La historia de la Campaña Militar del Alto Cenepa 1995, escrito en las mismas trincheras de combate en el Valle del Cenepa.
AUDIO ALTO CENEPA 1995
lunes, 17 de julio de 2017
PERSONAL DEL BATALLÓN CONTRASUBVERSIVO N° 28 RIOJA / CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
miércoles, 25 de noviembre de 2015
BASE MILITAR CIRO ALEGRÍA AMAZONAS DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
PUESTO DE VIGILANCIA N° 1 "SOLDADO PASTOR": ALTO CENEPA AMAZONAS PERÚ CAMPAÑA MILITAR 1995
martes, 24 de noviembre de 2015
RÍO CENEPA: PROVINCIA DE CONDORCANQUI AMAZONAS PERÚ DURANTE LA CAMPAÑA MILITAR DE 1995
CIVILES VOLUNTARIOS NO FIGURAN EN EL PARTE DE GUERRA CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
Las Sombras del Cenepa: Los
Defensores Nativos y Reservistas Olvidados. - El
calendario militar marcaba el 22 de febrero del año 2025. Habían pasado
exactamente treinta años desde que las armas callaron en el Alto Cenepa, pero
en los archivos oficiales del Estado peruano, la justicia seguía en deuda. Al
revisar el Padrón General de los Defensores de la Patria, amparado en la Ley N°
26511, la cifra era fría y cerrada: 4,076 calificados. Sin embargo, para
cualquiera que hubiera pisado el barro ensangrentado de la frontera, aquel
número era una dolorosa ficción. En esa lista faltaban los verdaderos cimientos
de la victoria.
El recuerdo se trasladó de
inmediato a las horas densas y tensas vividas en el Puesto de Vigilancia N° 1.
Ahí estaban ellos, grabados en la memoria del conflicto: aproximadamente
doscientos civiles patriotas, los "yachis" o "pumas". Nativos
awajún y wampis que, bajo una apariencia frágil, demostraron en el monte que el
valor es ser y no parecer. Sin un uniforme oficial, pero con el pecho
inflado de peruanidad, sirvieron como guías en las trochas más inhóspitas y
cargaron sobre sus espaldas desnudas el peso de la guerra: municiones,
granadas, misiles, raciones de campaña y pertrechos. Junto a ellos, una masa de
tropa reservista se unió voluntariamente al Ejército, arriesgando la vida para
abastecer las líneas de fuego.
¿Por qué no figuraban en el
parte de guerra? ¿Quién fue el responsable de firmar su olvido? La respuesta
yacía en el frío cálculo de la burocracia militar. Al actuar como voluntarios,
el comando los dejó operar bajo un condicionamiento implícito: si caían heridos
o morían, el Estado no se haría responsable de sus gastos de curación ni de sus
beneficios. Era la misma política de deslinde que se aplicaba en la Base
Militar de Ciro Alegría, en Amazonas, donde a los periodistas que rogaban por
ingresar a la zona de combate se les obligaba a firmar un documento taxativo: "El
Ejército no se hace responsable en caso de accidente o fallecimiento".
El patriotismo de los "yachis" y los reservistas fue usado como un
recurso descartable. Una vez firmada la paz, pasaron al olvido.
Mientras los héroes de la
selva eran borrados por una omisión administrativa que dolía en lo más profundo
del corazón, la retaguardia tejía su propia historia de infamia. En los
pasillos del Ministerio de Defensa y del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas,
el fraude desfilaba con expediente en mano. Algunos jefes de batallón, movidos
por un malentendido "espíritu de cuerpo" y bajo la premisa
corporativa de que "el que va al frente y el que se queda en el cuartel
tienen el mismo derecho", ordenaron incluir a toda su plana a sueldo
en los Partes de Guerra.
Así ocurrió, por ejemplo, en
el Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, bajo el mando del teniente coronel
de Infantería Julio Celestino Chaparro Beraun. Gracias a la viveza de esos
partes corporativos, oficiales, técnicos y suboficiales almaceneros que jamás
se movieron de la comodidad del cuartel —dedicados únicamente a custodiar
polvorines y oficinas— terminaron calificados como Defensores de la Patria.
