AUDIO ALTO CENEPA 1995

lunes, 17 de noviembre de 2014

MUERTOS Y HERIDOS EN COMBATE DEL BATALLÓN CONTRASUBVERSIVO N° 28 DE RIOJA 13 FEBRERO 1995

Los Combates en la COTA 1232 del Valle de Cenepa y la Confrontación en el Helipuerto Tormenta.- El 1 de enero de 1995, el teniente coronel de infantería Julio Celestino Chaparro Beraum, conocido en las operaciones como el comandante «Alfonso», asumió el comando del Batallón Contrasubversivo N° 28, acantonado en el distrito y provincia de Rioja, departamento de San Martín. Al desatarse el conflicto con el Ecuador, el citado comandante y su batallón fueron desplazados de inmediato hacia el teatro de operaciones del valle del Alto Cenepa, con la misión de desalojar a las tropas invasoras del vecino país del norte.

El domingo 12 de febrero de 1995 se inició la prueba de fuego en la cota 1232 del valle del Cenepa. Un total de 360 hombres de nuestro batallón participamos en un intenso combate contra las fuerzas ecuatorianas. Al finalizar las acciones de esa primera jornada, las patrullas terminaron dispersas, y la gran mayoría emprendió el repliegue desde la cota 1232 con dirección a la cota 1274, conocida como el «Helipuerto Tormenta». Como saldo de este primer enfrentamiento, se registraron seis soldados heridos por esquirlas de granadas de mortero de 60 mm.

Al día siguiente, el lunes 13 de febrero, logramos reunir en la cota 1232 a 86 hombres que habían quedado dispersos de diferentes patrullas. Cerca del mediodía, volvimos a entablar combate contra las tropas invasoras. Lamentablemente, debido a errores tácticos del personal de oficiales que comandaba las operaciones, no se pudo romper la férrea resistencia del enemigo. En este segundo choque perdió la vida del sargento segundo Inocente Vásquez y sufrimos 27 heridos. Yo participé activamente en ambos combates. En este último enfrentamiento, rodeados por el enemigo, resistimos durante aproximadamente una hora y media; sin embargo, el incesante fuego de los morteros de 60 mm afectó críticamente a quienes permanecíamos cerca de un acantilado, en las inmediaciones de un riachuelo. La onda expansiva de una de las detonaciones me hizo rodar por la pendiente, provocándome la fractura del cuarto metacarpiano de la mano izquierda y diversas heridas por esquirlas en el omóplato izquierdo, en total 43 heridas. Una vez finalizado el combate, esa misma tarde asumí la responsabilidad de salir de las profundidades del valle liderando la evacuación de los 27 soldados heridos hacia la cota 1274 («Helipuerto Tormenta»), posición que los ecuatorianos habían denominado originalmente «Base Norte» y que permanecía bajo control peruano desde los primeros días de febrero.

A las 14:45 horas logré retornar al «Helipuerto Tormenta». En el puesto de comando encontré al teniente coronel Julio Celestino Chaparro Beraum. Impulsado por la indignación y el dolor de ver llegar a la tropa desangrándose, le increpé duramente delante de los soldados y del suboficial de segunda enfermero militar Ander Cornelio Osorio, conocido entonces como «Eder». Mirándolo fijamente, le reclamé al comandante: «Mira pues todo esto. Oficiales que estudian en la Escuela Superior de Guerra, en la Escuela de Inteligencia, en la Escuela de Infantería y en tantas otras escuelas, no sirven para nada. Los monos nos han sacado la mierda por culpa de un capitán. Mira a estos heridos, y atrás aún vienen más heridos y muertos. Los oficiales que deberían dirigir las operaciones están no habidos, y usted está tranquilo aquí». Ante mis reclamos, el comandante se quedó completamente mudo, estático, sin reacción alguna y con la mirada perdida. Después de un largo y tenso silencio, ordenó al suboficial enfermero «Eder» que me prestara los primeros auxilios, quien procedió a limpiarme la sangre y a extraerme algunas esquirlas del omóplato y de la espalda.

Posteriormente, el comandante se dirigió a mí y me dijo de forma reservada: «Suboficial Diego, que todo esto quede entre nosotros. No hables más y no le cuentes a nadie lo ocurrido. Para ti las operaciones han terminado; deja el fusil, las municiones y las fornituras, y bajarás a la UQM que está en la 'Y'». En ese instante me embargó una profunda tristeza mezclada con amargura. Herido y obligado a entregar mi equipo, sentía que abandonaba a mi tropa en el frente. Estuve al borde del llanto mientras me retiraba en completa soledad con destino a la Unidad Quirúrgica Móvil (UQM).

Retorno al Puesto de Vigilancia N.º 1.- Los resultados adversos en los combates de los días 12 y 13 de febrero en la cota 1232 me dejaron sumido en una profunda amargura. A la mayoría del personal de oficiales le faltaba el liderazgo necesario para conducir con acierto a las compañías y patrullas bajo sus mandos; sin ir más lejos, el capitán jefe de mi propia compañía desertó antes de entrar en combate. Otros oficiales mostraban una preocupante negligencia durante los desplazamientos o actuaban con excesiva confianza. Como consecuencia directa de estas deficiencias, los enfrentamientos resultaron desfavorables para nuestras fuerzas; si los ecuatorianos no nos aniquilaron por completo, fue únicamente porque a ellos también les faltó decisión y valor.

