El sábado 11 de febrero de
1995, durante la Campaña Militar del Alto Cenepa, alrededor de las quince horas
y bajo un sol radiante de cielo despejado, llegué a la cota 1274 como
integrante de la Compañía "C" del Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja, San Martín. Aquel lugar, conocido por nosotros como el "Helipuerto
Tormenta", había sido bautizado por los ecuatorianos como la Base Norte.
Nuestro batallón, compuesto en
su mayoría por personal de tropa oriundo de la selva, se había desplazado desde
su sede en Rioja para sumarse al teatro de operaciones. Al arribar a la cota
1274, nos ubicamos a continuación del flanco izquierdo del Batallón
Contrasubversivo N° 314, procedente de Huánuco. Recuerdo que fue una tarde
hermosa, calurosa y sumamente apacible; la densa vegetación descansaba como un
manto verde sobre las altas cumbres, abrazada por los rayos del sol. En las
quebradas, casi inmóvil, se posaba una espesa neblina blanca que transmitía una
profunda sensación de paz. En ese momento sentí una total tranquilidad
interior; me senté y luego me recosté, orientando la mirada hacia la cima del
Puesto de Vigilancia Coangos de Ecuador. Saqué el aparato óptico (binocular) y
pude observar su bandera flamear con total calma, mientras algunos soldados
caminaban a su alrededor.
En ese instante, una serie de
interrogantes comenzaron a rondar por mi cabeza: ¿Por qué no se bombardeaba
aquel puesto de vigilancia enemigo? Coangos se situaba en plena cresta de la
Cordillera del Cóndor, en la cota 1666, justo en la línea fronteriza, posición
desde la cual dominaban a la perfección todo el Valle del Cenepa. Ecuador
poseía una ventaja estratégica innegable en el terreno y, por consiguiente, en
el emplazamiento de armas de largo alcance, como sus lanzadores múltiples BM-21
de cuarenta bocas, morteros y artillería de todo tipo.
Casi la totalidad de los
combatientes peruanos pasamos por este cerro, pues su cima era el punto
neurálgico para controlar visualmente el valle. Durante las horas que permanecí
en el Helipuerto Tormenta, analizando fríamente la situación, empecé a cuestionar
severamente a los generales del Ejército y a los políticos de turno. Los altos
mandos no adoptaron una buena estrategia ni mostraron previsión: carecíamos de
una defensa antiaérea eficiente de corto, mediano o largo alcance, lo que
permitía que los aviones ecuatorianos se pasearan como Pedro por su casa.
Tampoco se emplearon adecuadamente los morteros de 120 mm y de 81 mm. En su
totalidad, nuestros morteristas eran oficiales subalternos con los grados de
capitán, teniente y subteniente que hacía muchos años habían dejado de lado el
entrenamiento con esta arma fundamental para la guerra convencional. Debido a
que los batallones de infantería se encontraban sumergidos exclusivamente en
operaciones contrasubversivas a nivel nacional, los morteros quedaron relegados
en los almacenes; la mayoría de sus granadas y cargas propulsoras se hallaban
en pésimo estado. Por su parte, los obuses Oto Melara instalados en el sector
del Puesto de Vigilancia N° 1 disparaban hacia cualquier dirección, menos hacia
los objetivos reales.
Al día siguiente, el domingo
12 de febrero a las seis de la mañana, aparecieron cuatro aviones de combate de
la Fuerza Aérea del Perú. Volaban a baja altura, protegidos por los accidentes
geográficos para evitar ser detectados por los radares enemigos. Pasaron por el
sector del Puesto de Vigilancia N° 1, la zona de la «Ye» y Cueva de los Tayos.
Primero divisamos, a mayor altitud, a un Mirage 2000; un kilómetro más atrás y
en una posición más baja, le seguían tres aviones Sukhoi Su-22. Sus motores no
emitían el estruendo característico de las maniobras en tiempos de paz; fue una
incursión casi silenciosa en la que solo se distinguían las luces rojas
intermitentes en la parte posterior de los fuselajes. Las naves desaparecieron
entre las cumbres y, a los pocos segundos, se escucharon las potentes
detonaciones de las bombas que habían lanzado. Posteriormente, retornaron por
la misma ruta manteniendo sus luces encendidas y, recién al cruzar sobre el
Puesto de Vigilancia N° 1, los pilotos encendieron los postquemadores,
emitiendo el rugido propio de los cazas de combate.
Aquella mañana, muchos
combatientes contemplamos el accionar de nuestros pilotos desde la cima del
Helipuerto Tormenta. Tras el ataque, nos quedamos pensativos, aguardando la
inmediata respuesta de la Fuerza Aérea de Ecuador. Para fortuna nuestra, aquella
réplica nunca llegó.
El autor fue solo un soldado en el Cenepa, no un oficial. Su version de los hechos debe ser tomada con pinzas, como se dice popularmente. No creo que este soldado tenga conocimiento de estrategia militar, o de analisis del campo de combate. Sus historias estan basadas en sus memorias mas que en un analisis cientifico de los hechos.
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