Hoy, esos infiltrados que nunca pisaron Ciro Alegría y Puesto de Vigilancia N°
1 cobran puntualmente su bono de guerra mensual.
Por el contrario, en otras
unidades donde los comandos sí actuaron con rectitud y solo registraron a los
que combatieron, el personal de oficina y administrativo ahora pretende
sorprender a la prensa. Con argumentos falsos ante las pantallas de televisión,
reclaman que sus batallones participaron y que ellos también merecen el
beneficio, intentando equiparar el papeleo administrativo con el riesgo de
morir bajo el fuego de Tiwinza.
La traición del Estado estaba consumada. Los "yachis" y los reservistas voluntarios, cuyas hazañas quedaron registradas en videos y fotografías que el tiempo no podrá borrar, siguen luchando hoy en el anonimato. Pero ya no combaten contra un enemigo extranjero, sino contra el olvido y la burocracia de la patria a la que tanto defendieron.
El sol de la tarde caía pesado
sobre el Valle del Cenepa aquel 13 de febrero. Tras combatir ferozmente en el
infierno de la cota 1232, el sargento "Jaguar", el cabo
"Tigrillo" y este humilde servidor nos replegamos con las últimas fuerzas
hacia la cota 1274, conocida como el "Helipuerto Tormenta". En esa
parte alta operaba el Puesto de Comando del Batallón Contrasubversivo N° 28 de
Rioja, bajo el mando del comandante Julio Chaparro Beraun. El lugar era un
cuadro de dolor: más de veintisiete heridos recibían allí los primeros auxilios
entre el barro y la urgencia de la guerra.
Desde ese punto, los que aún
podíamos movernos iniciamos un repliegue a pie hacia la zona denominada
"La Ye", donde se encontraba la Unidad Quirúrgica Médica (UQM). Allí,
las manos veloces de los médicos nos retiraron numerosas esquirlas de granada
incrustadas casi en todo el cuerpo. Con la carne abierta, exhaustos y
arrastrando un hambre vieja, continuamos la marcha de regreso hacia el Puesto
de Vigilancia N° 1.
Fue justo al cruzar el primer
vado del caudaloso río Cenepa, en mitad de una trocha pantanosa y hostil, donde
el destino nos cruzó con la verdadera espina dorsal del frente. En sentido
contrario, avanzando hacia "La Ye", apareció en fila un grupo de
sesenta soldados reservistas. Iban a paso firme, cargando a la espalda pesadas
cajas de raciones de campaña, municiones y misiles para abastecer la primera
línea.
De pronto, uno de ellos clavó
la mirada en mí. Su rostro se iluminó y, rompiendo la formación con un grito de
emoción, se me acercó acompañado por dos compañeros.
—¡Mi Suboficial Pineda! ¡Qué
gusto de verlo por aquí! —exclamó con la respiración agitada—. Usted siempre ha
sido de los buenos, un guerrero. Yo serví bajo su mando en la Compañía de
Comando y Servicios del Batallón de Infantería Motorizado "Iquique"
Nº 31, allá en la 8va División en Lobitos, Talara. ¡Por eso lo admiro, mi
suboficial!
Avanzó con los brazos abiertos
para darme un abrazo fraterno, pero al detener la vista en mis heridas abiertas
y el uniforme manchado de sangre, frenó en seco. Con profundo respeto, se
limitó a estrecharme la mano con firmeza. Para romper la tensión del momento y
traer un pedazo de paz a ese rincón de la selva, se volvió hacia los otros
reservistas que escuchaban atentos.
—El suboficial tiene un perro
dóberman muy bravo en Lobitos, se llama "Cuto" —dijo sonriendo, para
luego mirarme a los ojos a manera de broma—: ¡Hubieras traído al "Cuto”,
¡mi suboficial! Su perro a puros mordiscos haría correr a todos los
"monos".
Una sonrisa cómplice se dibujó
en nuestros rostros cansados. Tras esa breve y cálida tregua, nos despedimos
rápidamente con un fuerte apretón de manos y los mejores augurios para lo que
venía. Ellos apresuraron el paso para alcanzar al grueso de su columna, que ya
se desvanecía en la sinuosa y barrosa trocha, mientras yo reinicié mi marcha
con el corazón conmovido. Cavilaba en lo extraordinario de aquel encuentro
casual: un soldado de la reserva, movilizado desde el lejano norte, marchando
al peligro en un frente externo para sostener a sus hermanos en actividad.