El lunes 13 perdimos al sargento segundo Inocente Vásquez, el suboficial Juan Torres recibió un balazo en el pie derecho y sufrimos un saldo de 27 heridos, todos afectados por las esquirlas de granadas de mortero. Movido por la indignación ante estos hechos, retorné con una ira incontenible al Puesto de Comando y confronté directamente al comandante del batallón.

Durante el repliegue desde la zona de combate hacia la cota 1274 («Helipuerto Tormenta»), un soldado, al ver mi herida y la sangre que manchaba el uniforme, se ofreció voluntariamente a cargar mi mochila. Accedí a su petición y se la entregué. En ella llevaba algunas prendas de vestir, municiones, caramelos, galletas y partes de equipos militares que había recogido de las tropas ecuatorianas a modo de pertrechos. Sin embargo, este soldado se habría ocultado intencionalmente en la trocha y jamás apareció. Lo esperé durante quince minutos en el Puesto de Comando, pero nunca llegó; aprovechó la confusión para quedarse con mis pertenencias. En esos momentos iniciales, mi primera intención fue permanecer en la cota 1274 para recuperarme y reincorporarme cuanto antes a la línea de fuego. No obstante, cambié de opinión al escuchar los comentarios de los compañeros, quienes advertían que una simple herida en la selva, si no se trataba a tiempo, se infectaba rápidamente, se tornaba morada y se llenaba de larvas, provocando fiebres altas y, en el peor de los casos, la muerte. Ante ese panorama, decidí descender de inmediato a la Unidad Quirúrgica Móvil (UQM).

El comandante Chaparro ordenó al técnico de segunda chófer militar Segundo Joel Escobal Ordóñez, conocido bajo el seudónimo de «Lester», que evacuara a todos los heridos de la cota hacia la UQM situada en la zona denominada la «Y». En ese preciso instante, la artillería ecuatoriana comenzó a hostigar la posición, empleando sus lanzadores múltiples de 40 bocas BM-21 desde los puestos de vigilancia de Coangos y Cóndor Mirador. Como yo ya conocía la ruta a la perfección, preferí apresurar el paso; me adelanté solo por la trocha, dejando atrás a «Lester» con el resto de los heridos de tropa. Llegué por mi cuenta a la UQM, ubicada a orillas del río en la «Y». Aquel lugar era un terreno sumamente húmedo y pantanoso; mi más sincero respeto para el personal médico, profesionales que trabajaban con el barro cubriéndoles las pantorrillas mientras se desplazaban de un lado a otro para salvar vidas. Allí se encontraba el doctor médico militar Luis Gutiérrez Vera, quien había improvisado un puesto de socorro con los materiales que ofrecía el entorno. Al verme llegar, me interrogaron y les relaté todo lo acontecido en las cotas altas. De inmediato, me retiraron el polo y me ordenaron agacharme. Acto seguido, introdujeron una pinza en mi omóplato y parte de la espalda y extrajeron varios fragmentos de metal y dos de gran tamaño, uno grande y otro mediano. Mientras tanto, un enfermero, que ya tenía lista la jeringa, me inyectó un líquido en lo más profundo de las heridas, causándome un dolor tan intenso que me hizo gritar.

Aunque la mano derecha se me había hinchado, no sentía mayor molestia en ella. En cambio, mi mano izquierda presentaba una pequeña herida en el dorso y permanecía ligeramente inflamada con algo de dolor; sin embargo, los médicos no le dieron la debida importancia en ese momento. Se limitaron a colocarme un vendaje colgado al cuello para inmovilizar tanto el brazo como el omóplato afectado. En esas condiciones, siendo las 15:30 horas, me retiré de la «Y» e inicié la marcha a pie con destino al Puesto de Vigilancia N.º 1. Me acompañaban el sargento «Jaguar» y el cabo «Tigrillo»; el mencionado sargento había sido mi adjunto durante las jornadas de fuego, y ambos clases pertenecían a la patrulla bajo mi comando, procedentes originalmente de la Base Contrasubversiva del distrito de Pelejo.

En pleno trayecto nos encontramos con el técnico de tercera mecánico de armamento Walter Rojas Romero y dos elementos de tropa del Servicio Militar Obligatorio (SMO) pertenecientes al Batallón de Comandos «Comandante Espinar» N.º 19, quienes también se encontraban replegándose hacia el Puesto de Vigilancia N.º 1.

3 comentarios:

  1. Quien es este ridiculo que escribe tonterias ? Por su manera de escribir , parece un loquito resentido. Perdida de tiempo.

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  3. Soy Miguel Pineda, ¿resentido?, ¿escribir la verdad es ser resentido?; en el mes de febrero de 1995 participé en los combates en la cota 1232 Valle del Cenepa. Tonterías es tu subjetividad para juzgar sin argumentos.

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