronaves entre aviones de combate y helicópteros de transporte.
En la otra orilla, la Fuerza
Aérea del Ecuador se paseó por el espacio aéreo peruano «como Pedro por su
casa», exhibiendo una superioridad táctica indiscutible en los cielos. No
obstante, el mando enemigo tampoco supo capitalizar esa ventaja estratégica en
el terreno de juego. Sus incursiones se limitaron a descargar bombas en
diversas coordenadas de la selva alta sin causar daños de consideración ni
alterar el despliegue de nuestras tropas. Gracias a esa ineficacia ofensiva,
los puestos de vigilancia peruanos también sobrevivieron incólumes al
conflicto. El caso más emblemático fue el Puesto de Vigilancia N° 1, el cual
resistió intacto y firme en medio de dos cerros, albergando el Puesto de
Comando Avanzado de todas las operaciones militares por un lapso aproximado de
dos meses. En el Cenepa, la ineficiencia de la retaguardia y las limitaciones
materiales condenaron a ambos ejércitos a un sangriento empate técnico que se
libró en el barro, pagado con la vida de los soldados más pobres.

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