Sentí un orgullo inmenso por mis antiguos subordinados.
Sin embargo, al pasar de los
años, el orgullo se transformó en una profunda amargura. ¿Por qué ese personal
de tropa reservista no figura hoy en el Parte de Guerra? ¿Por qué la Ley N°
26511 y su reglamento los borraron de la historia, negándoles la calificación
de Defensores de la Patria?
Mientras esos sesenta hombres arriesgaban la vida en el lodo con las cajas de municiones a cuestas, la burocracia cerraba las listas basándose únicamente en las planillas oficiales de los cuarteles. El egoísmo de algunos comandos prefirió amparar bajo el "espíritu de cuerpo" a los oficinistas y almaceneros de retaguardia que jamás salieron de sus bases, dejando a la tropa voluntaria en el más injusto de los olvidos. Una omisión administrativa que, hasta el día de hoy, duele en lo más profundo del alma de quienes sí estuvimos allí.
sábado, 6 de diciembre de 2014
LA HISTORIA DE LOS DEFENSORES DE LA PATRIA POST CAMPAÑA MILITAR DEL ALTO CENEPA 1995
El Precio de la Lealtad: La
Guerra Después de la Guerra. - La historia oficial del Perú
suele cerrarse con la firma de la paz, pero para quienes entregamos la juventud
y la sangre en las coordenadas del Alto Cenepa, la verdadera guerra comenzó al
volver a los cuarteles. Aquella Junta de Calificadores del Ejército —un
tribunal de escritorios, mapas limpios y uniformes sin barro— operaba bajo la
sombra siniestra de la trilogía que corrompió las instituciones del país: el
asesor Vladimiro Montesinos Torres, el general Nicolás de Bari Hermoza Ríos y
el presidente Alberto Fujimori. Ellos no solo negociaron el destino de la
frontera; traicionaron la dignidad de los combatientes.
Durante los días de estruendo
en las cotas, las promesas del comando caían tan rápido como la lluvia
amazónica. Nos hablaron de honor, de respaldo y de un justo ascenso al grado
inmediato superior, promesa que quedó calcada como una burla en los papeles de
la Ley N° 26511 y su modificatoria, la Ley N° 27124. Al apagarse los fusiles,
la clase política y los altos mandos levantaron un muro burocrático insalvable.
El Ejército peruano se convirtió en el principal enemigo de sus propios
veteranos, denegando sistemáticamente actas de invalidez, evaluaciones médicas
e indemnizaciones. Oficiales, técnicos, suboficiales y la tropa del Servicio
Militar Obligatorio pasamos a ser invisibles. Defender la soberanía se pagaba
con el olvido.
Para romper ese olvido, cada
combatiente tuvo que arrastrar su propio calvario administrativo. Lograr el
ansiado reconocimiento significó enfrentarse a un sistema diseñado para
desgastar al soldado. Los combatientes de Junín, de Tingo María, los valientes
civiles "yachis" de Amazonas, los reservistas y el personal de tropa
del Frente Huallaga fueron empujados a un laberinto de trámites engorrosos.
Muchos de ellos, hoy lisiados o con profundos traumas mentales, siguen vagando
en el anonimato. Quien osaba reclamar lo justo se exponía a la represalia de la
superioridad.
La discriminación del Estado
se hizo oficial el 9 de diciembre de 1999, Día del Ejército. En una ceremonia
exclusiva, el comando repartió el botín del reconocimiento a un grupo selecto
de mil doscientos combatientes, en su gran mayoría pertenecientes a las
guarniciones de Lima. Para ellos hubo una medalla de oro valorizada en mil
dólares y un incentivo de tres mil soles. Pero la historia no terminó ahí.
Después del año 2000, más de dos mil quinientos combatientes logramos ser
reconocidos como Defensores de la Patria tras años de litigio. Para nosotros,
los postergados, ya no hubo medallas de oro ni incentivos económicos. El
derecho de igualdad fue pisoteado, y al levantar la voz ante el Comando del
Ejército y el Comando Conjunto, la respuesta de los escritorios fue un portazo
frío: "Su reclamo es totalmente extemporáneo".
En mi caso, la batalla por la
verdad duró doce años de desgaste absoluto. Desde 1995 sostuve el pulso contra
el olvido, soportando el hostigamiento laboral y el castigo del arresto simple
por el único delito de exigir lo que por derecho me correspondía. La victoria
jurídica llegó recién el 10 de setiembre de 2007, cuando el Comando Conjunto de
las Fuerzas Armadas se vio obligado a emitir la Resolución N° 448
CCFFAA/D1-PERS, ratificada posteriormente el 21 de setiembre de 2012
mediante la Resolución N° 328 CCFFAA/DAANN. El papel firmado reconocía
que este servidor era un Defensor de la Patria, pero el costo humano ya estaba
cobrado en el cuerpo y en la carrera.
Cargando una fractura, un
trauma acústico severo y con las esquirlas de granada fijadas en el omóplato
izquierdo como medallas perpetuas del combate, toqué durante veinte años
consecutivos las puertas del Comando de Salud del Ejército (COSALE). Solicité una
y otra vez que los médicos del Hospital Militar Central me sometieran a una
evaluación física y mental integral. La orden desde las inspectorías fue
tajante: denegar el pedido en todas las instancias.
Cuando decidí judicializar mi expediente para obligar al Ejército a evaluar mi salud, la maquinaria de la retaguardia descargó su venganza. Los arrestos simples se volvieron cotidianos desde el año 2001 y el hostigamiento se disfrazó bajo la clásica mampara militar de la "necesidad de servicio". Me convirtieron en un paria itinerante, trasladándome de unidad en unidad dentro de la guarnición de Lima para quebrar mi resistencia. En el año 2013, el destino me asignó al Batallón de Comandos "Comandante Espinar" N° 19. Allí, entre las sombras de una unidad de élite, el hostigamiento laboral continuó su marcha silenciosa, intentando doblegar el espíritu de un soldado que sobrevivió al fuego del Cenepa, pero que se niega a rendirse ante la cobardía de la burocracia.
El Laberinto del Viento y el
Acantilado de la Cota 1232.- El calendario de la guerra
dejó grabado a fuego el lunes 13 de febrero de 1995. En la cota 1232, en pleno
Valle del Alto Cenepa, la selva se convirtió en un caldero de pólvora y
metralla. El Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja se batía cuerpo a cuerpo
contra la Brigada de Fuerzas Especiales N° 9 “Patria” de Ecuador. Fue en el
clímax de ese combate cuando el cielo pareció desplomarse: cuatro granadas de
mortero de 60 milímetros, disparadas por las tropas invasoras, impactaron en
cadena. La descomunal onda expansiva me arrancó del suelo y me hizo volar por
los aires, arrojándome hacia el vacío de un acantilado.
El golpe contra las rocas y
las raíces fue seco. En la caída, el quinto metacarpiano de mi mano izquierda
se fracturó instantáneamente, mientras un tajo de cinco centímetros se abría en
el dorso de la misma mano. Casi al mismo tiempo, la lluvia de fuego continuó y
las cuarenta y tres esquirlas calientes de metal me alcanzaron el omóplato
izquierdo. El estruendo ensordecedor de aquellas detonaciones quebró algo más
que la tierra: desde ese preciso segundo, el trauma acústico severo se instaló
para siempre en mi oído derecho. Hoy, la mano izquierda es el testimonio vivo
de aquella tarde; debido a una pésima curación en campaña, quedó deformada,
lisiada y con una severa limitación funcional.
El conflicto había estallado
en enero, un mes que institucionalmente coincide con los cambios de colocación
en las Fuerzas Armadas. Al apagarse los ecos de los fusiles en el Cenepa, los
hombres de la corporación saliente que pusimos el pecho regresamos a las bases
contrasubversivas a esperar el relevo oficial. A mí me tocó retornar a la Base
Contrasubversiva del distrito de Yurimaguas. Allí permanecí durante dos meses y
medio al mando de dicha posición militar. Fueron días amargos, gobernados por
una invalidez temporal que la superioridad pretendía ocultar; tuve que costear
mi tratamiento médico con mi propio peculio en el Hospital Regional de esa
provincia, porque el Estado ya había comenzado a mirar hacia otro lado.
Al volver a la sede del
Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, presenté dentro del término legal la
solicitud formal para que el Comando del Ejército ordenara mi evaluación física
y mental en el Hospital Militar Central. Buscaba que se reconociera legalmente
mi incapacidad temporal. Sabía perfectamente que, si la institución firmaba ese
diagnóstico, el Ejército estaba obligado por la Ley N° 26511 a otorgarme la
indemnización y los beneficios económicos correspondientes. La respuesta de los
escritorios fue la negación absoluta. Pretendieron borrar las secuelas del
acantilado en cota 1232, a pesar de que la verdad era irrefutable: en los
Anexos 1 y 2 del Parte de Guerra, fechado el 15 de mayo de 1995 y redactado por
el propio Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, mi nombre figuraba con
letras de molde bajo la condición de "Baja en combate ocurrida en la
cota 1232, Valle del Cenepa". Ese mismo hecho quedó, años más tarde,
impreso en la parte considerativa de la Resolución N° 448 del Comando Conjunto,
emitida el 10 de setiembre de 2007. La contradicción de la burocracia era
total: era una baja oficial para la historia, pero un paria para sus planillas
de salud.
La persecución silenciosa no
se detuvo con los años. En enero de 2014, la maquinaria de los traslados me
envió lejos de la capital, asignándome a la Compañía de Comunicaciones N° 4 de
la 4ta Brigada de Montaña, con sede en el frío altiplánico de Puno. Allí, a
miles de metros de altura y lejos de la selva que defendí, el hostigamiento
laboral y el maltrato psicológico continuaron como un castigo crónico por no
haberme callado.
Cansado de la ingratitud, de los abusos sistemáticos y de la indolencia de una institución que prefirió premiar a los burócratas de retaguardia antes que curar a sus heridos de guerra, tomé la decisión más dura de mi vida militar. Con la dignidad intacta y la frente en alto, firmé mi solicitud y pedí mi pase a la situación militar de retiro el 15 de julio del año 2014. Dejé el uniforme, pero me llevé conmigo el orgullo de haber cumplido con la patria en la hora más oscura, dejando las pruebas de mi lealtad grabadas en la carne y en los Partes de Guerra que la historia jamás podrá borrar.
martes, 25 de noviembre de 2014
BATALLÓN CONTRASUBVERSIVO N° 28 RIOJA SAN MARTÍN EN LA "YE" 9 DE FEBRERO ALTO CENEPA 1995
Bautismo de Lodo y Acero en la "Y" del Cenepa.- El jueves 9 de febrero de 1995, las sombras de la tarde caían pesadas sobre el grueso del Batallón Contrasubversivo N° 28 de Rioja, San Martín. Tras extenuantes jornadas de marcha, la unidad alcanzó el sector conocido como la "Y". Estábamos dentro del ámbito territorial de la provincia de Condorcanqui, en el departamento de Amazonas. Aquel punto estratégico acababa de ser recuperado. Las tropas invasoras de Ecuador habían sido expulsadas tras el inicio de las operaciones militares. Entre los soldados corría el rumor de que en las inmediaciones yacían las tumbas de tres combatientes enemigos. El repliegue ecuatoriano dejaba al descubierto su gran estrategia propagandística: la doble toponimia. Sus Fuerzas Armadas y su clase política habían creado dos lugares con el mismo nombre. El original estaba en su territorio; el falso, sembrado en suelo peruano. Con esta falacia, al ser desalojados por nuestras armas, engañaban a sus connacionales y a la prensa internacional, afirmando falsamente que sus posiciones continuaban intactas.
Aquel atardecer en la frontera
era gris y profundamente triste. Los árboles colosales que nos rodeaban
parecían observarnos desde la espesura con un silencio hostil. Daba la
impresión de que rechazaban la presencia de nuestras botas por violar sus
secretos milenarios. La oscuridad avanzó con prisa, escoltada por la implacable
dureza de la naturaleza. La "Y" se transformó en el testigo mudo de
los sentimientos encontrados de cientos de soldados del Perú. Estábamos sin
rancho y mal equipados. Bajo un cielo negro cargado de tormentosos nubarrones y
lluvia, nos dispusimos a pernoctar en un suelo completamente pantanoso. El
uniforme drill kaki —nuestro icónico "parchis"— ya se encontraba
empapado y cubierto por una densa capa de barro.
Permanecimos dos noches en ese
infierno húmedo, soportando condiciones climáticas y meteorológicas
extremadamente adversas. Las horas transcurrían lentas. Nuestra mente no dejaba
de pensar en los invasores que aún pisaban el territorio nacional. Para sobrevivir
al frío que calaba los huesos, arrancamos hojas de los árboles para improvisar
una delgada cama sobre el fango. Esas hojarascas, sumadas al poncho de jebe y
al plástico que nos habían regalado los patriotas del Centro Poblado Mayor de
Imazita en Mesones Muro, fueron nuestra única defensa contra la llovizna
implacable y el suelo hirviente de humedad.
En esta geografía de selva
alta, situada entre los 1,800 y 2,000 metros sobre el nivel del mar, el bosque
es un enemigo silencioso. Cuando los nubarrones cubren el cielo, la luz
desaparece por completo bajo el espeso follaje. El crepúsculo se anticipa a mitad
de la tarde, sumiendo todo en una boca de lobo. Estas condiciones
meteorológicas tan hostiles golpeaban con crueldad el espíritu y el cuerpo del
soldado costeño y serrano. Sin embargo, en medio del barro y la penumbra, el
orgullo y el deber nos mantuvieron firmes sobre la línea de fuego.
La Impotencia y la Tragedia en
la "Y"
El 10 de febrero de 1995
amaneció parcialmente nublado en la selva del Cenepa. Seguíamos detenidos en el
mismo sector, refugiados bajo la sombra de árboles gigantescos. El ambiente era
sofocante, cargado de una intensa humedad y de un hedor descompuesto que
emanaba de la naturaleza misma. El hambre ya golpeaba con fuerza. Al no haber
rancho ni suministros, algunos soldados intentaron saciar el estómago devorando
los pocos caramelos que les quedaban del día anterior.
A las 11:15 horas, el silencio
del bosque se interrumpió con una escena desgarradora. Apareció un grupo de
combatientes del Batallón de Comandos «comandante Espinar» Nº 19, unidad de
élite con sede en Las Palmas, Lima. Cargaban una camilla improvisada con el
cadáver de un compañero de armas, avanzando penosamente con rumbo al Puesto de
Vigilancia Nº 1. Verlos pasar desnudaba con crudeza la histórica precariedad
del Ejército del Perú: no había camillas reglamentarias, y los soldados que
transportaban al difunto estaban harapientos y caminaban descalzos. Aquella
penosa estampa demostraba que, a las puertas del siglo XXI, el soldado peruano
seguía luchando en las mismas condiciones misérrimas de la Guerra con Chile de
1879. Era imposible no sentir indignación ante semejante injusticia frente a
los hijos de la patria; jóvenes provenientes todos de la extrema pobreza. En el
Perú, lamentablemente, parece que se debe ser pobre para vestir el uniforme y
poner el pecho por la nación.
Apenas quince minutos después,
a las 11:30 horas, el silbido de la muerte llegó desde el cielo. La Fuerza
Aérea de Ecuador inició un feroz ataque contra la posición de la «Y». En ese
sector, nuestras tropas carecían por completo de defensa antiaérea. Ante la
absoluta inferioridad táctica frente a los aviones enemigos, no quedaba más que
refugiarse. Dominados por el miedo a las bombas, la gran mayoría de los hombres
se arrinconó al pie de los troncos más gruesos y se encomendó a Dios
Todopoderoso. Las explosiones retumbaban con una violencia ensordecedora en las
inmediaciones, sumiendo a muchos en una profunda desesperación.
Sin embargo, cuando el
estruendo de los motores se alejaba y pasaba el susto, el indomable ingenio del
soldado peruano salía a flote. De inmediato, alguien encendía la «chispa»
habitual para romper la tensión. Entre bromas y anécdotas, las horas pasaban más
rápido. El blanco predilecto de las burlas y murmuraciones del jolgorio era el
capitán de infantería Luis Fernández Dávila Valdivia, conocido bajo el
seudónimo de capitán «Óscar». Los técnicos y suboficiales comentaban entre
risas y susurros:
—«¿Y el capitán Óscar? De
repente ya se escapó... ¡Qué cobarde, ¿no?!»
Los oficiales, guardando una
aparente lealtad a su compañero de rango, escuchaban los comentarios y
preferían hacerse los desentendidos. De pronto, uno de los sargentos
reenganchados tomó la palabra con seguridad:
—«El capitán Óscar está por
allá, soterrado y rodeado de sus hombres de seguridad. No ha salido de su hueco
para nada».
Aquellas palabras eran una verdad incuestionable. El capitán «Óscar» permaneció en todo momento oculto en trincheras techadas con troncos, parapetado tras sus guardaespaldas y completamente alejado del grueso del Batallón. Demostró ser un oficial que solo servía para cobrar un sueldo al final del mes. Su falta de valor se confirmaría poco tiempo después, cuando abandonó a sus hombres a su suerte y desertó de las filas en la cota 1274, la posición conocida por todos como el «Helipuerto Tormenta».
La Subida en el Fango con
destino a la Cota 1274
El sábado 11 de febrero de
1995, la naturaleza nos dio una breve tregua con una mañana ligeramente soleada
y un cielo despejado. A las 10:30 horas, abandonamos finalmente el sector de la
«Y». Las tres compañías de fusileros iniciamos un lento y penoso ascenso con
destino a la cota 1274, una posición bautizada con el nombre de «Helipuerto
Tormenta». El camino era un infierno empinado, plagado de curvas estrechas,
lodo espeso y huecos que se abrían entre inmensas rocas, obligándonos a un
desplazamiento sumamente lento, agotador y peligroso por la presencia de las
fuerzas ecuatorianas que se encontraban camufladas.
Cada trescientos o
cuatrocientas metros de subida, la columna se detenía. Era obligatorio hacer un
alto táctico para el conteo del personal de adelante hacia atrás. Fue en una de
esas paradas donde la realidad del mando quedó al descubierto: el capitán de
infantería Luis Fernández Dávila Valdivia, el capitán «Óscar», jefe de la
Compañía «C», no encabezaba la columna de sus hombres en marcha. Al contrario,
subía rezagado, prácticamente cerrando la columna como el último hombre de toda
la columna del batallón. Aquel oficial del arma de infantería ya se había
acobardado por completo. Caminaba desmoralizado y con la fija intención de huir
de la zona de guerra. Al final, logró su cometido: tras coronar el Helipuerto
Tormenta en la tarde del 14 de febrero, aprovechó la primera oportunidad para
escapar y abandonar su puesto. A pesar de esta vergonzosa deserción, el destino
y la burocracia militar permitieron que, irónicamente, hoy también figure en
los registros como un veterano combatiente del Alto Cenepa.
Desplazarse por la selva en
una campaña militar del frente externo es una tarea titánica, pero jamás
imposible para el combatiente peruano. En ese escenario, los riesgos naturales
y humanos confluyen en un peligro constante que no da tregua en ningún lugar ni
circunstancia. De un lado, los obstáculos de la geografía: la densa vegetación
que permanece sepultada bajo la neblina, los árboles colosales, la estrechez de
las trochas, el paso de ríos caudalosos, los pantanos traicioneros y la lluvia
que nunca cesa. Del otro lado, la amenaza humana: las emboscadas invisibles,
los bombardeos de aviación y el fuego destructor de los lanzadores múltiples BM
21 de las fuerzas ecuatorianas.
Incluso durante los altos en la marcha o en las horas de descanso nocturno, la tregua no existía. El bosque enviaba a sus propios guardianes: hormigas feroces y nubes de «manta blanca», un mosquito implacable cuyo ataque constante se ensañaba principalmente con los soldados de la costa y de la sierra, minando su moral y desgastando su capacidad combativa.
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